¿A quién creerle si la mentira es la que gobierna en México?

Evento por Ayotzinapa Querétaro. Foto Ketzalkoatl
Evento por Ayotzinapa Querétaro. Foto Ketzalkoatl

Por Mikhail Robles | Editor Ketzalkoatl

No aceptar ni atender los casos de desaparición forzada en Querétaro y en todo México, es una acción gubernamental que manifiesta que los gobernantes tienen el poder de desaparecer y matar, es una prueba de su fuerza y una amenaza directa a la población:  como gobierno  tenemos el poder de matar o dejar vivir. Poder que es capaz de abatir a la población civil. Esto es Necropolítica, violencia simbólica al servicio de la violencia sistémica, no aceptada en el discurso del poder político.

El Ejército mexicano tiene la orden de “abatir” civiles. Esto es lo que denuncia un informe publicado el 2 de julio pasado, por el Centro Miguel Agustín Pro Juárez, que representa legalmente a la principal testigo del caso de la matanza de Tlatlaya, ocurrida en ese municipio del Estado de México el 30 de junio de 2014.

El sacerdote Alejandro Solalinde declara que fue informado por agentes de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas en inglés) sobre una red de tráfico de órganos que opera en México y cuyas víctimas son migrantes: “Me fueron enseñando las fotos y se veía impresionante. Eran cadáveres de jóvenes con el pecho abierto o con los boquetes en los cuerpos donde les extrajeron los órganos y luego los botaron”.

La seducción especular por la que se asegura el triunfo de un candidato a un puesto de elección popular, es la misma que avala su violencia como gobernante. Estamos acostumbrados a someternos a quienes toman el poder con mentiras y luego lo ejercen con matanzas como la de Iguala.

Tanto al violentar como al seducir, los gobernantes mexicanos actuales  mantienen una agresiva relación imaginaria con los gobernados. Los gobernantes se elevan al humillar a los gobernados. Los primeros son más entre menos sean los segundos. El actual gobernante mexicano sólo puede identificarse como tal cuando se eleva por encima de los deseos del gobernado. Si se pone por encima de él,  lo puede oprimir y reprimir violentamente, imagina que tiene el derecho de hacerlo y lo hace.

No es casualidad que se haya destruido tanto con buenas intenciones. Basta que una intención esté segura de ser buena, para que haya razón de pensar que no es tan buena y la supuesta bondad es solamente imaginaria.

Es muy prudente sospechar de quienes tienen ideas demasiado claras acerca de cómo gobernar y resolver los problemas de una ciudad. ¿Cómo confiar en los gobernantes que se imaginan que nos comprenden perfectamente, y que imaginan también  saber perfectamente nuestras necesidades y nuestros deseos? Tal imaginaria comprensión, que permite ganar elecciones, tan sólo puede fundarse en una relación imaginaria con la sociedad: una relación en la cual, según Lacan , no puede faltar el elemento mortal y destructor, puesto que se le niega la palabra al otro, al gobernado. Se le violenta simbólica y estructuralmente mientras sólo se le ofrece una bondad imaginaria.

La violencia simbólica se ejerce por el poder a través del lenguaje, crea la realidad a través de la ideología de las clases dominantes, naturalizando y ocultando la violencia sistémica y sólo evidenciando la violencia subjetiva. La violencia sistémica es aquella que es inherente al modelo económico y político del capitalismo neoliberal. Es la violencia más cruel pero la menos perceptible, porque se le normaliza y naturaliza en el discurso dominante, pero es la causa principal de la violencia social al mantener el imperativo del goce sin límites.  Violencia política des-subjetivante es Necropolítica.

Esta des-subjetivación y deshumanización del ciudadano contemporáneo está justificada por el capitalismo, por su noción de progreso y se sirve de la violencia subjetiva para justificar la ruptura en el lazo social, sostenido imaginariamente por el miedo al otro ciudadano y la adoración y temor al líder político, y por la desconfianza más absoluta al vecino. Así, el progreso imaginario mantiene el poder en el poder y la responsabilidad diluida del entramado burocrático que enmascara la corrupción estructural y al ciudadano deshumanizado víctima de la violencia del sistema capitalista.

Los productos del mercado neoliberal se valoran más que los seres humanos, los primeros circulan libremente mientras los segundos vivimos en la ilusión de la libertad, en servidumbre voluntaria. Esto tiene como consecuencia individuos desechables tomados como objetos vendibles, desde los sin techo, los desempleados, los migrantes, hasta los de la clase emergente. Ley invertida,  perversa que representa el malestar social moderno: los gobiernos ejercen la necroplítica.

No se reconoce la violencia sistémica, sólo nos conmueve la violencia subjetiva que amplifican los medios masivos. Tal ceguera de los ciudadanos de México, es una denegación necesaria para que siga funcionando sin trabas la maquinaria del neoliberalismo mexicano, una denegación fetichista  tal como ocurrió en el comunismo Stalinista o el nazismo  tal y como Zizek advierte: “es profundamente sintomático que las sociedades occidentales, tan sensibles a las diferentes formas de persecución, sean también capaces de poner en marcha infinidad de mecanismos destinados a hacernos insensibles a las formas más brutales de violencia, paradójicamente, en la misma forma en que despiertan la simpatía humanitaria con las víctimas”.

Por ahora seguimos sin capacidad de organización de la sociedad civil a gran escala, atrapados en la imaginaria esperanza de una alternancia democrática, precipitados hacia la barbarie y padeciendo un genocidio tal y como afirma Eugenio Raúl Zaffaroni, ex juez de la Corte Suprema argentina y candidato de su país a encabezar la Corte Interamericana de Derechos Humanos: “En México y América Latina hay un nuevo genocidio en curso. Estamos asistiendo a una auténtica shoah”.

También podemos decir no. Ω

dektk@post.com

mrobles@ketzalkoatl.com

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