Adictos al consumo

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Por Armando Bayona | Biólogo/Cartógrafo

Me llamo Armando Bayona y soy un adicto al consumo.

Pertenezco a la primera generación de mexicanos que fuimos aleccionados por la televisión para saber cuál pastelito era el más delicioso, la marca del mejor chocolate para la merienda y qué juguetes nos harían más felices en la Navidad. Por cierto, soy adicto también a la TV: no puedo estar en un lugar con pantalla sin atender a todo lo que pasa en ella. Esto es verdad, no lo estoy inventando.

La adicción al consumo es terrible. No bien acaba uno de comprar lo que había deseado tener, ya el deseo se ha trasladado a otro objeto, algo nuevo que se vió en el mismo centro comercial, o en un anuncio. Los adictos al consumo trabajamos toda la semana hábil para ganar el dinero que nos permitirá satisfacer momentáneamente nuestra adicción, al llenar la cajuela del automóvil el fin de semana, en esa actividad que Iván Illich llamó trabajo fantasma y cada vez más gente conoce como shopping.

El deseo de consumir está frecuentemente asociado a objetos, marcas y el estátus que da el poseerlos, ser capaz de gastar el dinero que cuesta tener el último modelo, la tecnología más avanzada, la marca que sólo unos pocos se pueden dar el lujo de lucir. La utilidad de estos objetos es real, pero no es lo que importa y la publicidad no lo niega. Recuerdo aquel anuncio de un reloj que decía: “el tiempo es sólo un pretexto”.

Pero aún cuando el adicto no sea (o no tenga la capacidad financiera de ser) de este tipo, el salir a comprar aunque sea los implementos de limpieza es un satisfactor válido, aunque como dije antes, su efecto dura muy poco.

El sistema requiere que votemos una sola vez cada tres años, y vaya que insiste, pero más requiere que consumamos diariamente (y doble los fines de semana) de todas nuestras vidas.

El consumo, los consumidores adictos, constituimos un eslabón esencial en la sociedad actual y el sistema económico. Sin nosotros no se mueve una parte considerable del capital que está en juego en cada momento. Somos el motivo o el pretexto para que las empresas gasten enormes sumas en desarrollar nuevos productos, nuevas versiones de los que ya existen y nuevas marcas. Porque el sistema requiere que compremos y volvamos a comprar lo más pronto posible.

Y es que este sistema necesita crecer. Las empresas productoras de bienes de consumo que no crecen, desaparecen o son absorbidas por otras. Y el crecimiento es una de las bases esenciales del capitalismo financiero e industrial, y de todo lo que las diversas clases y sectores de la sociedad hacemos para apuntalarlo y fortalecerlo: los empresarios fuerzan su maquinaria para producir cada vez más productos nuevos y distintos; los gobiernos le fabrican infraestructura y regalan recursos como el agua y el terreno a las empresas, además de promover legislación y políticas públicas que beneficien el crecimiento del capital y las mercancías de consumo; los medios crean mecanismos más penetrantes y sofisticados para convencer a los consumidores; nosotros, consumimos hasta consumirnos en deudas y los que no pueden ni consumir, proveeen de mano de obra en exceso y casi regalada, a esta compleja maquinaria.

Es de conocimiento general que la economía de consumo está basada en un sistema de “libre competencia”, en el que los productos que más les convienen a los compradores, por calidad y precio, serán más demandados y quien los fabrica crecerá, a costa del decrecimiento o la quiebra eventual de los otros o, lo que sería ideal, el equilibrio entre varias empresas que producen lo mismo con gran calidad y bajo precio, para beneficio de los consumidores. Pero es una ridícula y mentirosa simplificación de lo que en realidad está pasando.

