“Centi, mili y microficciones”

astro

Por Gerardo Muñoz Montoya| Escritor.

Apolo 11

Vivió todas las épocas; peleó en todas las guerras; fue vapuleada por todos los reyes. Perdió la esperanza en la Humanidad. Sin embargo, amaba a la Tierra y sirvió de su adlátere. Se posó en el cielo. La iluminaría de noche y nunca más volvería a ser pisoteada por ningún imperio.

Hiroshima

Sin ningún decoro por el amor a la Humanidad, el político miró al militar y dijo: “sí”. El militar, por su parte, un ente destinado a actuar sin reflexionar, asintió con la cabeza y dio la orden. En el Cielo, varios dioses esperaban la llegada de aquel grupo de científicos que, tras el desastre, no tuvo más remedio que desempolvar su sentimiento de fe y refugiarse en ella. Algunos, eligieron retomar aquellas creencias que habían forzado su Éxodo. Otros, se cobijaron en parajes de libros más exóticos. Aun así, todos se habían convertido en Muerte.

Señales

Mi nombre es Rubén Abel Casáres, actualmente me dedico a jugar de forma cuasiprofesional al basquetbol. Es un deporte complicado, porque aquí, en el manicomio donde vivo, no contamos con aros en los tableros, ni siquiera con un balón.

Aunque no siempre fui atleta imaginario, hace años me dedicaba a la ciencia. Tengo dos doctorados, uno en astronomía física y otro en electrónica digital con especialidad en señales de radio. Eso fue lo que me trajo al servicio número veintinueve del hospital nuestra Señora de Lourdes.

En 1997 me topé con dos señales una era de radio y la otra también, pero de otro mundo. Fue así como hice contacto… Yo les ayudé en lo que pude, nunca les tuve miedo, feos no eran, reptiles tampoco. No venían por tecnología, nos llevan como tres mil años de ventaja en eso. A ellos les interesaba un concepto. Un concepto que, según ellos, solo existe en nuestro mundo.

La Libertad.

En ese tiempo yo estaba más en contacto con los filtros Kalman extendidos y con las frecuencias resonantes de onda estacionaria, la verdad, nunca me había puesto a reflexionar sobre el tema, así que serví de poco.

Ellos se pasearon por el mundo entusiasmados y con la firme convicción de encontrarla, pero cuando vieron que los hombres, teniendo tanto espacio para caminar se inventaron vagones para agazaparse los unos contra los otros, algunos en contra de su voluntad todavía viva, otros con indiferencia y los peores en una febril competencia por terminarse la vida; que las flores tenían que buscar un resquicio para crecer y vivir indignamente entre dos pedazos de cemento; que el conocimiento y el espíritu se basaban en leyes hirsutas; que a las aguas obedecían a las mareas y que incluso las aves volaban guiadas por un campo magnético; se fueron.

Yo pienso que se fueron porque entendieron que aquí, en la Tierra, somos capaces de crear términos, guiados por la pura inspiración humana, como la libertad. Términos que una vez creados, intentamos materializar en lugar de aprender a manejarlos como etéreo. O por lo menos eso empecé a deducir cuando me encerraron aquí.

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