El crimen predilecto del totalitarismo mexicano

Visita de EPN a Querétaro. Foto Ketzalkoatl
Visita de EPN a Querétaro. Foto Ketzalkoatl

Por Mikhail Robles | Editor

El régimen totalitario mexicano sistematiza un modo de persecución política extremo: la desaparición forzada de personas, su esclavitud con fines de explotación económica  y su posterior asesinato en secreto. Sistema totalitario, concentracionario, no cerrado, focalizado no en cárceles sino en la vida cotidiana; y con prácticas criminales para beneficiar a corporativos económicos y mafias políticas que administran, en un Estado represor, la miseria para los ciudadanos que les estorben.

Este modelo de poder nace en el siglo XX, fue creado por el nazismo en Alemania y funciona como poder totalizante, dueño de la vida y de la muerte. Implanta la violencia cotidiana como modo de vida, en donde el terror y la parálisis ciudadana destruyen el tejido social.

Según Amnistía Internacional, más de 22 mil 600 personas han desaparecido en México en los últimos ocho años. Una verdadera catástrofe humanitaria. Los desaparecidos siguen siendo una de las heridas abiertas de las sociedades latinoamericanas. Para toda la región se contabilizaban antes de los desaparecidos mexicanos producto de la guerra iniciada por Felipe Calderón, un total de 108 mil personas desaparecidas, siendo Guatemala (con 45 mil, el 41% del total) y Argentina (con 30 mil) quienes encabezan la lista.

Es la desaparición forzada el crimen predilecto de los totalitarismos. En Ni vivos ni muertos (2014), del periodista italiano Federico Mastrogiovanni, que trata sobre la desaparición forzada en México, la conclusión de su investigación es que  dicho crimen es usado  como estrategia de terror contra la población.

Para este investigador, la ambición sin límites de los corporativos trasnacionales, en contubernio con el Estado, quiere apropiarse de los territorios con grandes reservas naturales, como oro, petróleo y gas shale, y esta es la razón que promueve el ejercicio de desapariciones forzadas para crear un clima de violencia y terror, que empuje a las poblaciones a abandonar dichos territorios.

Así, parte de la sociedad mexicana se encuentra desaparecida como parte de una estrategia atroz de corporativos capitalistas y un Estado a su servicio.

Antes del crimen contra los normalistas de Ayotzinapa, la sociedad mexicana no consideraba ‘estar en un país de desaparecidos’, aunque las cifras lo demostraran. Después del 26 de septiembre se tomó la conciencia de que sí, México es un país de desaparecidos. La solidaridad que se ha generado en torno a estos hechos criminales está gestando una forma de organización social que está produciendo un punto de quiebre en el Estado Totalitario mexicano, de nuevo cuño.

Ha puesto en escena algo que estaba ocultado en la sociedad,  lo ignorado de ese “desaparecido”, de esa familia del “desaparecido”.

Reconocer y nombrar este crimen totalitario en el espacio público le da representación social a un crimen que tiene como objetivo borrar a los que no tienen valor para el sistema capitalista y el Estado cómplice. Posición activa han tomado los familiares de las víctimas de tan cruel crimen, para romper con la fragilidad, a consecuencia de no saber dónde está su familiar y de no ser escuchados por una autoridad que imparta justicia.

Hacer públicos crímenes que se pretendían privados y ocultados, es exigir una respuesta jurídica y social. Exigir un trabajo de historización y reconocimiento social, en donde la relación entre la memoria y el olvido pueda ser representada en un discurso. El estado terrorista totalitario coludido con los grandes capitales, halló en la desaparición forzada de personas su principal recurso de gestión de recursos. Hacer desaparecer jóvenes, despojarlos de sus familias, de su historia, de su nombre, de su cuerpo, de su voz, es reducirlos a externalidades del mercado.

La lucha por romper este totalitarismo mexicano se extiende más allá de la vía electoral, se trata de hacer inteligibles los signos del horror en un intento de remontar el carácter inenarrable de lo acontecido y por mantener viva la memoria, como la de una lección que no debe olvidarse en tiempos de negación de lo acontecido. Pedir que ya se supere algo no superado, es colocarse del lado del crimen y de los criminales, que bajo un discurso progresista encubren graves delitos de lesa humanidad, tal como es calificado por la ONU lo que actualmente sucede en México.

Si no acabamos con este totalitarismo a la mexicana (la colusión del Estado con los grandes capitalistas para beneficiarse económicamente a costa del sufrimiento de la población), este  extenderá su fuerza criminal a más población. Se debe cambiar de régimen a la brevedad. Ω

dektk@post.com

mrobles@ketzalkoatl.com

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