“A una ola”

fr_38-39

Rubén Sánchez | Escritor

Hasta el amplio atrio, con piso de baldosas añejas y gastadas, rodeado de gruesas bardas del pequeño, sencillo y blanco templo, llegaban las notas conmovedoras y melancólicas de la música, envueltas en el aire frío de la mañana. Eran los sonidos de una banda de música de viento, típica de pueblo, que hacían estremecer nuestro cuerpo con sus sensibles acordes musicales, en combinación con el vientecito helado, que descendía de las empinadas cuestas de la sierra, arbolada por aromáticos y altos pinos. La banda la formaban hombres morenos y bajitos, flacos y correosos, arrebujados en gabanes gastados, multicolores y sus blancos sombreros. Eran mestizos, dignos descendientes de la población náhua de ésa región. La tuba, los clarinetes, la tambora y los platillos, le imprimían un ritmo acompasado y melancólico al ambiente, ideal para el momento y la circunstancia: una boda de pueblo. Ensayaban, sentados en la banqueta, junto a la tienda en donde encontrabas: pan serrano, tortillas, espejos, huaraches, reatas, frijol, maíz, piloncillo, huevo, chocolate, aromático café, chiles variados, latas de frutas en conserva, frutas frescas y verduras, aspirinas, aperos agrícolas… Ensayaban insólitamente con esa hermosa canción: “A una ola”, una melodía de María Joaquina Portilla, mejor conocida como María Greever, cuya música romántica ha sido interpretada por famosos artistas, a través de largos años: José Mojica, Nicolás Urcelay, Libertad Lamarque, Javier Solís, Humberto Cravioto, Luis Miguel y entre muchos otros, esa célebre banda de música de viento.

La mañana era fría, aún cuando había un sol amarillo y brillante, que en intervalos se envolvía entre las nubes bajas y la neblina que se adueñaba del paisaje. Era un lugar rodeado de altas montañas, de la serranía de Teziutlán, en el estado de Puebla, en una pequeña población llamada “Chignautla”. Era fines de agosto y las orillas de los caminos estaban pobladas de árboles cargados de grandes peras “Kieffer”, amarillas y pecosas; ciruelos “Santa Rosa”, prendidos a árboles esbeltos que teñían de rojo la campiña entre el ocre de las milpas; ciruelos amarillos, que doblaban las ramas de los árboles. Había manzanas de las españolas, buenas para las sidras de Zacatlán o de Huejotzingo en Puebla o los licores regionales de la sierra de Veracruz; había también membrillos y perones criollos, que vendían a orilla de la carretera los hospitalarios lugareños, en puestos improvisados de madera, llenos de un gran colorido y de aromas exquisitos de las frutas frescas; las rugosas “nueces de castilla”; los dulces de piñón, de “pepita” y “jamoncillos” confeccionados caseramente en la cercana y helada ciudad de Perote, llena de panaderías y restaurantes, como el “Covadonga”, en el que sirven la generosa y sabrosa Fabada asturiana, a los pies de “El Cofre”, rumbo a Jalapa, siguiendo inversamente los pasos por la ruta de Cortés, desde el Puerto de Veracruz hasta México Tenochtitlan, realizada en 1519.

Desde temprano habíamos llegado, pues pernoctamos en el hotel “Virreinal”, amplio y desangelado en la calle principal de Teziutlán, cerca del enorme templo neoclásico. Ésta ciudad, montada en la serranía que une Puebla y Veracruz, se distingue por su buena panadería y repostería y por ser una zona ganadera, por lo que en sus restaurantes, como “El Plaza”, se puede disfrutar un sabroso corte; un jugo de naranja de Tlapacoyan; un aromático y delicioso café y un buen trozo de pastel con almendras o avellanas. Como a las 8 de la mañana, las campanas empezaron a tañer, impulsadas por un largo lazo, movido enérgicamente por el Sacristán, llamando a misa para celebrar la Boda. Empezaron a atronar los cuetes. Primero era un zumbido seco y prolongado, al final una estruendosa explosión y las huellas del humo que se fundían con las nubes bajas, venían marcando la marcha de los novios, rumbo al templo. Ella era una mujer joven, morena, bajita y menuda. Las facciones finas de su rostro, eran las propias de las mujeres de los Valles Centrales de Oaxaca; provenía de esos mestizos de maneras suaves y amables de su tierra llena de sol. Lucía un vestido blanco con una gran cauda. El novio era también joven: mestizo de tierras náhuas, también de maneras amables, moreno y chaparrito. Eran afortunados, se casaron por su voluntad y por gusto. Ya tenían dos crías e iban por el tercero. Digo afortunados porque en esa, como en muchas otras zonas de Veracruz, Hidalgo, Oaxaca y Tabasco se acostumbra comprar a las mujeres, más bien a las niñas o jovencitas. Los padres las cambian por una vaca, un toro para la yunta, una parcela o mercaderías diversas, sin importarles los sentimientos de sus hijas. Al poco tiempo son abandonadas, pues ya son “viejas” de 25 o 30 años y traen 2 o 3 crías. Si les va bien su “dueño” les provee de una casita o un solar en donde estar, y algunas pasan a ser concubinas o amantes, mientras sus hombres andan “mercando” otras niñas.

