Capitalismo y Medio Ambiente

Vista panorámica de Pie de la Cuesta, Querétaro. Foto: Ketzalkoatl
Vista panorámica de Pie de la Cuesta, Querétaro. Foto: Ketzalkoatl

Armando Bayona Celis | Biólogo/Cartógrafo

Hace años, escribí una serie de artículos para el suplemento “El Informador Ambiental” que trataban asuntos ecológicos, ambientales, de desarrollo urbano, agricultura y recursos naturales, en los que he trabajado. Conforme iba desarollando los temas, surgían, una y otra vez, la destrucción del patrimonio natural, la depredación de los recursos, la insustentabilidad de lo que estamos haciendo como civilización, con nuestro entorno.

Escribir es una buena forma de hacerse preguntas que, a veces, no se había uno planteado antes. Y las preguntas que surgían en este caso eran: ¿por qué acabar de este modo con lo que nos da sustento, trabajo y, en última instancia, vida? ¿cuál es la causa de este operar suicida de nuestra civilización?

Tanto que se habla en los ámbitos político, religioso y familiar sobre la necesidad de garantizar un futuro “mejor” para el país, la sociedad, la feligresía o los propios hijos y nietos, mientras lo que estamos haciendo, o permitiendo que otros hagan, es exactamente lo contrario. Tanto que se habla de la necesidad de cuidar el medio ambiente, ahorrar agua, energía, reciclar… Y, qué creen, resulta que mucha gente, digamos una minoría considerable, lo cree y practica. Y una minoría más pequeña pero influyente, los ambientalistas, es muy activa en la defensa del medio y la naturaleza. Pero los millones de focos apagados, los arbolitos sembrados, las leyes aprobadas, no tienen un efecto que atempere, ya no digamos revierta, el creciente daño ambiental, la pérdida de recursos, la contaminación y la emisión de gases de invernadero.

Más allá de el arrasamiento de la naturaleza y la contaminación de nuestras fuentes de agua, alimentos y el aire que respiramos, este proceso destructivo también altera profundamente la existencia de millones de personas, que son despojadas de su cultura, sus costumbres, su parcela, su país y hasta su vida. A todo esto se suman diversos efectos colaterales, como la epidemia global de cáncer, nuevas enfermedades y más.

Es extendida la creencia en que esta tragedia global no lo es tanto, es sólo el precio que se debe pagar por los beneficios del progreso; el crecimiento económico, la mejor calidad de vida, y que, en todo caso, se busca la sustentabilidad y tenemos especies y áreas protegidas. Lo que se me fue aclarando al ver con cuidado estos procesos y leer las explicaciones de verdaderos conocedores, es que los beneficios del progreso no existen, salvo para una proporción muy pequeña de la población, en el sistema económico que padecemos. Para la inmensa mayoría hay desempleo, mayor pobreza, enfermedades, inseguridad, frustración, menor calidad de vida.

Así que comencé a fijarme más en lo que es y hace el sistema económico.

El sistema económico es un capitalismo globalizado, con una fuerte componente financiera, que propugna por la desregulación y la privatización, basado en la creencia de que el mercado es en general un regulador automático, distributivo y justo, pero ofrendándole dólares de las reservas nacionales cada vez que se espanta y quiere salir volando, cosa frecuente; y apoyándolo con bancos centrales que sólo sirven para contener la inflación a costa de las reservas monetarias, el salario y el empleo; férreas instituciones calificadoras y financieras a las que todos les debemos aunque ni enterados estemos. Esta especie de relgión, es en lo que ha venido a parar lo que Margaret Thatcher y Ronald Reagan instituyeron y bautizaron como Neoliberalismo.

