“Un Huapango en San Joaquín”.

Huapango en San Joaquín, Qro. Foto de Marco Helu
Huapango en San Joaquín, Qro. Foto de Marco Helu

Rubén Sánchez Ramírez.

Y aquí me pongo a cantar/ al compás de mis vihuelas/

Que al hombre que lo desvela/una pasión extraordinaria/

con el cantar se consuela/como el ave solitaria”.

Versos por Juan Mendoza “El Tariácuri”.

El huapango es un género musical de canto y baile, que se cultiva en varios lugares de México, específicamente en la zona geográfica conocida como La Huasteca, asiento original de la cultura del mismo nombre. La Huasteca es una región en la que se conjuntan rasgos económicos y culturales afines, y abarca la convergencia de los actuales estados de Tamaulipas, San Luís Potosí, Veracruz, Hidalgo y Querétaro, en donde se generan otros tantos estilos de canto, de baile e indumentaria del huapango. Los instrumentos musicales que usualmente se utilizan en su acompañamiento son: la jarana, una guitarra y el violín. Por lo general, los intérpretes se agrupan en tríos y son famosos: “Los leones de la sierra de Xichú”, “Trío armonía huasteca” y “Perla Tamaulipeca”, entre muchos otros de fama regional. En el baile, la vestimenta y el enérgico taconeo en el tablado es su característica esencial, alternado con el valseo acompasado que ejecuta la pareja, al momento de las coplas pícaras y descriptivas de la vida rural de los huastecos, cuyas escenas cotidianas así plasmadas, nutren las letras del huapango. El son del huapango es pariente cercano de los sones jarochos…” Más o menos así se afirmaba en un artículo periodístico, pero de eso, a saberlo yo, hay una respetable distancia. Lo que si sé, es que en la Sierra Gorda de Querétaro se realizan concursos de huapango, pero de ellos, el más famoso es el que se celebra en abril de cada año en San Joaquín.

En las estribaciones de la sierra, olorosa a pinos y poblada de manzanos, cercana a las ruinas prehispánicas de Ranas, se encuentra San Joaquín, con su caserío colmado de techos de dos aguas, con tejas rojas. Es un antiguo pueblo minero, de cuyas tierras se extraía desde tiempos remotos el “cinabrio” o mercurio, para dar la coloración rojiza a la loza que caracterizaba a la alfarería antigua mesoamericana. Muchos años después, durante la década de los sesenta, del siglo pasado, San Joaquín recobró gran auge, por la demanda de ese mineral, por parte de los vecinos del norte, para hacer otra de sus tantas guerras. En esa ocasión le tocó a Corea y ya estaban formados: Vietnam, Granada, Panamá, Persia ahora conocido como Irán, a las que se sumaron: Afganistán e Irak, después de la caída de las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York en septiembre del 2001. Y se empeñaban muchos, incluso algunos habitantes de “Foxilandia”, de anotar en su negra lista, a Cubita la bella, para contento del émulo de los hermanos lelos: Fosh y Bux o bien Fox y Bush. Los grandes socavones de las minas, son testigos de lo que digo. Pero es más cierto que ya es una tradición que en abril, desde hace más de treinta años, se viste de fiesta la auto nombrada, y con mucha justicia, “Catedral del Huapango”.

Lo que a mi si, de plano me consta, es cuando cumplió veinticinco años el concurso. Yo estuve allí. No lo leí ni me lo contaron. En esa ocasión fueron una multitud de bailadores los que se inscribieron para el concurso, desde niños, jóvenes y adultos. Y llegamos por los más diversos medios los turistas, paseantes y curiosos, que acudimos a disfrutar del evento. En esos días se durmió en las gradas del Auditorio, se abarrotaron los dos escasos hoteles y se llenaron de gran algarabía las sinuosas, empinadas y angostas calles, de ese risueño pueblo de la Sierra Gorda queretana.