La comida fue por la tarde en la casa del matrimonio. Tenía al centro una gran mesa de madera en la cual cabrían 20 invitados en cada sentada. En el patio, bajo la enramada de guías de calabazas y chayotes, el piso estaba aplanado y regado, propio para el baile, al que mientras, llegaban las crías de gallinas y guajolotes a rascar el suelo, buscando las semillas regadas, para acabalar sus buches. La comida, por supuesto, era un mole negro con guajolote, el cual era servido en un plato hondo de barro color naranja, con claras reminiscencias mesoamericanas, acompañado de unas tortillas calientes y los infaltables refrescos, símbolo de la civilización. Sin embargo, se sirvió la primera vez, luego la segunda vez y los mismos comensales que no se movían para dar cabida a otra tanda. Así, hasta tres veces consecutivas. Hasta que caímos en la cuenta de que todos ellos, disimuladamente, debajo de la mesa, sacaban una olla de entre la bolsa de mandado y rápidamente vaciaban el contenido del plato, y sin gran prisa se aprestaban a esperar la llegada del platillo nuevo para volver a repetir la operación, muy concentrados, muy serios y muy formales, en acabalar un “itacate” respetable.

Poco a poco el ambiente se fue cargando de los aromas del “mole” y de los fuertes humores de los invitados, de tal manera que se hacía apetecible, y era mejor, salir al frío en el patio, desde donde se veía la carretera que va rumbo a Zacatlán de las Manzanas, en Puebla o hacia Tlapacoyan y Martínez de la Torre, rumbo a la costa de Veracruz, entre la niebla que empezaba a descender. Se oían lejanos los sonidos de los motores del ADO y se percibían los autos entre la niebla, que iban superando las curvas y la cuesta de la sierra. Cayó la tarde. Sopló un viento frío y salió una gran luna redonda y amarilla, que perfilaba de plata la alta serranía. Se le dibujaba el conejo o “Tochtli”, como le llamaban los antiguos náhuas. Estaba muy clarito y bien plasmado, sentado de lado. Dice Eraclio Zepeda, que en Chiapas, los indígenas cuentan que cuando hay esta luna grande, los conejos salen a orillas de los caminos a contemplarla y ver a “Tata” conejo, que un día se fue a visitarla y con ella se quedó a vivir feliz, por eso se asoman. Al poco rato el cielo se pobló de una multitud de estrellas azules y un frío severo hacía estremecer los cuerpos. Fue por eso que se animaron a bailar, con la música que reproducía un estéreo, cuyas bocinas cubrían satisfactoriamente el pequeño patio. Los novios bailaron el vals y abrieron el baile al público acompañante. Al poco rato nos despedimos. Emprendimos el viaje de regreso, y por supuesto, llevábamos nuestro “itacate”: un gran guajolote que en el camino, como plegaria, soltaba su canto melancólico que rebotaba en las barrancas y farallones de la carretera y batía ruidosamente sus alas, junto a una caja de peras, dulces y sabrosas que muy pronto se acabaron las niñas y se consumieron en purés para la bebé. El guajolote, bajado de esas serranías, cumplió su fiel destino: sólo llegó a vísperas de Navidad, cuando mi cuñado, lo hizo girar varias veces, al atar su largo cuello, del guajolote por supuesto, al tendedero del traspatio de la casa, que si no fuera cosa de vida o muerte, daría risa la danza que ambos armaron ese día 24 de diciembre ya lejano, en el que compartimos en familia el pan y la sal. Entre mis reflexiones y buenos deseos de esa noche, pedí se me quitara, un poco, lo criticón, ya que si bien en su momento juzgué la falta de prudencia de los invitados a la boda y su poco gusto para procurarse un “itacate”, después lo comprendí, ya armado de un sendo cajón de peras y de un robusto guajolote serrano… En un momento me arrimé al Estéreo y puse un disco o “acetato”, como ahora le llaman, de 33 revoluciones. Empezó a cantar Nicolás Urcelay, con su voz de tenor, vigorosa y a la vez tierna: “Ola, que a la luz de la luna…/ Ven a morir a la playa antes de que me vaya/ para nunca volver… Aspiré el aroma a pinos, pero esta vez era del árbol navideño de la sala de nuestro entrañable hogar en la Muy Noble y Leal Ciudad de Santiago de Querétaro. Ω

sanchez50ruben@gmail.com

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s