“Échale un quinto al piano”

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(El camino de México)

Por Rubén Sánchez Ramírez | Escritor

La Vendimia.

Los conquistadores españoles en el siglo XVI, en añoranza de su Mundo Antiguo, trajeron al Nuevo Mundo tres productos esenciales: el olivo, el trigo y la vid. El primero para degustar las aceitunas y procurar los santos óleos a quienes abandonaban, tanto el viejo como el nuevo mundo. El trigo, para la elaboración del pan y de las hostias, para comulgar. La vid, para producir sabrosas y dulces uvas y de ellas obtener el vino, para la consagración de la Misa. Los Misioneros Franciscanos esparcieron la vid, a la par de su labor evangélica, en Querétaro, Guanajuato y San Luís Potosí. Por ello el escudo de armas queretano, da cuenta de ese hecho al incluir una parra entre sus símbolos distintivos.

Los viajeros, en este siglo XXI, todavía pueden ver la ex hacienda “El Refugio”, que se encuentra sobre la carretera a San Luís Potosí, cerca de San Luís de la Paz, en el Estado de Guanajuato. El “Casco” guarda todavía los vestigios de una hacienda: una enorme torre blanca; lo que fueron las trojes; la casa grande; un amplio corredor con poco más de 20 cuartos y un enorme comedor, con mesa de madera, gruesa y pesada, para más de 50 invitados; un patio con amplios jardines y una fuente de cantera. Esta construcción fue remozada por los años 70s del siglo XX. En sus terrenos de labor, donde ahora hay una milpa raquítica, todavía hasta 1990, existía un enorme viñedo, un huerto de duraznos amarillos y otro de ciruelos rojos.

Desde los meses de julio hasta octubre, año tras año se realizaba la vendimia. Enormes racimos de uvas de las variedades perlette, ugni blanc, cavernet sauvignon y otras, se cosechaban, empacaban y despachaban hacia los centros de consumo de diversos rumbos, sobre todo a la Ciudad de México.

En los momentos de descanso, durante la vendimia, los trabajadores del campo de los poblados cercanos, organizaban grandes fiestas con el más mínimo pretexto: santos, cumpleaños, bautizos, primeras comuniones, quince años o casorios, haciendo honor a la proverbial hospitalidad de los campesinos mexicanos: “Que se quitan un taco de la boca, con tal de atender a los invitados”. Ofrecían una rica barbacoa caliente, con cervezas más o menos frías, tortillas recalentadas y, por supuesto, música con un conjunto de mariachis, que alegraban la fiesta, del ocaso hasta más allá de la aparición de una luna enorme, redonda, amarilla y hermosa.

Coincido con muchos amigos, en que si en la vida hay algo cierto, es que después de comer, el mundo se ve mejor. Con la sabrosa comida en proceso de lenta digestión; tres o cuatro cervezas adentro, todo empieza a cambiar. Y en ese preciso instante, es que se iniciaba el baile en plena tierra, a llano abierto. A poco se levantaba la tolvanera al ritmo de “Échale un quinto al piano”. Y al rato, llenos de polvo hasta las pestañas, parecíamos figuras de sal o de barro, pero sin que nadie dejara de arrastrar gustosamente los pies con aquella vieja canción.

Mosaico cultural mexicano.

Miguel Covarrubias pintó, en una pequeña capilla barroca frente al Hemiciclo a Juárez en la Alameda Central de México, un mapa de nuestro país, al más puro estilo del Nacionalismo, que imperó en México, desde los años 30s hasta los 60s, cuando en un reordenamiento económico, político y social, ideado especialmente para nuestro país, se generaron grandes expresiones culturales en la educación, la pintura, la literatura, la música y el cine; se urbanizó el país y se construyeron presas, caminos y las instituciones que dieron sustento a un naciente México moderno. En ese “cuerno de la abundancia”, se apreciaba el enorme mosaico cultural mexicano, con sus acendrados regionalismos; culturas autóctonas; vestimentas tradicionales; jarabes y sones, pero sobre todo los productos naturales: grandes bosques en la Sierra Tarahumara, en el Nudo Mixteco o bien flora y fauna de la Selva en Chiapas; Minería en Zacatecas, Chihuahua o Taxco, Guerrero; diversas y variadas especies de peces y mariscos a lo largo de la costa del Pacífico y del Golfo. Los mangos en Veracruz, las nueces en el norte, la uva de Aguascalientes; los plátanos y el chocolate de Tabasco; el ganado y las manzanas de Chihuahua; las naranjas de Montemorelos; el azúcar de caña en los ingenios en las Huastecas, entre otros muchos y variados productos. En ese entonces la geografía del Bajío mexicano se enumeraba en los zapatos de León; las limas de Silao; fresas de Irapuato; cajetas de Celaya; camote achicalado de Querétaro, que aún venden en pequeños jacalitos de madera en el Mercado Escobedo y las ricas y jugosas jícamas, que hace pocos años, compraban “por pasos”, los peregrinos camino al Santuario de la Virgen, en el Pueblito.

En esa época la “Economía Familiar”, era un concepto que comprendía toda una serie de actividades económicas, que partía de los recursos naturales de cada región y en esos lugares se desarrollaban talleres, manufacturas, industrias y artesanías locales, con el conocimiento ancestral de los habitantes y el “extensionismo” o asesoría técnica, que era la forma adecuada de trasladar los conocimientos generados en las crecientes escuelas públicas, para que se materializaran en “huertos de traspatio”, apicultura, cunicultura, cría de aves: gallinas ponedoras, guajolotes y patos; talleres artesanales, pequeñas extensiones de tierra con la siembra de hortalizas y la industrialización casera: confección de ates, jugos, néctares, comida regional, hierbas medicinales, secado de especias y frutas en “orejones”; materias primas, etc., donde el aspecto fundamental era alimentar a la población y arraigarlos en su tierra, mediante la dotación de una parcela, la ocupación productiva y el autoempleo.

Sobre esa base primaria se fundamentó el desarrollo de México. Del campo salió la mano de obra y las materias primas para el desarrollo industrial y la conformación de un mercado interno nacional, que propicio mayor bienestar para la población.

The American Way of life.

Después, perdimos el rumbo. A mediados de los 60s, se dejó de ser exportador de materias primas: cayó la producción de azúcar, maíz, fruta y todas nuestras exportaciones se centraron en el petróleo y una más marcada dependencia con los USA. Todo aquél mosaico cultural y productivo de los mapas de Covarrubias, cayó hecho añicos. Ahora sólo producimos braceros, que abandonan su tierra y familia y que en busca de la vida en el norte, encuentran la muerte en esos aciagos caminos llenos de peligros y cruces solitarias.

El camino de México.

A fines del Siglo XX, los capitales que impusieron la globalización, arrollaron las economías de los países pobres y desarmó a los Estados Nacionales. A su nombre se abrieron las fronteras y ciertamente los países más ricos han sometido más cruelmente a los más pobres, como el caso de nuestro país.

No debemos añorar el pasado, pero si aprender de sus experiencias y en todo caso contraponer un modelo de desarrollo local, a un avasallador modelo global. Recuperar el orgullo por nuestra cultura, la producción de nuestros artículos regionales y sobre todo procurar el arraigo y el amor por nuestra tierra.

E ir nuevamente a bailar con el son de los mariachis y “echarle otro quinto al piano, peseta de una jalón…” pero de esos quintos que si valían, para que la música nos dure más, con aquella canción que interpretaron Las Hermanas Huerta, originarias de Calvillo Aguascalientes, tierra de las sabrosas guayabas de pulpa rosada.

Fin.

*sanchez50ruben@gmail.com

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