Esa vez, la gran final se realizó en el recinto del Auditorio municipal: un enorme jacalón a un costado del edificio de la Presidencia y de la iglesia de San Joaquín. Colocado al centro del recinto, como un altar de sacrificios, estaba el tablado o tapanco, de cuyo vocablo y sonoridad, al parecer, se desprendió el nombre de “huapango”, sin que realmente pueda yo asegurarlo. Esa noche se compitió alegremente por obtener el título de campeón de cada uno de los cinco estilos: taconearon sabrosamente sobre el tablado los jóvenes tamaulipecos, ataviados con sus chamarras de gamuza, pantalones vaqueros y botas, al estilo de Pedro Infante en aquella vieja cinta “Los tres huastecos”, del director Ismael Rodríguez. Las damas, como Blanca Estela Pavón, lucieron amplios vestidos con flores coloridas, zapatos de tacón y además grandes trenzas rubias y sus enormes ojos verdes. Valsearon y taconearon acompasadamente los de Veracruz, llevando el ritmo con botas y zapatos negros de tacón, envueltos en sus impecables trajes blancos. Ellas con un amplio vestido que alzaban con ambas manos a la altura de su cabeza, en forma similar al momento de bailar “La Bamba” veracruzana. Los de San Luís Potosí exhibieron un baile taconeado, con vestidos blancos o multicolores en las damas. Los huapangueros de Hidalgo, bailaron enérgicamente, con un estilo muy emparentado con el Jarabe Mixteco, de la “Guelaguetza” oaxaqueña. Los hombres de blanco y con botas; las mujeres con huaraches, blusa blanca y falda satinada de colores mexicanos vivaces: amarillo, azul, rojo o rosa, con una clara influencia Otomí. Los bailadores de Querétaro, se emparentaron más con la raíz indígena: se ataviaron ellas de “huipil” y rebozo de cambaya y taconearon más suavemente calzadas con huaraches. Ellos se vistieron con pantalón de manta y jorongo tosco de jerga, cargando un morral de lazo y por supuesto huaraches. Valseaban gran parte del huapango y es notorio en su baile, la pretensión del enamoramiento, consistente en zalameros requiebros del hombre y rechazos coquetos de la mujer, en una persecución obstinada y finalmente eficaz.

Como a las tres de la mañana, los cinco campeones se disputaron el título de “Campeón de campeones”, que ganó el enérgico estilo hidalguense, bien zapateado por una pareja de hermanos. Ella de largas trenzas y de recias piernas, que se adivinaban y en ocasiones se veían, al vuelo afortunado de su falda, rosa solferino, que levantaban sus enérgicos pasos o “taconeos” con sendos huaraches. Él, también bailó.

El intermedio estuvo amenizado por María de Lourdes, en ese entonces, madura y guapa mujer, llamada “La embajadora de la canción mexicana”, quien gustosamente asistía a San Joaquín, hasta poco antes de su muerte en Europa. ¿Quién no la recuerda interpretando “Cruz de olvido” o “Tierra de mis amores”. Luego se dio paso al baile popular, hasta más allá de la bella alba de San Joaquín. Al helado amanecer se apetecía un aromático café, para levantar el espíritu socavado por el desvelo y para calentar las manos y los pies, entumecidos y ateridos por el frío. Y como lo mío es vicio, con esa idea recorrí las callecitas, con las manos en las bolsas de la chamarra abrigadora, hasta topar con una cercana y pequeña fonda, amueblada con mesas y sillas imponentes de madera, como debe ser en una zona que se precie y se respete en ser serrana. Pedí un café, bien caliente y sin azúcar, que saboree pausada y deliciosamente, en un jarrito de barro. Repito, como lo mío es vicio, al influjo de su aroma, evoqué como siempre solo buenos momentos vividos, abusando del recurso de la nostalgia, esa mañana adornada de una fría y blanca neblina, que no cedía su paso al sol. Viajé a lugares lejanos y a momentos hermosamente vividos, a la cuenta del estimulante y delicioso café. Dispuesto a retirarme, pedí nuevamente llenaran mi jarro, con el fin de constatar el aroma, la calidad y el gran sabor de ese café, que con los ojos cerrados, o con ignorancia sublime, presumiría como serrano, a mi retorno a la bella y colonial ciudad de Santiago de Querétaro. Para mi fortuna a la amable fondera, pregunté sobre el origen serrano del café. A lo que desenfadadamente me contestó: – Es “legal”. De este sobrecito. Enseñándome un envase rojo, con el dibujo de un grano ataviado de veracruzano, el que extrajo de la bolsa de su floreado mandil. Circunstancia feliz que me deslindó del compromiso de promover el inexistente café serrano del acogedor y evocador San Joaquín. Recurso que en todo caso, me salvó del ridículo en que iba a incurrir. Al retorno, con un sol tímido y titubeante, pero atemperado ya por el delicioso café, para no perder el ritmo, entre los barrancos profundos y las cerradas curvas de la sierra arbolada, llena de piñones colmados y manzanos florecientes, largo rato me persiguió la letra de aquel huapango, que cantaban “Los Tres Diamantes”: Rogaciano el Huapanguero”, que decía: “Por los verdes cafetales/más allá de aquel potrero/alguien dice que de noche/se aparece el huapanguero/ Rogaciano se llamaba… “La azucena y la Cecilia lloran, lloran sin consuelo/ Malagueña salerosa ya se fue tu pregonero”. Al son del huapango, de Severiano Trejo, me fui alejando. Atrás, embozado eternamente en su niebla matinal o que puntual se presenta en la penumbra del atardecer, colgado como una mata verde, con brillantes flores de mercurio, envueltas en jirones como de algodón, de las enormes peñas salientes de la Sierra Gorda de Querétaro, quedaba el risueño pueblecito de San Joaquín.

Fin.

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