La hidra capitalista y la tormenta perfecta

Cascada El Chuveje, Pinal de Amoles. Qro. Foto: Ketzalkoatl
Cascada El Chuveje, Pinal de Amoles. Qro. Foto: Ketzalkoatl

Armando Bayona Celis | Biólogo/Cartógrafo

Admiro a los zapatistas porque han dicho que no saben lo que hay que hacer. No me malinterpreten: ellos sabían, como tantos otros pueblos indígenas, desde siglos atrás, algo que a muchos no nos da el seso (amaestrado como lo tenemos) para entender: que México no es algo monolítico; que no existe un acuerdo de lo que debe ser este país en el que todos coincidiríamos; que hay intensas divergencias y pugnas, y que al menos hay dos grandes tendencias: los que queremos vivir en paz con lo necesario y los que no nos dejan, porque quieren despojarnos y tienen el poder; el poder político y el dinero; y quieren más y entonces nos despojan a todos los demás cada día.

En la clase media y en la ciudad no lo notamos tanto, porque tenemos otros usos aparte de la esclavitud y el ser privados de la tierra; porque quieren que seamos asalariados; consumamos y nos endeudemos de por vida para comprar unos cuantos metros cuadrados de terreno, un coche, la educación de los hijos, y nos hacen creer que tener eso y poder ir al centro comercial más grande de Latinoamérica nos acerca a triunfar en la vida y a lograr nuestra independencia económica, cosa que nadie puede tener porque la publicidad se encarga de que deseemos más y más…

Pero los zapatistas decidieron hacer algo en contra de la violencia y el despojo cotidianos que sufrían y, sin estar completamente seguros (ellos lo han dicho) excepto quizá de que estaban arriesgándolo todo, por poquito o mucho que fuera, echaron a todo el aparato de poder de sus comunidades, y se hicieron cargo de su gobierno y se pusieron a ver cómo le hacían para administrarse y curarse y enseñarse a sí mismos. Porque defenderse ya sabían.

Y ya pasaron 21 años y las autonomías zapatistas están allí, ellos han aprendido y hasta han hecho escuelitas en donde comparten los aciertos y los errores que han tenido, y siguen diciéndonos que no saben bien cómo le habrán de hacer en el futuro y menos aún qué debemos hacer nosotros. Y eso es lo que me parece más notable de ellos.

A diferencia de otras épocas, cuando en el transcurso de una vida habían apenas cambios en la forma de hacer, hablar, trabajar, vestirse, y todo el mundo sabía cómo eran las cosas, hoy los cambios se suceden con una velocidad creciente, y como es imposible llevarles el paso, se ha desarrollado una gran inseguridad en la gente y un intenso deseo de saber qué es lo que hay que hacer. Los políticos dicen siempre que saben lo que hay que hacer y, con sólo decirlo, nos dan seguridad y esperanza. La tele se la vive diciéndonos qué es lo más sabroso y original, lo más saludable; lo que no podemos perdernos, y hay todo un mercado de conferencistas, libros y sitios en la red especializados en abrirnos los ojos sobre lo que debemos creer, hacer, comer, etc. para vivir plenamente, triunfar o estar saludables.

Aun así, cada vez más, va quedando claro para algunos, que está ocurriendo una situación muy grave y probablemente inédita en la historia. Como siempre que se está gestando una gran crisis, guerra, revolución, desastre, algunos que vislumbran, hablan y escriben denunciando las causas y anticipando lo que va a ocurrir y casi nadie les hace caso hasta que ocurre, y entonces ya es tarde.

Los zapatistas son de esos vigías que avizoran algo, algo que se está gestando, algo que no están seguros si es parte del proceso “de siempre” (el progreso capitalista) o es algo distinto. Una tormenta mayor, tremenda. Y como no están seguros lanzaron hace unas semanas una invitación para reunirse a platicar con aquelloas (como dicen elloas) que también, como vigías, estuvieran avizorando algo y quisieran compartir y discutir y llegar a conclusiones, si era posible. Y esto se llamó seminario “El pensamiento crítico frente a la hidra capitalista”. Y además de los propios compas de allá, llegó gente de varios rincones de México y el mundo, acostumbrada a ver y pensar por su cuenta, que fue a compartir su pensamiento y sus dudas, y sus palabras se pueden ver y escuchar en radiozapatista.org, o en original.livestream.com/lostejemedios. Y vale la pena.

Yo, pues no sé bien, no me atreví ni a pensar en a ir a molestar con mis a lo mejor irrelevantes dudas a estas gentes con muchas ocupaciones y preocupaciones. Pero ahora que ya oí varias de las participaciones, me animo y veo que a lo mejor sirve que hable yo aquí, “sobre este humilde banquito”, para recomendarles que escuchen el seminario y además contarles cuál es mi parecer sobre todo esto.

