La religión del progreso

progreso

Mikhail Robles | Editor.-

En estos tiempos donde lo superficial predomina sobre lo profundo, es impensable cuestionar  uno de los dogmas fundamentales sobre el que se sostiene nuestra civilización, la idea del progreso.

El origen etimológico de esta palabra es del latín pro,  hacia adelante, y gradior, gressus, ir o marchar, significa ir hacia adelante o simplemente avanzar. Y así, durante siglos, se usó de una manera coloquial nada filosófica. No fue sino hasta el siglo XVIII con el creciente movimiento científico y la declinación del cristianismo en Europa, que se usó el término progreso de manera sentimental y dogmática, para afianzar una nueva fe: la religión del progreso de la ciencia; entonces se le atribuyeron al  citado término nuevos poderes.   

A partir de allí, progreso significó el avance permanente y constante de la ciencia y la técnica, que aplicado a la civilización, se traduce en el desarrollo continuo y constante de nuestra cultura.  Esta nueva religión laica, tomó del cristianismo el dogma de que en el futuro encontraremos la salvación a nuestros males, pero aquí el mesías  de la humanidad es el conocimiento científico y la tecnología. Otra idea esgrimida es la que indica  “nunca antes de la llegada del progreso estuvimos mejor”.

Esta concepción del tiempo histórico es por completo ajena  a la concepción de pensadores como Aristóteles, Maquiavelo, Hume, Hobbes, Voltaire; también es ajena a las filosofías  previas al siglo XVIII.  Se sabía de parte de ellos, que ciertos periodos históricos son mejores que otros, no desconocían que progresos reales se dieron en todas las épocas y culturas, pero nunca  creyeron que este fenómeno fuera continuo e infinito, como ahora. Sabían sí, que hay tiempos de paz y libertad alternándose con tiempos de guerra y tiranía, que lo que  se gana en una generación se pierde en otra,  las pérdidas y ganancias de los ciclos históricos. La religión del progreso, empero, sostiene lo contrario, dando esperanza sentimental a la necesidad de las gentes  de liberarse del sufrimiento y de la seguridad de saber que en el futuro serán salvadas. Esto es una necesidad de seguridad, fundamentada en el sentimiento pero no en la razón. En ese sentido el cristianismo y el laicismo progresista  se asemejan, al proclamar la posibilidad de que toda la humanidad puede ser salvada a través de sus respectivos mesías.

Es un hecho innegable que hoy, el poderío de la ciencia y tecnología aumentó  exponencialmente en relación con ciclos históricos inmediatamente anteriores,  sin embargo es un hecho también que la libertad y el progreso social, político y moral no se han dado, sino por el contrario han retrocedido. Así, el dogma fundamental del progreso infinito se derrumba ante la realidad innegable de que ahora ocurre la mayor devastación humana y natural que se haya conocido jamás.

Observemos que en nuestro ciclo histórico tenemos pérdidas y ganancias, sólo que nuestras pérdidas son mucho mayores que nuestro progreso.  El progreso de la ciencia ofrece elevar la oferta de servicios en la sociedad industrializada, elevando la población humana y con ello los cambios climáticos, creando dependencia humana e impulsando el crecimiento de nuevos mercados que a su vez generan nuevas industrias que luchan por el control de los recursos naturales planetarios, explotándolos sin límites y haciéndolos escasos. Al escasear se generan guerras comerciales y bélicas por su control y a su vez se desarrollan armas cada vez más peligrosas no sólo para la humanidad sino para el planeta mismo. La convivialidad social es sacrificada en nombre del dios todopoderoso del progreso y su mercado global, hasta vivir en un estado permanente de control social policiaco, necesario para sostener el dogma del crecimiento y desarrollo infinito; porque el progreso necesita consumidores, no críticos.

El progreso sin duda es un bien, pero no concibiéndolo como dogma puro, porque si no se limita su crecimiento dentro de los límites planetarios y sus adelantos no se usan por todos y no sólo los que pueden pagar,  trae consigo contraproductividad,  retroceso social, moral, político y ecológico. Actualmente es una blasfemia criticar el progreso, puesto que ha tenido grandes profetas y misioneros, tanto en la izquierda como en la derecha: Hegel, Marx, Bakunin, Stuart Mill, Popper, Hayek, Habermas, Fukuyama, Lenin, Saint Simon, Mao, Comte, Rusell, Dewey, etc., todos ellos con sus matices, predicadores de la  religión que ofrece la salvación por la creencia en el  progreso infinito.

Actualmente no faltan los nuevos profetas, de Sagan a Hawkin, pero la labor evangélica principal de esta religión está en los medios y el sistema escolarizado, que sin ninguna mentalidad crítica, repiten –y de gratis– los dogmas de fe del progreso de esta época sin mostrar las pérdidas catastróficas de la industrialización desmedida.

Requerimos reinterpretar el concepto de progreso, dotándolo de humanidad y justicia social, concibiéndolo como un crecimiento de la conciencia, que respetará  los límites de los recursos de la tierra por encima de nuestro consumismo compulsivo.

Cada ser humano debe aceptar con humildad que todo, incluida la ciencia y el progreso, tiene límites y que sobrepasarlos trae consigo destrucción y sufrimiento.

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