Sólo dar la vida (cuento)

Foto paisajista. Foto Ketzalkoatl
Foto paisajista. Foto Ketzalkoatl

Armando Bayona Celis | Biólogo/Cartógrafo*

Conocí a Héctor Esparza desde hace largo tiempo: muchos años antes de que sus haceres lo convirtieran en un personaje famoso mundialmente, y su influencia se extendiera por varios países.

Nos reuníamos desde fines del movimiento de 68, que nos hizo amigos porque ambos –él en Química, yo en Filosofía– lo vivimos; días y noches, semanas intensísimas, deliciosas y trágicas, en la Universidad.

Nos seguimos viendo con frecuencia después de los tiempos de estudiantes. Nuestras familias: las esposas y los hijos, se hicieron también amigos, Laura, mi hija mayor, acabó casándose con Héctor chico, el primogénito de mi amigo. Nos veíamos a comer en el Centro, tal vez en las tortas de pavo o en algún chino de Dolores. Era allí donde, a solas, platicábamos más a gusto y discutíamos de política; a veces hasta de revolución; de qué era lo que habría que hacer para cambiar a este sistema y al mundo. Porque lo que habíamos querido, por lo que algunos de nuestros compañeros padecieron años en Lecumberri; y otros, dejaron de existir, no se había cumplido.

Nos fuimos con la finta, Chino– me decía. –Echeverría nos doró la píldora, nos hizo la gran finta a muchos, que nos regresamos a la vida de familia; a casarnos y demás, bien crédulos, quizá un poco o mucho haciéndonos güeyes, de que ya se estaba dando un viraje hacia la democracia, hacia una justicia para todos, respeto a los derechos humanos, ausencia de censura, todo eso. Otros, como Julián no se lo tragaron y se fueron al monte, donde a los más los desaparecieron, igual a todos nos calmaron. Y de allí en adelante, primero suavecito, luego con ganas hacia la derecha; a una derecha modernona porque sí se dieron reformas políticas, se fue dando una como democracia aparente, pero nomás porque si no se hubieran dado, los empresarios gringos, europeos, no habrían invertido con tantas ganas; con tanta seguridad, con su conciencilla de burgueses hipócritas tranquila, aquí en México…

Y claro que nos quedamos gratamente sorprendidos cuando surgió a la luz el Zapatismo, y hasta contentillos de que hubiera ganado Fox (aunque ninguno de nosotros votó por él; y Héctor, como siempre, por nadie), por el hecho de que al PRI se lo llevara la tiznada, aunque ¡gulp! lo hubiera sacado la derecha: en realidad –nos consolábamos– lo sacaron los que votaron por hartazgo, por asco y otros, claro, encandilados por el chabacano candidato del PAN. Si ya lo decía Héctor: en caso de que el voto se respetara, siempre habría ganado Cantinflas las elecciones y, ya en ausencia de Cantinflas, siempre ganará el candidato que más se le parezca… Y no me van a decir que en este caso, y después, no se cumplió su teoría ¿Eh? Creo además que no tengo que informarles del rotundo y terrorífico fracaso del PAN y la vuelta del dinosaurio, ahora convertido en un cínico Velocirepresor, más sofisticado e impune que nunca.

Y bueno, pues ya un poco o mucho como espectadores, a nuestros cincuenta y tantos, sesentas y más, asistimos a los mítines del Sub, a algún otro evento antiglobal, por la liberación de presos de acá y allá, contra el robo de la elección aquella, y de la otra; y así, pero poquito, sin tantos ánimos, desilusionados del mundo, México y la gente; ya sin esperanzas de que algo pudiera cambiar en forma significativa este caos de planeta; pero conscientes de que quizá sin estos actos pequeños, fútiles en apariencia, los poderosos irían aún más lejos y las cosas andarían un poco o un mucho peores de cómo estaban.