Me parece que la gran crisis que se avecina, que más bien ya llegó, podría ser como algo llamado “tormenta perfecta”. Se van juntando factores, cada uno de los cuales no es tan malo, pero se potencian entre ellos de modo que lo que acaba pasando es mucho más, y distinto que la suma de sus partes. Los científicos le llaman fenómeno emergente. Entonces lo mismo que está pasando, cada una de sus partes creciendo “normalmente” provoca un cambio cualitativo. Surge algo nuevo. Una cabeza más de la hidra, dicen los zapatistas.

El capitalismo (me refiero a las personas que invierten su dinero en grandes empresas sin patria; a los ejecutivos y técnicos que operan en ellas y a los bancos que financian las operaciones y endeudan a casi todos), en su afán de crecer indefinidamente, se topa con límites físicos: se acaba el terreno agandallable, se agotan los recursos. Entonces, en vez de parar, como quien dice “mete la doble” a pesar de lo que sea. Por ejemplo: crea nueva tecnología, como el fracking, que requiere gastar mucha agua para sacar gas de las piedras y satisfacer su síndrome de abstinencia de combustibles fósiles, pero esto, creciendo “normalmente” junto con la minería y hasta las energías “limpias”, invade más y más tierra de la que le habían dejado a la gente después de despojarla, desde la época colonial hasta el día de hoy, porque antes no les servía para nada pero ahora sí. Entonces viene una nueva ofensiva “normal” del capitalismo, en medio de una mayor conciencia de las comunidades invadidas, que ya no tienen para donde hacerse y están luchando con mayor organización y unión entre ellas, aquí y en otros países.

Además, esa ofensiva se da en condiciones distintas, porque, por ejemplo, la violencia se ha disparado también, me parece que como resultado de a) las alianzas de los gobiernos con el crimen organizado (que ha pasado en México y en muchos otros países) y b) la idiotez de otros gobiernos que creyeron poder combatirlo a balazos (casos paradigmáticos, Colombia en los 90; y hoy México). Esto produjo una situación extremadamente violenta contra la población que ha dado como resultado la creación de autonomías, autodefensas, aún más organización.

Por último, pero no es lo único, tenemos un entorno de comunicación ni siquiera soñado hace pocos años. La información que generan las personas, los videos de masacres ejecutadas por autoridades, etc. etc. vuelan a todo el mundo, generando minorías informadas e indignadas en crecimiento. El control de daños, sin embargo, es aún muy efectivo y lo dirigen hacia la mayoría silenciosa las grandes televisoras que, más que soldados del gobierno, se han vuelto sus jefes.

En suma, tenemos a un capitalismo enorme, desesperado, agonizante quizá, con recursos económicos, propagandísticos y militares inmensos, que se enfrenta con más saña a la gente más informada, organizada y dispuesta a más, muchas veces a todo, y que abarca tanto a numerosas comunidades indígenas y rurales, como a crecientes minorías en sectores y clases en las zonas urbanas. Lo que pasa en este momento, es un recrudecimiento de la represión y una actitud de las autoridades que se resume así: descaro absoluto de los ejecutores y complicidad de quienes deberían juzgarlos y sancionarlos.

Y ¿Qué hacer entonces? Como decía arriba, quién sabe; habría incluso que desconfiar de quien diga que sabe cómo. A veces es visible el lugar al que querríamos llegar, a veces ni eso, y menos aún la forma de lograrlo. Pero hay cosas que son obvias o suficientemente razonables. Van dos:

Darnos cuenta. Llegar a comprender cuál es el proceso en el que estamos inmersos, independientemente de que vaya a resultar un aguacero fuerte o una tormenta perfecta. Algunos pensamos que el proceso se llama progreso capitalista y que se da mediante la acumulación que hacen unos a costa de despojarnos de los bienes que son de todos. Y

Vivir sin esperanza. La mercancía más preciada con la que nos someten es, a mi parecer, la esperanza. Las instituciones nos dicen siempre que todo va a ser mejor en el futuro. Es cómodo creerlo: como ya apagamos un foco, votamos por el menos peor, hicimos propuestas para que cambien las leyes, nos portamos bien, podemos ir a descansar con la satisfacción del que cumplió y renovar nuestra esperanza; y así olvidar y aguantar otro poco, hasta que la realidad brutal nos despierte otra vez. Obviamente el futuro no será mejor si no actuamos desde abajo. Dejar de creer esa patraña es esencial para comenzar a idear caminos hacia la libertad.

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