Lo que en realidad sucede es que las grandes empresas y los medios a quienes emplean, seducen a los consumidores con palabras, colores, ambientes, sexo y todo lo que la mercadotecnia y la psicología han comprobado que funciona para implantar deseos y necesidades en nuestras mentes. La publicidad promete que al adquirir un producto, de algún modo mágico compartiremos al atardecer esa terraza frente al mar con esos personajes bellos y ricos o, mejor, nos covertiremos en ella o él y seremos la pareja de la otra persona. Por supuesto que sabemos que eso es imposible, pero lo soñamos y trabajamos más duro para intentar, a base de más y más productos innecesarios, parecernos a esos ideales, sufriendo cada mañana al mirarnos al espejo y ver que no lo seremos jamás.

Así, los consumidores en realidad no compramos libremente el mejor producto, aunque en vez de creer las afirmaciones de los anuncios analizemos y juzguemos. Porque los fabricantes nos impiden, a base de diversas estrategias, elegir con libertad: descontinúan muchas veces el producto excelente para colocar otros con nuevo “look”, enriquecidos y demás; o compiten deslealmente, bajan artificialmente los precios, nos ofrecen bolillos a peso para embaucarnos y que salgamos del súper con diez piezas de pan y una computadora; sobornan a las autoridades para que no otorguen permisos a los competidores que tal vez ofrecerían un mejor producto, o compran patentes de inventos que ahorrarían dinero, materiales y energía, para no fabricarlos nunca.

El crecimiento del sistema económico que promueve el incremento perpetuo del consumo, la fabricación de productos innecesarios, y en número mayor al requerido es terriblemente dañino al medio ambiente, la vida y las culturas humanas y, por supuesto, nunca será sustentable, por una razón muy simple: no se puede crecer indefinidamente en un mundo finito. Esto no parece preocuparle a las grandes empresas, obnubiladas como están en la dinámica del crecimiento y la ganancia; y que definitivamente han olvidado las necesidades y la verdadera satisfacción de sus clientes, porque es más fácil inventar necesidades que se conviertan en adicciones y productos que las “satisfagan”.

El consumo es hoy en día, el paradigma. La industrialización de todo el quehacer humano; del transporte, la agricultura, la construcción; la política, la salud, la educación y el arte, produce mercados de consumo y publicidad en todos estos rubros y deforma nuestra visión del mundo.

La publicidad, que alcanza todos los ámbitos de nuestra existenicia, nos vende sobre todo, esperanza. El futuro será mejor, podremos convertirnos en unos ricos y guapos iguales a los que nos han troquelado en el cerebro y vivir en unas villas hermosas y tener un reloj que no es para verlo sino para que otros nos vean; o al acabar mi carrera encontraré un empleo de ejecutivo y podré comprar un coche del año; porque los nuevos gobernantes generarán mucho crecimiento y buen transporte público y ciclopistas, y como todos tendremos focos ahorradores y nos bañaremos con poca agua y sembraremos árboles el día del medio ambiente, el calentamiento global se revertirá.

Estamos metidos en una fantasía, una adicción a la esperanza de que el futuro será mejor porque las instituciones, todas, nos lo han prometido a cambio de nuestro sacrificio presente. Es difícil darnos cuenta de que esto no será así, igual que no ha sido así en el pasado reciente, van ya varias décadas de promesas incumplidas.

Es desolador perder la esperanza y preferimos aferrarnos a lo que sea. El nuevo partido político, la encíclica de Francisco, o el reciente tratado para eliminar los combustibles fósiles… Pero, desgraciadamente, nada de esto se cumplirá. Y cada vez más expertos nos advierten que ya no es posible, hágase lo que se haga, revertir la caída de la civilización y el calentamiento global.

Darnos cuenta, perder la esperanza, no significa dejar de luchar sino aprender a luchar de otro modo, haciéndonos a un lado, volviéndonos autónomos, resistiendo, creando turbulencias en la corriente principal…

Pero, volviendo al consumo: un consejo para mis colegas adictos.

Sólo por hoy, no compres nada.

*bayotenal@yahoo.com.mx

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