Como capitalismo financiero, su base esencial es el dinero; le da al dinero poder extraordinario que va mucho más allá de la función para la que surgió, que es la de ser una unidad reconocida y no perecedera para el intercambio de horas de trabajo y mercancías, y que acabó convertido en una mercancía, que se puede comprar y vender, con muy buenas ganancias, sin que haya de por medio trabajo o producción de bienes. Esto, el lucrar por prestar dinero, era considerado un pecado antes de que los primeros bancos surgieran. Hoy, la propia Iglesia Católica tiene bancos que invierten tranquilamente en acciones de fábricas de armas. Este es un buen ejemplo de cómo el dinero, el capital, pervierte cualquier valor y se convierte en el valor esencial del sistema actual.

El dinero en la era digital global, separado ya de cualquier respaldo metálico, se convierte en virtual, y sólo quien emite la moneda de referencia (el dólar estadounidense), tiene el control y el poder de fabricar más billetes (o dólares virtuales) cuando quiera. El dinero, convertido en una forma de poder, permite comprometer el uso y obtener réditos por mercancías y valores que no existen aún, y que no sabemos si existirán algún día.

Porque el capitalismo requiere de un crecimiento continuo, sostenido, ilimitado, en un mundo de dimensiones finitas. Y como prácticamente todo lo existente está enajenado, compromete petróleo que todavía está bajo la tierra o el mar, cosechas, viviendas, dinero, que sólo podrían existir en el futuro, endeudando de por vida a generaciones que aún no han nacido.

Los gurúes de corriente principal de la economía, incluso premios Nobel como Paul Krugman, parecen no entender cómo es que la realidad no se comporta de acuerdo a sus teorías (cómo es que México no crece si aplicó todas las recomendaciones neoliberales en sus reformas), otros, como Joseph Stiglitz, y recientemente, el francés Thomas Piketty, han evidenciado que el accionar cotidiano del capitalismo actual provoca bajo crecimiento de las economías, así como una mayor concentración de la riqueza y, consecuentemente, aumenta la desigualdad. Noam Chomsky y el geógrafo inglés David Harvey coinciden con Piketty en que el crecimiento de la desigualdad es caracteríatica “normal” de este sistema, que produce acumulación por despojo. Consideran, además, que las crisis son también parte normal del funcionamiento del capitalismo. Es más, dice Harvey, se trata de un sistema en el que LA CRISIS migra de una región a otra, característica que resulta de la movilidad y la necesidad de crecer del capital.

A los ciudadanos comunes se nos exige lealtad a la patria y obediencia a las instituciones que consagran las leyes. Pero los mercados (por ejemplo, los que invierten su dinero en valores emitidos por el gobierno cuyos réditos pagamos con impuestos) vuelan a invertir a cualquier otro país en cuanto les parece que no hay garantía suficiente de seguridad para sus ganancias o, como jugadores de poker, para hacer fintas que provoquen la caída de una moneda para comprarla más barata y esperar a que suba. Todo esto lo hacen sin lealtad alguna hacia su país, la humanidad u otra cosa que no sea el dinero; y a todos nos parece normal, aunque sus maniobras desemboquen en miles o millones de desahuciados, desempleados, migrantes o muertos de hambre.

Del mismo modo, los gobiernos que nos exigen patriotismo y obediencia a la ley, alteran continua y profundamente las leyes que juraron respetar, en favor de las grandes empresas y financieras, y subordinan la capacidad de decidir sobre el territorio y los recursos del país (lo que se llamaba soberanía) a los objetivos y planes de negocios de empresas que pueden decidir explotarlo todo en muy pocos años, o guardarlo por décadas, independientemente de lo que requieren los que viven en o sobre ellos.

