El mal vecino

Carros del ejercito en las calles. Foto: Ketzalkoatl
Carros del ejercito en las calles. Foto: Ketzalkoatl

Víctor Hugo G. | Máster en Negocios internacionales

La dominación del mundo ha sido el sueño de los más déspotas personajes de la historia. Los imperios han existido gracias al ímpetu por alcanzar este sueño. Algunos han sido monoprotagónicos como el imperio napoleónico o el que casi logró formar Hitler, otros, sin embargo han sido institucionalizados con el fin de asegurar una cadena de sucesores. Lo cierto es que a lo largo de la historia siempre ha existido esta ambición y sed desordenada de poder que culminan en actos que atentan contra la propia especie humana.

El reciente conflicto internacional propiciado por el acto de espionaje de Estados Unidos sobre varias naciones es uno de los instrumentos utilizados por quien hoy ostenta la hegemonía imperial del mundo. Si bien no es un tema nuevo y las manifestaciones contra este régimen han sido abundantes alrededor del mundo, esta vez su sed de dominio ha llegado hasta las entrañas de otros gobiernos, incluyendo el nuestro. Acertadamente, el Secretario de Relaciones Exteriores ha pedido una explicación a la embajada de Estados Unidos en México, ya que es claramente un atentando contra la soberanía nacional.

Otros países han ido más lejos, por ejemplo Italia y Alemania han declarado que si personal de la embajada norteamericana en esos países es encontrada culpable de espionaje, deberán salir del país de manera inmediata, la presidenta de Brasil Dilma Rousseff solicitó una disculpa y aclaración por el espionaje a su gobierno y a la empresa Petrobras, argumentando intereses económicos y estratégicos por parte de los Estados Unidos. También Francia y España han confirmado haber encontrado evidencia del ataque de espionaje por parte de los norteamericanos hacia esos países. El asunto ha tomado tanta seriedad que un comité de la Unión Europea viajó a Washington D.C. recientemente para pedir explicaciones al Gobierno de Obama.
El problema de espionaje internacional es grave, pero es sólo la punta del iceberg del gran problema de fondo: la egoísta sed de dominio de la cultura norteamericana, fundamentada en las dimensiones ideológicas, económicas y militares propias de la condición imperialista. Esta condición fue concebida antes de la misma fundación de este país y las implicaciones se agudizan debido a que ellos mismos no son conscientes de ellas, y de manera natural las fomentan y mantienen vivas.

La conformación de la condición imperialista de los Estados Unidos
Para entender por qué la cultura norteamericana es de naturaleza dominante, exterminadora y autodestructiva hay que conocer su historia, sus orígenes y sus valores. Esta historia inicia en territorio americano apenas en el siglo XVII, después de la destrucción de los pueblos originarios que fueron sustituidos por una nueva cultura. Entre 1620 y 1640 hubo una gran ola migratoria de Puritanos que creció rápidamente. A este grupo se le atribuye la base ideológica-teológica de la actual cultura y forma de gobierno norteamericana.

A los puritanos se les llama así debido a su extrema moral y a que clamaban mantener la forma de cristianismo más pura, de esta forma, ellos clamaban vivir una forma de vida ejemplar. De hecho, a sus colonias en Nueva Inglaterra las llamaron “la ciudad sobre la colina”, haciendo referencias bíblicas que apuntan a la “ciudad de la salvación”. Al separarse de manera violenta de Inglaterra, por definición se autoproclamaron como el ejemplo a seguir por Europa, dando nacimiento al término Excepcionalismo Americano.

El “excepcionalismo americano” sostiene que E.U.A. es y siempre ha sido un país diferenciado del resto, poseedor del idealismo de una nación libre, democrática y soberana. Bajo este precepto, todo lo que hacen los norteamericanos es correcto, y lo que vaya en su contra es caracterizado como el propio mal. Es decir, E.U.A. es el pueblo elegido y debe imponerse por el bien de la humanidad. La primera muestra de este ideal fue el despiadado exterminio de los nativos norteamericanos, debido a que no cumplían con el “ideal americano”, aunque no hay nadie más americano que los habitantes originales de esta tierra. Y sin embargo, Hollywood por generaciones se ha encargado de hacernos pensar que los “buenos” son los vaqueros y los “malos” son los indios.

Esta ideología le ha dado muerte a millones de personas alrededor del mundo y a través de la historia. E.U.A. nació de la guerra y durante toda su existencia ha sido su bastión. Su naturaleza de dominio y exterminio se basa en esta ideología y en el hecho de que gran parte de la economía norteamericana depende de la producción de armas. Este país necesita de la guerra para sobrevivir y por lo tanto ha creado un mundo bélico para su beneficio económico y tranquilidad “moral”.

Como vecinos de E.U.A. entre 1799 y 1882, México recibió más de 100 ataques por parte de ese país. Las consecuencias son bien conocidas, el arrebato de 50% del territorio nacional y la caída del Castillo de Chapultepec en 1847. Hoy en día las hostilidades continúan hacia ciudadanos mexicanos que cruzan ilegalmente la frontera y, de manera más sutil y discreta, la violación de la soberanía nacional en forma de espionaje.

Recientemente, los Bush usaron el “excepcionalismo americano” para invadir otras naciones, como Irak. Obama lo sigue usando en sus discursos, como el del 10 de septiembre de 2013, cuando justificaba el posible ataque de tropas norteamericanas en contra de Siria. El Presidente de Rusia Vladimir Putin y el Presidente de Ecuador Rafael Correa criticaron que Obama haya usado el excepcionalismo americano en su discurso, advirtiéndole que motivar a una nación a creerse superior es muy peligroso. La historia lo constata al considerar que Hitler usó este tipo de discurso.

Mientras los norteamericanos tengan arraigada esta absurda idea de superioridad, continuarán siendo una cultura invasora y exterminadora, que no se limita a hechos bélicos solamente, si no que lo llevan a todos los ámbitos. Es así que su manera de hacer negocios es sumamente agresiva y monopolizadora. De acuerdo a los antivalores estadounidenses, el pisotear y exterminar a la competencia es un signo de triunfo, así es que lo hacen sin importar las consecuencias.

Debido a que miden el éxito a través del poder económico y el consumismo, envenenar a una población con comida chatarra es correcto y moralmente aceptable siempre y cuando el fin sea ganar dinero. Esta idea de éxito genera beneficio para unos pocos y malestar para las mayorías. No es de extrañarse entonces, que el gobierno de Estados Unidos este en quiebra, y paradójicamente cuenta con las empresas más ricas del mundo que son quienes guían al país y a la economía mundial, de acuerdo a su conveniencia.

No es de extrañarse tampoco la problemática social, de educación y de salud en la que viven. Es una cultura claramente víctima de su propio sistema y auto-destructiva. Por ejemplo, durante la Tormenta del Desierto un canal de televisión local transmitía el lado de la guerra en donde E.U.A. no era el héroe victorioso; esto les hizo perder rating a tal grado que tuvieron que volver a dar “buenas noticias” sobre la guerra para continuar existiendo. En este caso, el pueblo norteamericano paga por escuchar lo que quiere, y no por la verdad.

Dadas las características y condiciones de hegemonía del imperio norteamericano, son válidas las protestas de los países víctimas de espionaje y de otros abusos. Ante este panorama debemos cuestionarnos: ¿por qué seguirlos? ¿Por qué considerar el American dream un ideal? Ha llegado la hora de seguir nuestro propio camino.

Twitter: @AveHugoVictor

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