El progreso en el discurso del poder

Ciudad de Guanajuato, Gto. Foto: Ketzalkoatl
Ciudad de Guanajuato, Gto. Foto: Ketzalkoatl

Por Mikhail Robles| Director Editorial*

La idea de progreso es tan connatural a nuestra cultura que ni pensamos en discutirla. Pero gracias a que distintos gobernantes y empresarios la invocan a diario es como lograron que llegásemos al estado catastrófico de nuestro medio ambiente y de nuestras ciudades. Invocan el progreso desde el poder para dominar, para decir que los proyectos progresistas del poder son el camino correcto y los que se opongan a ellos son enemigos del progreso. Así la estrategia de satanizar al “enemigo” del progreso de los que detentan el poder, ha resultado en el desprestigio y hasta criminalización de los críticos de un progreso que sólo beneficia a sus inversionistas y que daña a las comunidades que sólo quieren vivir felices y tranquilas.

La principal pretensión del político en el poder es hablar como si fuera el ungido del progreso científico (como si pudiera haber consenso en qué es progreso), hablar como si conociera, sin consultar con los ciudadanos qué es lo mejor para todos. Pretenden que aceptemos todos sus proyectos como si hubieran sido el resultado de fríos y exactos cálculos de cada rama de la ciencia involucrada. Si proponen una reforma energética, entonces la justifican (en campañas de propaganda) con una serie de datos incomprensibles y confusos presentados por un experto universitario en la materia, el fin es presentar la reforma o la obra como un designio inevitable para avanzar en sus negocios.

El progreso es una creencia tan profundamente arraigada en la mayoría de las mentalidades modernas que se ha convertido en un dogma de fe. La idea de progreso ha servido en distintos tiempos y latitudes, a grupos de poder para afirmar la conveniencia y la necesidad del absolutismo político, la superioridad racial del grupo de poder y el estado totalitario. Los grandes grupos de ciudadanos sucumben ante la fascinación de la palabra progreso, y no sabemos poner límites para las metas y propósitos que los poderosos se fijan para hacer sus negocios y obtener más ganancias y poder.

Las elites del poder ostentan una conveniente fe en el progreso tecno-económico de la humanidad, consideran que el avance tecnológico y económico es la necesaria vis creatrix por encima de otras visiones progresistas y lo aceptan como un hecho de la naturaleza y de la historia. “No se puede detener el progreso” es el mantra de políticos, intelectuales, empresarios y hasta algunos activistas, cuando quieren imponer un proyecto económico o técnico a alguna comunidad.

Los ciudadanos que buscamos el vivir bien, sencillamente no podemos firmar el cheque en blanco del progreso (tecno-económico) que plantean gobernantes y empresarios, pues existen crecientes pruebas palpables -aportadas por distintas ramas de la ciencia- de que la forma de vida del progreso moderno consumista-industrial destruye rápidamente los recursos de la naturaleza y que estos recursos son limitados y deben ser protegidos de la depredación industrial. Oponemos a la idea de progreso infinito tecno-industrial el concepto de vivir bien, vida sustentable, el habitar del ser humano en equilibrio con su entorno ambiental.

Por lo que es necesario para la construcción de una ciudad habitable y humana, cambiar los criterios y directrices de la planificación de la ciudad. Poner en discusión aspectos que, en miradas de largo plazo, ayuden a concebir y discutir las nociones mismas de planificación y ordenamiento territorial, sobre el sentido que adquiere la idea de medio ambiente y qué lugar y desde dónde debe entenderse la sustentabilidad ambiental del desarrollo de Querétaro. Los conocimientos tecno-científicos ya no deben considerarse como la esencia del progreso, sino por el contrario, como medios que permiten canalizar actos de emancipación democrática ciudadana.

En Querétaro estrechamente vinculado a la creencia del progreso tecno-económico, el desarrollo se asocia -promovido por los grupos beneficiados del poder-, fuertemente a la presencia desordenada de parques industriales, al crecimiento de la población, a la creación de empleo (al menos en el discurso) y al crecimiento de la mancha urbana y su red carretera para el monstruoso parque vehicular (más de 600,000 autos).

Creencias y obras que no son cuestionadas permanentemente en los foros públicos o los medios de información, teniendo como consecuencia un permanente intento de homogenización del modo de vida de las comunidades, que se definen institucionalmente en función de variables económicas que generan un fragmentado orden social en la ciudad, jerarquizando a las comunidades en función de indicadores impuestos en los países colonizadores, en las categorías de ricas y pobres. En este sentido, la noción de progreso construye sistemas simbólicos hegemónicos, es decir, el sistema político en tanto administrador del poder configura territorios comunitarios presionándolos a ser similares entre sí, a parecerse a modelos ajenos.

La radical transformación del espacio y territorio de la ciudad de Querétaro que ha sufrido en las últimas tres décadas, ha sido al amparo de discursos del poder que defienden -a pesar de la destrucción de la calidad de vida ciudadana del medio ambiente- una única idea del desarrollo y el progreso: la del progreso en función de más producción y consumo (de bienes y servicios tecno-económicos) para enriquecerse haciendo negocios con inversionistas principalmente extranjeros. No está mal querer hacer negocios si estos no perjudican a otros y además se le toma en cuenta su opinión a la comunidad. Tal y como ahora podría tomarse seriamente en cuenta la opinión de los vecinos de las colonias donde planean construir la estación del tren rápido.

En rigor la mayoría de gobernantes y gobernados siguen situados en el único discurso progresista-desarrollista en la medida que aspiran a proseguir el inconcluso camino

trazado por el discurso modernizador del Estado, desde diferentes estrategias, pero anclados en un progreso anacrónico totalizador. Qué esperamos cuando el Gobierno Federal haciendo alarde de máxima torpeza, no tiene reparo en convertir la máxima plaza pública del país (El Zócalo del D.F., centro y origen mitológico de México) en vil estacionamiento para autos de los asistentes al segundo informe del presidente de la república; significando con ello lo que han hecho de La Patria.

*mrobles@ketzalkoatl.com

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