Tiempo para comer

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Marcela Romero | Gerontóloga Social

El tiempo…el gran amigo o enemigo. Hoy se ha hecho parte de todas y cada una de nuestras expresiones para denotar la incapacidad que tenemos para realizar muchas cosas. Así se torna la mejor de las justificaciones, casi incuestionable, para descuidar nuestra salud: ¿Ejercicio? ¿Ir al médico?¿Descansar?¿Desayunar?¿Cocinar?…” Si tan sólo tuviera tiempo”. Al hablar de tiempo nos referimos a una percepción de cambio, de sucesión o duración de las cosas. Eso nos sugiere un “paso de tiempo”. Nos atrevemos a calcularlo, cuantificarlo, calificarlo: Segundos, horas, años, poquito tiempo, tanto tiempo, lo eterno, lo efímero, incluso lo intemporal…mas definirlo es tan complicado que incluso hay ópticas interesantes que cuestionan su realidad tangible, su verdadera existencia más allá de su esencia percibida.

“Hace tiempo” un destacado investigador en el área de la nutrición en México, el Dr. Héctor Bourges, habló sobre los diferentes valores culturales que asignamos a los alimentos. Entre ellos identificaba varias de estas significaciones como son el alimento como factor de cohesión social, o de prestigio; o al alimento como vía de salud o de re-ligare y misticismo. Uno más, da hoy cuenta particular de la valoración relativa al tema de este texto: El alimento valorado desde la vida práctica, al que me provoca enunciarle como el alimento parte de “una alimentación ahorradora de tiempo”.

Nosotros seguramente conocemos una lista más amplia de ejemplos al respecto, pero por mencionar algunos tenemos todas estas medidas “ahorradoras”: Eliminar el consumo de ciertos alimentos o peor aún, de todo una comida (saltarnos el desayuno es el más común y, en segundo lugar, la comida…si no da tiempo), sustituir la preparación de los alimentos por dinero (como el que se le da a los hijos al ir a la escuela) o frecuentar sitios de comida (por supuesto, preferentemente rápida); elegir alimentos de rápida preparación (“dieta microondas”), comer rápido y eliminación de todo ritual de preparación de comida y de sobremesa (esas bellas tradiciones que daban sentido a contar con un área comedor en vez de sección de “barra”).

¿De dónde ha nacido toda esta histeria de “ahorro de tiempo”? Como el tiempo es un buen elemento de los cuentos infantiles para indicarnos que “había una vez”… uno muy recomendado para comprender esto es el de Momo de Michael Ende. Momo, aquella niña observadora de un extraño movimiento “progresista” de una civilización que pasa del sentido de colectivo al individualismo total necesario para insertar un régimen a todas luces capitalista, representado por hombres que toman el tiempo de las personas invitándoles a “ahorrarlo”, con una serie de trucos, como ejemplo: No visitar a alguien pudiendo llamar por teléfono, no jugar en grupo pudiendo usar dispositivos de juego, no cuidar a los hijos pudiendo depositarlos en zonas para ello. De ahí se empieza a crear la necesidad de toda clase de objetos y servicios para “ahorrar” un tiempo que deba ser destinado a la productividad. Entre más rápido sean estos objetos y servicios (celulares, carros, internet, comida, guarderías, vialidades, recepciones…) mayor su utilidad digna de generarnos “placer” y ser bien pagadas.

Productividad es el sustantivo que se consolida en el trabajo individual y enajenado que se establece predominantemente a partir de la revolución industrial, a partir del cual nos configuramos como mercancía de trabajo y de consumo también de…mercancía. Para lo cual habría que “destinar tiempo” para obtener los recursos económicos que nos permitieran ser parte de este sistema, estar in: Deseosos de ser y de tener, aquello indicado a ser y tener.

La explotación surgida fue motivo de las primeras manifestaciones y revoluciones que dieran lugar a un ordenamiento de las condiciones laborales, dentro de ellas, un tiempo justo de trabajo. Cabe decir, antes de continuar, que son las mismas puestas ahora en juego por las nuevas reformas laborales y antisindicales, que urgen derrocar estos apartados constitucionales para establecer el nuevo orden de economía globalizado.

Dicen que quien controla el tiempo controla todo. Actualmente no hay gobierno que se resista al biopoder y el tiempo es la mancuerna para sujetar al ciudadano. Por ello, cambiarnos hasta los horarios y destruir estas conquistas laborales, dentro de otras posibles estrategias, son excelentes para favorecer el orden de consumo de bienes y servicios “ahorradores de tiempo”, como el onírico paisaje de Momo. ¿O acaso creíamos que “no tener tiempo para comer” sólo se trataba de nosotros? –me disculpo por el esbozo inevitable de una maliciosa risa; si de algo sirve decir, fue peor cuando lo descubrí en mi misma-.

Los resultados de esta cultura “ahorradora del tiempo” en la alimentación al menos, no se han hecho esperar: Mayor gasto en alimentos procesados, mayor gasto en gasolina para ir a consumirlos o comprarlos (incluso a un par de cuadras), privilegiar cadenas de fast food (siendo que los negocios mexicanísimos de comida casera pueden ser más veloces), pérdida de alimentos tradicionales por eliminar su preparación trayendo otros transculturados (con todo y las enfermedades ancladas a su consumo en sus lugares de origen, claro), amenaza al campo y sustentabilidad regional y nacional, una gran huella ecológica de la nueva demanda alimentaria y por si fuera poco, falta de convivencia…sí, el alimento es un símbolo de amor que se ha perdido en la mesa. Si bien no hay una regla exacta (puesto que sí hay aproximaciones) de que entre más tiempo dediquemos a preparar alimentos, convivir con ellos y comer , haga la dieta más nutritiva y más amor en quien come, sin duda claramente sí existe una intención y orden de valores que dignifican al ser humano como persona y no como depositario sólo de energéticos para asegurar su potencial de trabajo. Ω

marceromero70@hotmail.com

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