Hoy se dice una y otra vez que Héctor estaba loco, que lo que hizo fue desmesurado. Pero ¿Qué iban a decir los que ni pelaron cuando –por citar uno entre muchísimos ejemplos– el escándalo de Monex y Soriana, que era obvio que era sólo era la puntita del iceberg? Escúchalos –me decía–, porque además del descaro absoluto, la falta de lógica, de coherencia, de sentido de la realidad; nos toman por imbéciles, y lo cierto es que ya lo somos. Ellos son los que han fabricado esa percepción absurda, distorsionada, de la realidad en la mayoría de la gente. Así, no falta en Puebla, en el estado de México, quien con honestidad diga que su gobernador ha sido bueno; porque dizque ha hecho obra, aunque lo vean asesinando, revolcándose diariamente en la corrupción. Al fin, dicen, así son todos los políticos. Y sí: así son. Sólo que no hacemos nada al respecto.

Si manifestaciones multitudinarias, denuncias periodísticas documentadas, demandas de organizaciones no los conmueven ¿Qué podemos hacer un par de rucos –le decía– como tú y yo?

Tú sabes escribir, Chino. Has hecho análisis, artículos interesantes. Y te salen bonitos.

Eso te parece porque eres mi cuate… Ya ves que los he mandado a revistas, a periódicos, y nada. Y no nos vamos a poner a hacer volantitos de papel revolución en esta era de la Internet y la globalización, ¿eh?

No sé… Bueno, pues, ahora que se me ocurra algo te digo y tú me lo escribes ¿No?

Órale, ahora que se te ocurra, pues.

Desmesurado… Si Héctor era un tipo tan dulce y respetuoso; tan enemigo de la violencia que, como ven, no produjo con su acto más de unos minutos de confusión, prácticamente cero sufrimiento, cero sangre. Y a cambio, un efecto poderoso, creciente, que ha cambiado poco a poco las cosas de la política en este mundo. Pero al fin desmesurado, la palabrita es de él y se refiere a lo que hizo: está en la carta que dejó explicando sus razones. ¿Cuándo creen que se les hubiera ocurrido a los medios chafas semejante palabrita dominguera?

Su misterioso correo de aquella mañana más que extrañarme, me hizo recordar que tenía ya meses sin verlo: “Perdón, Chino, se me ocurrió algo y ya lo escribí. Lueguito te lo mando. Un abrazote. H.”

Y más tarde, ese mismo día, fue que pasó lo que todos sabemos; lo que de pronto me dejó boquiabierto, junto con todo México y buena parte del mundo: le llamaron magnicidio, como cuando Colosio, aunque se tratara de un “ex”.

Y el asesino era nada menos mi amigo Héctor, que murió, como lo había planeado, junto con su víctima, en cosa de segundos, por medio de la ampolleta que se rompió y vertió ese líquido de nombre tan extraño antes como familiar hoy, y de tan veloz absorción a través de la piel, al darse un apretón de manos con su víctima, en esa ceremonia sin trascendencia en la que coincidieron, porque Héctor lo había planeado así.

Paso apenas por los detalles que han sido recontrasobados por los medios; que todo mundo conoce o puede consultar fácilmente en mil fuentes distintas. Lo que quiero decir son otras cosas; lo que me había comprometido a hacer por él, a escribirle su idea; bueno, a interpretarla, porque, ya ven, él la escribió cuidadosa y detalladamente, y la lanzó a través del correo electrónico minutos después de su acción, hacia donde pudiera ser conocida sin deformaciones o censura: a todas partes, a cada periódico, agencia de noticias, organización civil, foro y blog que encontró. Y a todos sus cuates, yo el primero.

Debo expresar mi admiración por el plan de Héctor, su claridad de propósito y ejecución perfecta. El cuidado que puso en no involucrar a nadie más (por supuesto, me tuvieron días en una celda, retahíla de insultos, amenazas y así, pero bueno, me soltaron gracias a las previsiones de mi amigo), la difusión multitudinaria de sus razones; el iniciar su “confesión” disculpándose por el hecho y aceptando desde luego que él no creía que nadie, hubiera hecho lo que fuera, merecía la muerte como castigo.

