“Cosas” (El Mercado de la Cruz)

imagesCABIRBO2

Por Rubén Sánchez | Escritor

Cada vez que veo por la ventana/ miro para el parque sin cesar…/ 

Pensando en cosas…

El cantante de rock.

Yo llegué primero y me senté en el tercer banco a comer. Luego llegó un insólito cantante de rock and roll, con una gran guitarra al hombro, un rojo paliacate al cuello y una larga melena, por supuesto en la cabeza. Aún cuando era un hombre que rondaba por los cincuenta y tantos años de edad, su vestimenta –playera estampada, pantalones deslavados de mezclilla y zapatos industriales negros-, así como una cinta guinda que le contenía el pelo en la frente, al estilo de los años sesenta, le daba una apariencia juvenil.

A petición de la dueña del local, una señora de edad respetable y un volumen corporal más que respetable, entre los aromas de guisos variados: chiles rellenos de queso o picadillo, espinazo de cerdo en chile verde, arroz con zanahorias y chícharos,  bistec de res a la mexicana o en adobo, caldo de pollo, una olla de barro humeante con frijoles y otros guisos por demás apetecibles, comenzó a cantar, aquella vieja canción que entonaba Óscar Madrigal, por allá por los 60’s y que mis inseparables acompañantes, mis nietos, cantan en cada viaje.

– Ahora aquella que habla de kilos, de toneladas…- dijo la fondera. Y sin más se arrancó el cantante: “Con sólo barro lo formó, ¡Oh! el gran Maestro…”. Quien en vez de cantar las “16 toneladas” de Alberto Vázquez, entonó “Cien kilos de barro” que cantaba Enrique Guzmán, a lo que la señora hizo una mueca de reprobación, pero pequeña y casi imperceptible.

Mucha gente pasaba por ese corredor del Mercado de la Cruz, buscando comer a eso de las dos de la tarde, sin decidir a sentarse en los bancos de los diversos locales de comida. Llamaba la atención ese puesto, por las grandes cazuelas de loza de “Talavera” de Dolores Hidalgo, con su enorme colorido y la amabilidad de la fondera: -A ver chiquito, que te voy a servir, tenemos… y soltaba la retahíla de los guisos. Por su boca desfilaban todos los productos de esta tierra, confeccionados con sus manos, que recogían una tradición culinaria, crisol del mestizaje cultural mexicano, de hace 500 años.

El Mercado de la Cruz.

“México vive en sus mercados”, escribió Pablo Neruda en su libro “Confieso que he vivido” y yo confieso que estoy de acuerdo con él. Sobre todo en el mercado del Barrio de la Cruz, en la ciudad de Querétaro. Es todo un universo de productos, olores, sabores,  colores y gente. Ropa, perfumería, quesos, carne, pan, nopalitos, encurtidos, bocadillos, películas, compactos, jugos, frutas, verduras, flores… Gente de diversas procedencias, “gente bien”, “gente regular”- de todos los estratos quiero decir-, marchantas de muy buen ver, multitud de clientes de todo tipo en busca de las mercaderías que allí se venden; pero, sobre todo,  esforzados comerciantes de cepa, que han forjado una buena vida para ellos y sus hijos,  creciendo junto con el mercado, en los tiempos buenos y en los malos, en las crisis, en los diferentes gobiernos de filiaciones encontradas, de aliento y de represión, de apoyos y abandonos, de atención y soberbia… Pero siempre, como la tamalera: “mal y vendiendo”.

La Fundación.

Lejos quedaron aquellos años cuando en   pleno piso de lo que ahora es la Plaza de los Fundadores, frente al centenario Templo Franciscano de “La Santa Cruz de los Milagros”, en la Loma de Sangremal, tendían sus telas o hules y en ellos depositaban las mercaderías, o en puestos de madera improvisados, a semejanza de los antiguos “Tianguis”, que se estilaban en la prehispanidad, con la riqueza de productos y el colorido que nos muestra Diego Rivera en sus célebres pinturas plasmadas en el primer piso de Palacio Nacional, sobre todo la que retrata el Tianguis de Tlatelolco. 

Luego, a fines de los 70’s, hace casi 40 años, los comerciantes pioneros, fueron quienes ocuparon los nuevos locales, sin luz ni cortinas, prácticamente en obra negra, del Mercado “Josefa Ortiz de Domínguez y el Barrio de la Cruz”, en un espacio llano, con grandes baldíos, solo teniendo como vecino el Colegio San Javier.

Los “giros” eran variados y se acreditaron a lo largo de muchos años, hasta llegar a ser éste gran centro de atracción comercial, que congrega multitud de gente, sobre todo los domingos.

A los cinco años de su fundación construyeron la nave de “Garibaldi”,  como la plaza de México, donde desde entonces se puede cenar birria y tacos, una buena cerveza, así como postres diversos. En 1994, ampliaron el mercado, cuando Arturo Bárcenas era el dirigente de la Unión de Comerciantes y congregaba a la mayoría de ellos: Don Will, las Señoras Georgina Castro y Yolanda Camacho, Doña Pueblito, la de las “gorditas”; Coquito Hernández Camacho; Gloria Bautista y Amalia Becerra (del menudo); Doña Tomasita, (la del queso); Doña Lidia Olguín, Aurora Hernández y Vidal de las carnicerías; Lupita Moreno y sus hermanas en la ropa, junto con Miguel Méndez. Sin faltar la güera Otilia Vargas de los jugos y los Luján de la fruta, entre muchos entusiastas y trabajadores comerciantes, que anualmente hacen unas fiestas de esplendor frente al Tecnológico Regional, en el Club de Leones.

Arturo: una estampa amigable.

En el “Jardín de los platitos”, hace no más de 10 años, se congregaban los mariachis y bares, junto al río, en la esquina de la calle Filomeno Mata. Al salir de tomar un par de buenas copas, los parroquianos estilaban escuchar algunas canciones con mariachi y ¿por qué no? cantarlas con buena o mala voz, entonados o no, pero eso si con muchas ganas.

Cuando menos eso pensaba Arturo y sin preámbulo pedía “El siete mares” de José Alfredo; una que cantaba Vicente Fernández que decía: “A los que se pregunten por qué mi talento no pudo triunfar… Todas las mujeres ejercen en mi alma un raro poder…”y ya para rematar: “El mariachi loco”.

Era amigo de todos los de los bares, de los parroquianos y de todos los mariachis locos, quienes le acompañaban gustosos en sus canciones, bailando en plena calle a las dos de la mañana…de un día cualquiera de una  semana y de un mes perdido en mi memoria del año 1993. Después Arturo se fue… De eso va a hacer ocho años… Y muchos otros le han seguido.

Cosas.

Terminé de comer, terminé de hilvanar mis recuerdos y caminé para fuera del mercado, rumbo a Damián Carmona. Es cierto lo que dice Neruda: “México vive en sus mercados”. Pero también es cierto que México muere en sus mercados.

“Cosas, por la que uno llora/

Cosas por la que uno añora/

Todas las cosas hablan de amor…”Ω

sanchez50ruben@gmail.com

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s