La privatización de esa capacidad de decidir que ha cedido el Estado a grandes empresas (aunque digan que los recursos son nuestros porque aún no le han quitado esa frase a la Constitución) ha provocado ya una concentración de tierra agrícola, zonas mineras y petroleras (aunque estas últimas de manera soterrada hasta ahora) en manos de empresas muchas veces extranjeras, como jamás se había visto. Ni las encomiendas, haciendas y latifundios de otras épocas se le pueden comparar a la cantidad de terreno y recursos sobre los que hoy deciden empresas sin patria. Y están en proceso la privatización del agua, los genes, las energías alternativas…

Y aquí volvemos, por fin, a la relación entre el capitalismo y el medio ambiente. Así como nos piden ser patriotas, también apelan a nuestra conciencia ambiental. “No tires ese papel a la calle”; nos dicen, “apaga un foco”, verifica tu coche”, “recicla”, “separa tu basura”. Y muchos de nosotros, cada vez más, lo hacemos. Y nos indignamos cuando nuestro vecino se pone a lavar el coche con manguera y hasta lo denunciamos. Pero ellos, gobierno y empresas ¿Cumplen con sus obligaciones? ¿Nos ofrecen transporte público eficiente y seguro? ¿Cumplen con los ordenamientos y planes de desarrollo que ellos mismos promovieron? ¿Nos garantizan el confinamiento adecuado y el reciclado de los residuos? ¿Tratan adecuadamente toda el agua? ¿Están reforestando en la medida necesaria para acercarnos a la sustentabilidad? ¿Restauran el suelo y los paisajes después de haber extraído los minerales y materiales? ¿Pagan lo que contaminan o disminuye la emisión de gases de efecto invernadero? No, no, no, no, no… Porque no es negocio, bueno, el reciclado un poquito, pero lo demás no.

Un medio ambiente sano requiere grandes subsidios y el binomio empresa-gobierno, hará todo lo posible por no subsidiarlo, porque el capital no crecería en la medida, nunca satisfecha, que quiere hacerlo. Esto se logra impidiendo que se aprueben normas y leyes, estableciendo certificaciones imposibles de cumplir para el pago de servicios amientales a los dueños de recursos, ocultando o falseando resultados de análisis y de cien maneras más.

El capitalismo tiene un apetito insaciable por depredar los recursos y destruir los territorios, y en su acción provoca contaminación e inunda el mercado con productos cuyos efectos nocivos son desconocidos, igual que con otros cuya toxicidad ha sido perfectamente demostrada. Y hará todo lo posible para evitar el pago de los daños al ambiente, a la salud, a la calidad de vida que ocasiona, auxiliado por equipos de los abogados más hábiles, la simpatía de los funcionarios encargados de cuidar el medio y la salud de la gente y la anuencia o indiferencia de las instituciones que ellos dirigen.

Cuando apagamos un foco, usamos la bici, reciclamos; incluso cuando logramos, después de años de batallar, que se decrete un área protegida, y nos vamos a dormir tranquilos por haber hecho lo correcto, es cuando es más importante no olvidar que las grandes empresas están acabando con la naturaleza y las culturas tradicionales, envenenando el agua, el aire y los alimentos, a un ritmo y con una pujanza que superan por miles o decenas de miles de veces nuestros esfuerzos.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, a Japón le urgía recuperarse y logró un crecimiento económico sin paralelo, que vino acompañado de una terrible contaminación ambiental, especialmente de mercurio en el agua de la bahía de Minamata desde 1956, provocado por descargas industriales que causaron síntomas como convulsiones, parálisis, pérdida de la vista y la muerte en miles de personas y animales que consumían pescado. Durante décadas la empresa causante hizo muy poco por resolver esta tragedia, y el gobierno sólo la reconoció hasta 2001, año en el que se dictaminó la indemnización millonaria a las víctimas y sus familias. Varios videos se pueden consultar en Internet buscando Minamata disease.

Es desgarradora la imagen de las víctimas de la enfermedad, pero sobre todo, la de una mujer que dice a la empresa y al gobierno: “Por su culpa no pude enamorarme, tener hijos, una vida”.

Nos aseguran que el futuro será mejor, pero no debemos jamás olvidar que nuestra vida es ahora mismo.

bayotenal@yahoo.com.mx

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