“Pregoneros y Pregones” (Estampas de la ciudad)

pregon

Rubén Sánchez Ramírez | Escritor

¡Tierra pa las macetas! ¡Alpiste para los pájaros!

Sacudirse la ropa, es el primer pensamiento que llega a muchos al oír el silbato del “Afilador”. Yo no lo hago porque dicen que es de mala suerte ser supersticioso. Este personaje, montado en su bicicleta, provisto de un esmeril y su silbato, es de los últimos que quedan vigentes de todos aquellos pregoneros, que con  gritos, cantos, coplas, silbatos o pícaros dichos, ofrecían sus productos o servicios, por los barrios antiguos de las  ciudades, que en realidad eran pueblos grandotes por allá por 1839 a 1841 del siglo XIX, como  Madame Calderón de la Barca, en su estancia en México, los dejó plasmados en las cincuenta y cuatro cartas que integran su libro “La vida en México”.

Contemporáneo de la señora Calderón de la Barca, fue Manuel Payno, quien dejó estampas de los mismos personajes en “Los bandidos de Río Frío”, como aquellos Jacinto y Casilda, robándose la fruta en las huertas de San Ángel, en el sur de la Ciudad de México, para venderlas luego en “El Parían”, en pleno zócalo, cerca del puesto de Cecilia, la guapa señora vendedora de fruta, según la retrata el también escritor de “El fistol del Diablo”.

Pocos años después Don Antonio García Cubas, en “El libro de mis recuerdos”, a finales del siglo XIX, también consignó los pregones y  los pregoneros que deambulaban por las calles de la Ciudad de México. Estos mismos pregones los retoma  cien años después, Elena Poniatowska en su libro “El último Guajolote”.

 ¡Compren tinta! ¡Zapatos que remendar! ¡Sillas que entular!

Por su parte, Fernando del Paso, en “Noticias del Imperio”, los vuelve a recrear en el capítulo: “La ciudad y sus pregones”, a través de un pordiosero, quien los rememora con acuciosidad, que mientras alecciona a su perro, le pregunta: ¿Has oído a la Llorona? Es el fantasma de una mujer que se murió de cuita porque le mataron a sus hijos en Mixcalco… a donde no te voy a llevar, porque allí, todas las madrugadas, “ajusilan” a dos o tres juaristas o cuando menos a uno… Y cuidado vayas a gruñirle a un cura: a los curas se les mueve la cola… (¡Claro, se refiere a la del perro!).

¡Al buen coco fresco! ¡Cristal y loza fina! ¿Hay ropa que cambiar?

Claudio Linati, de los muchos viajeros que visitó nuestro país en el siglo XIX, dejó constancia de su oficio al dibujar muchos de los tipos y personajes, que vivían en esos tiempos: aguadores, mantequero, carnicero, frutera, velero, pescadero, nevero, panadero, pajarera, ollero,  entre muchos otros personajes de ese tiempo.

¡Agujas, alfileres, broches y bolitas de hilo! ¡Melcocha!¡Requesón y melado bueno!

Y entre otros, el célebre “Pastelero”, interpretado por “El Chicote”, patiño bien de Jorge Negrete en varios filmes o de Pedro Infante, en la película “Mexicanos al grito de guerra”,  que en su peculiar pregón decía: ¡A cenar, pastelitos y empanadas, pasen niñas a cenar! y soltaba sus coplas: ¡Mi vecina de allá enfrente se llamaba Doña Clara y si no se hubiera muerto, todavía así se llamara! Y nuevamente invitaba a cenar y continuaba: ¡Como que te chiflo y sales, como que te hago una seña. Como que te vas por la leña y te vas por los nopales!

¡Buenas palanquetas de nuez! ¡Aquí hay tamales! ¡Aquí hay atole!

