De lo inasible al ejemplo

libros

María Isabel Gómez Cabrera | Escritora*

Me tiene privada de todo consuelo la idea de que en el mundo existan más de 129 864 880 libros publicados a lo largo de la historia de la humanidad, cálculo publicado por Google el 5 de agosto 2010, y que apenas a un cuarto de siglo de vida del Internet, se hayan creado más de 1 060 millones de sitios, cifra lanzada en enero de 2014 por el contador de http://www.internetlivestats.com. Aclaro que mi desolación no es por el hecho de que ante nuestros ojos se creen cientos de textos cada segundo sino ante la imposibilidad de leer todo lo que las viejas y nuevas maneras de recibir y transmitir la información nos permiten hoy en día.

Si nos quedáramos en el rubro del formato impreso, un mexicano necesitaría más de cuarenta y tres millones de años para abarcar el acervo de ejemplares publicados en el mundo; porque según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía el promedio anual de libros leídos por persona es de 2,94. Nada mal para quienes creen en la reencarnación. Si quisiera hacer la situación menos dramática hiciera la cuenta imaginando que somos el tipo de lectores comprometidos que superan al promedio con veinte libros al año y consideráramos que sólo un 1% de los libros que Google recopiló merecen ser leídos; la cifra que resulta seguiría siendo risible a menos que encontráramos el elixir de la vida eterna.

En este punto en el que estoy escribiendo, no estoy segura de cómo continuar el artículo sin que perdamos las esperanzas, ya que mi siguiente reflexión fue que no se trataba de quién leía más sino de la calidad de lectura que le dedicáramos a los textos. Problema complejo: según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos del 2012, en México, el 41% de los jóvenes no alcanza un nivel analítico-crítico óptimo de lectura. Además, en vísperas de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el Observatorio Ciudadano Jalisco Cómo Vamos precisó que el 72% de los ciudadanos entrevistados colocó a la lectura en cuarto sitio de sus pasatiempos favoritos1, superado por la televisión (96%), socializar con la familia (86%) y escuchar la radio (78%). No creo que se haya considerado la variable navegar en Internet y el uso de las redes sociales, ya que superarían ampliamente a la televisión y a la radio.

¿Qué podemos hacer?

En la búsqueda de soluciones encontré algunos programas de iniciativa privada como Reto Leer Más (www.retoleermas.com), cuyo objetivo para el 2014 es alcanzar las nueve millones de horas de lectura y así sumar, entre los tres años consecutivos que lleva instaurado, veintitrés millones. En Querétaro, el programa estatal Si Lees Se Nota celebra su octavo aniversario, continuando la promoción de eventos e intensificando su presencia en redes sociales. Igualmente se encuentra el Programa Nacional de la Lectura de la Secretaría de Educación Pública del que podríamos escribir otro artículo. Así cada gobierno federal instaura múltiples proyectos para motivar el aprecio por la lectura y en cada sexenio las cifras persisten en mantenerse a la baja sin darnos cuenta de que el problema no sólo está en la niñez, etapa en la que sí, por supuesto, la lectura beneficia ampliamente y a la cual va dirigida estos programas, sino en la adolescencia y de manera más marcada, en la adultez, debido a que un adulto sólo dispone de dieciséis horas promedio de ocio a la semana. Para mí la solución estaría en predicar con el ejemplo pero como vemos, los avatares del tiempo hacen que cada día sea más difícil crear el espacio ideal para sentarnos a leer diariamente más de veinte minutos, que es lo que propone la campaña de fomento a la lectura del Consejo de la Comunicación con algunos errores ortográficos en su página web; sin embargo, es necesario hacer un esfuerzo para que aquellos lectores formados en las cuestionables políticas educativas mantengan el hábito a pesar de los planes de estudio actuales y de las distracciones que encuentran, cada vez más pronto, en la televisión y el Internet. Ahora, a pesar de haber más de 1 060 millones de sitios en el ciberespacio, los hábitos de lectura deben ser concebidos de la manera tradicional. Un estudio realizado entre jóvenes de doce a dieciocho años por el University College of London, determinó que internet disminuye la capacidad de concentración, así como la capacidad de los jóvenes para leer y escribir textos largos.

Así que, pensemos que durante la etapa de formación el estímulo al hábito de la lectura es un compromiso de las instituciones y de las familias, pero la continuidad en los individuos, es una elección personal. Si ustedes son como yo, sentirán la desolación de no poder leer todos los libros del mundo.

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