De allí también una de las razones para inmolarse: “pago justo y expedito por lo que hice”. La otra, claro, para no caer en las manos de la ley, “que todo lo hubiera desvirtuado, inventando cosas, haciéndome confesar mediante torturas lo que ellos quisieran. Para mí es muy importante que se sepa claramente por qué lo hice”.

Pero si la muerte, según Héctor, no la merece nadie, entonces ¿por qué matarlo?

Él nos explica que “…si yo no hubiera tomado la justicia en mis manos, jamás hubieran sido castigados los muchos crímenes que cometió…”, de los cuales, como hemos leído todos, hizo un recuento pormenorizado al que sólo le faltarían las huellas digitales del señor sobre dineros públicos escamoteados, pisoteo a la Constitución y todas las leyes que se obligó a cumplir y las decenas de desapariciones ordenadas, sugeridas o permitidas por el que desembocarían en homicidios si se investigaran, en fin, lo normal en esos casos “pero que de ninguna manera se debe perdonar”.

Héctor nos explica en su carta que la clase política es un núcleo solidario, en el que todos protegen la impunidad de todos los demás, sin importar que sean de partidos lo más opuestos posible. “Esta es” nos dice “la garantía de que llegado el momento, no los tocaran; es un pacto no escrito, tan fuerte como los de la Mafia siciliana”. No hay realmente separación de poderes, y la red de complicidades se extiende más allá del gobierno para abarcar organismos dizque autónomos, cámaras empresariales e iglesias. Y, por supuesto, a los medios masivos de comunicación, que aplacan las inquietudes de la gran mayoría con perogrulladas y repeticiones ad nauseam de mentiras que suenan verosímiles, hasta el punto que es poquísima la gente que podría salir de ese marasmo… “Nunca sera suficiente su número para un movimiento mayoritario que enfrente al sistema”, nos dice.

Está claro que lo único que puede detener a la delincuencia es la consignación y condena de la mayoría de los culpables. Habrá delitos mientras haya impunidad. Es un hecho científico y estadístico.”

Entonces, mi decisión se debe a la responsabilidad que deriva de entender todo esto; al hecho de saber que si yo no hago nada, nadie los castigará y por tanto no existirá la posibilidad de que disminuyan los excesos y delitos derivados del poder. Debía castigar a uno de tantos (ni siquiera era el que más se lo merecía, fue sólo el que tuve a la mano) en la única forma a mi alcance: cambiando su vida por la mía; un peón por un alfil”

Quizá” duda Héctor “este sea un esfuerzo inútil. Me alegro de que no estaré para comprobarlo, pero modestamente invito a quien tenga el deseo y la oportunidad, a que haga lo que yo hice, convencido de que sólo así podremos moderar el sistema de opresión y autocracia salvajes, que seguirá mientras no se le ponga un freno con firmeza. Al fin, se trata sólo de dar la vida.”

Perdonaran esta mutilación del texto de mi amigo, a la que no puedo añadir nada. Pero una cosa puedo decir, luego de estos meses: el ejemplo de Héctor Esparza está cundiendo en el mundo. Han sido sólo tres más los que siguieron su ejemplo y, aunque en un caso no hubo éxito, esto ha bastado para que se perciba ya un cambio de rumbo que comienza a darse.

Ahora ellos saben que no están a salvo (un guardaespaldas, el socio, la esposa han sido los victimarios). No importa el aislamiento ni los equipos y personal de protección. No importa lo que digan los medios, siempre habremos suficientes personas que sabemos.

Ahora una amenaza clara pesa sobre ellos. Y por tanto, tienen que trabajar para la gente, cumplir promesas, defender realmente a los representados, gobernar como se debe.

Gracias, Héctor.

*bayotenal@yahoo.com.mx

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