Valentín F. Frías, en su colección de cuentos “Tradiciones y Leyendas de Querétaro”, retrata una multitud de personajes y narra numerosos acontecimientos que abarcan de fines del siglo XIX a principios del XX, como el  Tamalero, llamado Torreblanca, al que se llevaron de “leva” cuando el “Plan de Tuxtepec” y desapareció por varios años; probablemente haya muerto por 1923, según el autor, quien pregonaba, tal cual lo escribe Don Valentín:  ¡¡¡¡…Ta…ma…les…!¡de chile…de…picadillo…y azúcar…¡¡¡ Y enseguida carraspeando y tosiendo y escupiendo, continua: “Anteanoche me dijiste, ya viene calzones rotos y yo te dije sentido: Quitémonos los alborotos; que los que chiflan son los unos y los arrieros son otros. Y volvía a pregonar: ¡¡¡Con los tamalitos de chile y de azú…ca…ar¡¡¡

El dramaturgo Emilio Carballido, en su obra “Querétaro Imperial” en la que conjunta varias piezas teatrales, entre ellas “Ante murallas”, refiere la siguiente escena, en la cual están la princesa Agnes Salm Salm, célebre “streapper” ante Juárez y una mujer que la acompaña, frente a las tapias enormes del ex convento de Capuchinas, en su intento fallido por procurar la fuga de Maximiliano, a pocos días de su fusilamiento:

Vendedor.- (voz triste). Tamales… Tamales… Lleve sus tamales… (Se asusta al verlas). Ay, chirrión. ¿Y ustedes que hacen aquí mamacitas? La fiesta está en otras calles. La princesa Salm  Salm, casi se hunde en la pared.

Mujer.- Es una manda. Estamos rezando un rosario.

Vendedor.- Qué habrán hecho para pagar así… O que pedirán… Tamalitos para el frío.

Princesa.- (Grita) Que se vaya. Va a arruinar todo. Que se largue ya.

Mujer.- Déme dos tamalitos y déjenos rezar o se estropea la intención.

Vendedor.- Mh… Que se me hace que invocan al ánima sola. O sepa…

Mujer.- ¡Pues muy asunto nuestro!

Vendedor.- Si yo las vi y pensé: ¿A poco son la llorona?

Mujer.- Pendejo ¿desde cuando hay dos lloronas?

Vendedor.- Bueno, así es el Progreso…

¡Al buen turrón de almendra, entera y molida, turrón de almendra!

¡Mantequilla de a real y medio!

En la memoria colectiva de muchos queretanos del siglo pasado, queda la misteriosa semblanza y el grito del vendedor de ¡Gorditas de cuajada!, quienes afirman que, cuando niños, al escuchar el pregón, salían presurosos a la calle para comprarle una sabrosa gordita. Pero cual era su sorpresa, que el pregonero se encontraba ya misteriosamente muy lejos. Hay quienes dicen que incluso se siguió escuchando su pregón muchos años después de muerto.

Gustavo Casasola, en su “6 siglos de Historia Gráfica de México 1325-1989”,  dejó plasmados, sobre todo en el siglo XX, las reminiscencias de aquellos viejos pregoneros, a quienes con tristeza rememora Salvador “Chava” Flores, el cronista musical, en su canción “Mi México de ayer” a mediados del siglo XX.

En este siglo XXI, por diversos rumbos de las colonias, aún se escuchan los últimos pregones: una voz que no se entiende, pero que es un vendedor de garbanza verde con chile, quien tiende su bulto en cualquier esquina para atender a la clientela que se le arremolina. También es usual la presencia  del comprador que dice a través de un altavoz: ¡Fierros viejos que vendan! Y otro que pregona, ya no en voz viva sino grabada y también en un altavoz montado en su automóvil: ¡Tamales, ricos tamales. De rajas con queso, chile verde, de mole rojo y de dulce. Ricos Tamales! Seguido de un pegajoso ritmo de una balada de los setentas del siglo XX.

Y en todo caso lo único que nos queda por decir, al igual que el tamalero de Carballido: Bueno, así es el progreso…y tomar la debida precaución para que ni por asomo se nos ocurra preguntar por la Llorona, aunque el lejano silbido y el pregón de ¡Plátanos asados¡¡Camoteeees!, así nos lo sugiera, pues nos exponemos a una rotunda respuesta…

Fin.

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