Centi, mili y microficciones

Gerardo Muñoz Montoya | Escritor*

¿Para quién?

El ahora sacristán de aquella pequeña parroquia con techo a dos aguas, José Guadalupe Cruz del Sacratísimo Santuario de la Luz y el Rayo, debe su elegante nombre a una encomendación que hiciera su madre momentos antes de su arribo al camastro donde nació. El acuerdo entre su madre y el “Santuario de marras”, aunque surgió entre los gritos desesperados de dolor que cualquier debutante de alumbramiento sufre, no fue nada del otro mundo: Un hijo sano y, a cambio, asegurar la alimentación de la banda de viento que alegra la fiesta del templo, por tiempo indefinido.

Tres décadas después de que su pequeña pero eficaz parroquia le otorgó la salud necesaria para hacer una vida, Cruz, como le gusta que lo llamen, ha decidido autoencomendarse a su ya conocida capilla. Mismo acuerdo, diferente motivación. Esta vez, la plegaria se origina por la ansiedad que cualquier estudiante de doctorado siente al estar a punto de recibir el veredicto por parte de su comité evaluador. El desasosiego es general en el Aula 4 del Instituto de Investigaciones Genéticas de la Universidad de la Ciencia. Sus compañeros, que han visto el desarrollo de Cruz en el laboratorio, no dudan de su destreza en el trabajo, ni de la veracidad de los resultados obtenidos por el sacristán; sin embargo, todos han sido parte de las incansables discusiones propias de fanáticos (ateos, agnósticos, diezmistas, deismistas, dentistas, democráticos, católicos, maradonianos, mac-istas, nikonistas y bobo-securalistas) sobre la evolución, la muerte y sus ventajas. Todos han tratado de convencerlo y con todos ha hecho oídos sordos, especialmente con su asesor de tesis, el brillante genetista y director del Instituto, Dr. Carlos Alfredo Wallace e Hijar.

La curiosidad y el morbo se desbordan en la sala, pues la decisión de otorgar o negar el grado al sacristán depende justamente del Director del Instituto. La expectación muere cuando Cruz recibe su título. Se persigna con él, abraza a su madre, se arrodilla y besa la mano de su padre/padre Los tres se toman de las manos y comienzan entonar una oración; mientras tanto, en la confundida audiencia hay aplausos, incredulidad y una especie de teléfono descompuesto que reparte, oído por oído, bromas y blasfemias. El aula se vacía. Cruz busca a su asesor. Aunque no duda de la eficacia de su ayuda divina necesita saber de propia voz la razón del favorable fallo.

-¿Doctor Wallace? –dice Cruz, con su peculiar forma de llamar a los conocidos preguntando el propio nombre.

-Colega Cruz –contesta el Profesor, extendiendo gentilmente la mano y regalando a Cruz un fraternal abrazo-. -¿Qué paso Cruz? –dice después, con tono serio.

-¿Quisiera saber por qué… –El asesor interrumpe la pregunta con un asertivo apretón de brazo, y en un mismo movimiento enrolla su codo al de Cruz, acerca su cabeza y en voz baja responde a la inacabada cuestión.

-Sabe, señor Cruz, esto habría sido una locura hace algunos años, pero hoy compartimos más de lo que piensa. Ambos somos parte de un dogma lleno de mentiras, pero que funciona.

Ciensurrealismo

La obra de un gran artista contemporáneo ha visto la luz el día de hoy en “le niveau deux” del Centro de exposiciones Pompidou, en París. A este humilde pintor, sastre de profesión, pero dedicado a las acuarelas desde hace cuarenta años, se le ha comparado con genios como Breton, Dalí y otros grandes surrealistas. El jalisciense, Eustorgio Arreola, inventor de la corriente Ciensurrealismo, es el primer artista no neoyorquino condecorado con el Premio Internacional +FuiFui de las Artes Modernas. Un día, buscando fuentes de inspiración alternativas, al tapatío se le ocurrió ingresar al pleno del Instituto de Investigaciones Científicas Avanzadas del País al Sur del Otro País. En medio de una conferencia Magistral, Eustorgio vislumbró la obra que lo proyectaría como parte de la historia moderna del arte. El pintor, advirtió que después de cierto tiempo, todos los asistentes a la conferencia entraban en una fase de aletargamiento colectivo forzado, como bajo el influjo de una especie de Veronal invisible provocado por el aburrimiento de la plática. Cada miembro de aquel salón se enfrascaba en una lucha contra la pesadez de su cabeza y sus párpados. El artista, observó que para continuar con este inexcusable acto de desvelo, la gente comenzaba a dibujar en sus hojas de apuntes. Algunos, con gran exquisitez. Otros, apenas unas rayitas, flores o gusanitos. Eso no importaba, la creación inconsciente de una obra colectiva provocada por un estado de “éxtasis aburrido” -como lo llama Eustorgio- era lo que daba significado a esta nueva ola de apreciación científico/artística. El recién galardonado dio la vuelta al Mundo recorriendo los salones de la ciencia, investigación y tecnología, atrapando en cada sitio diferentes motivos que, según él, se relacionan con la praxis semiológica de cada individuo como parte fundamental de una microsociedad y con el nivel de aire acondicionado dentro de la sala de conferencias. “Es halagador saber que las conferencias científicas de hoy en día están sirviendo de algo”, declaró Eustorgio al recibir el premio.

Sin aplicación real

¿Y cómo te fue?

Mal.

¿Mal? Eres el genetista más importante de tu laboratorio, has logrado tú solo descifrar cada uno de los 12 cromosomas del genoma haploide del tomate. Sin mencionar los pequeños tomates dulces que has desarrollado.

Cherry, Tomates Cherry. No son tomatitos dulces.

Perdón, a veces olvido que el nombre es importante para ti.

Era el nombre de mi madre.

Yo sé. ¿Pero qué te han dicho? ¿Por qué no te han galardonado?

El premio me lo han dado por la descripción del genoma, sí…Pero todos se han burlado de mí por desarrollar algo con un nombre tan ridículo y que no se puede pinchar con el tenedor.

*montoya.gerardito@gmail.com

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