Alimentos para hoy y el futuro, ¿es posible producirlos?

Mangos de Concá, Sierra de Querétaro. Foto: Ketzalkoatl
Mangos de Concá, Sierra de Querétaro. Foto: Ketzalkoatl

Armando Bayona Celis | Biólogo/Cartógrafo

Hay hambre en el mundo. Mucha más de la que se habría previsto en los esperanzados días de la Revolución Verde, alrededor de la mitad del siglo XX.

En esos años, se logró un crecimiento muy significativo en la productividad de las parcelas, gracias a la tecnología y las nuevas variedades de maíz, trigo y otros cultivos básicos. Decenas, centenares de millones de personas fueron salvadas de morir de hambre en el mundo gracias al trabajo de investigadores mexicanos y estadounidenses, que llegaron a ser considerados como héroes.

En contraste, hoy, los desarrollos tecnológicos increíbles de la genética en plantas y animales, particularmente las variedades transgénicas, son vistas por muchos con desconfianza, hay ya datos en el sentido de los riesgos que conlleva y, a pesar de que se les ha limitado en varios países y de diversos modos, se cultivan cada vez más ampliamente. Otros desarrollos, como maquinaria, invernaderos, riego tecnificado, químicos para fertilizar y eliminar plagas, son tan efectivos que deberían bastar para alimentar a la humanidad entera. Pero hay hambre en el mundo…

No es raro que se tenga la idea de que el deterioro ambiental, la problemática de la movilidad y la falta de alimentos se debe a la sobrepoblación humana. Que la producción agrícola ha alcanzado un límite, aun con el uso de nuevas tecnologías.

En un artículo publicado en la revista Nthé, hemos discutido (www.concyteq.edu.mx/concyteq/publicaciones/NTHE/pdf/Nthe2.pdf) sobre el crecimiento de la población y la llamada capacidad de carga del planeta (entendida esta como la cantidad de individuos de una especie que puede soportar sustentablemente un territorio), y encontramos que la llamada explosión demográfica, un incremento geométrico en el número de habitantes del mundo en el último par de siglos principalmente, si bien ha sido muy considerable, no hay evidencia en el sentido de un agotamiento real del espacio o los recursos (por ejemplo, no hay relación alguna entre la densidad de la población de un país y el ingreso o el bienestar de sus habitantes), sino en la inequidad en su distribución, el desperdicio de una alta proporción de ellos y el alto -a veces impagable- precio comercial de los recursos y el propio espacio, que es provocado por la monetización de casi todos los bienes y el desinterés de los gobiernos en solucionar las carencias de la población.

Consecuentemente, es normal que haya potencialidades no utilizadas en el caso de la producción de alimentos básicos. Esto se documenta en: Achieving Mexico’s Maize Potential. Antonio Turrent Fernández, Timothy A. Wise, and Elise Garvey (Global Development and Environment Institute. Working Paper No. 12-03. October 2012 Tufts University, Medford, MA. USA). En este trabajo, el Dr. Antonio Turrent y sus colaboradores, que han investigado por años en el tema del cultivo del maíz, revisan y compilan muchas investigaciones y reportes sobre el mismo, para llegar a conclusiones sumamente interesantes.

Turrent y su equipo, plantean el hecho de que México ha sido cada vez más insuficiente en producción de maíz, de modo que debe importar un tercio del que consume, lo que contribuye a un déficit de US $20,000,000 anuales (en 2012).

Según los citados autores, los pequeños y medianos productores, que cultivan la mayor parte del maíz blanco para el consumo humano; y que tienen rendimientos de apenas sobre la mitad de su potencial, podrían sin mucho problema mejorarlos mediante técnicas y prácticas comunes en el país, y esto bastaría para que no se requiriera importar el grano.

Turrent se refiere al programa Proemar (Proyecto Especial de Producción de Maíz de Alto Rendimiento) que se inició en 2008 y aparentemente ya no está en vigor (o ha cambiado de nombre). Se trata de un proyecto de asesoría técnica, con la participación de los propios agricultores, con análisis de rutina de los suelos y recomendaciones diversas sobre mejoradores, técnicas y densidades de cultivo, que tuvieron excelentes resultados en cuanto a aumentar en forma importante los rendimientos de maíz y la productividad.

Destacan, además, el hecho de que los cultivos de maíz en México podrían extenderse significativamente. México tiene una frontera agrícola considerable para el cultivo del maíz, es decir que tierras hoy dedicadas al pastoreo o sin uso, particularmente en el Sureste y otras áreas con abundancia de agua, podrían sembrarse convirtiendo al país en un exportador neto.

El empleo de maíces transgénicos no ha sido generalmente causante de incrementos en los rendimientos

Basado en diversos trabajos, Turrent considera que México tiene unos 9 millones de hectáreas de tierras de buena calidad, es decir, con un temporal adecuado o aptas para la irrigación en zonas en las que hay agua suficiente, que podrían, a través de un programa de creación de infraestructura, eso sí, de grandes dimensiones, llegar a dar rendimientos hasta de 10 toneladas por hectárea.

Todo esto, sin transgénicos. De hecho, en el reporte, Turrent cita trabajos como los de Gurian-Sherman (2009 y 2012) que muestran que el empleo de maíces transgénicos no ha sido generalmente causante de incrementos en los rendimientos, ni la ingeniería genética ha sido mejor que los criadores tradicionales para producir variedades de maíz resistentes a las condiciones de escasez de agua comunes en México, que probablemente se intensificarán con el cambio climático. Esto por no hablar de los riesgos de emplear estas semillas en un entorno histórica, cultural y genéticamente muy rico y frágil. En una frase: es la cuna de más de 6000 años de trabajo de domesticación, selección y diversificación del maíz.

Esto requiere algo que se ha venido haciendo cada vez menos en México: proyectos de gran envergadura, aunque no necesariamente muy costosos, para lograr metas específicas (como podría ser recuperar la autosuficiencia en maíz) que se prolonguen más allá de un sexenio y, quizá lo más importante, el considerar, más allá de las meras declaraciones, que la producción agrícola de alimentos para el consumo interno es un área estratégica para el país.

Probablemente los aparentemente buenos resultados de aplicar tecnologías probadas desde décadas atrás se deban a que se abandonaron por muchos años los programas de extensión agrícola a los pequeños productores. Así, mientras los rendimientos de los grandes productores se incrementaban, los otros se habían estancado o incluso disminuido.

Las agriculturas tradicional e indígenatienen alta productividad

Pero la agricultura tecnológica no es necesariamente toda la solución. Aunque se empleen técnicas probadas ya por muchas décadas y la gente y las variedades de maíz reaccionen positivamente ante su aplicación, en el fondo no son sustentables. Agotarán y contaminarán el suelo eventualmente.

Turrent afirma, de acuerdo a otros autores, que las agriculturas tradicional e indígena, tienen alta productividad y, a pesar de que han sido abandonadas en buena medida, constituyen aún el 75% de las unidades de producción y siguen cosechando la mayoría del maíz en México; que la milpa tradicional en la que el maíz y el frijol coexisten con quelites, calabaza y otras hortalizas, produce más alimento que un área equivalente sólo sembrada con maíz, por no mencionar la invaluable conservación de las más de 50 variedades de maíz que no sólo son importantes por su biodiversidad, sino cultural y ceremonialmente.

Así que hay otra gran línea de investigación que los agrónomos “tecnificados” habían dejado de lado y que los etnobiólogos como Victor M. Toledo y Narciso Barrera Bassols, entre otros, llevan ya décadas explorando y documentando: el conocimiento de los sistemas agrícolas tradicionales, las milpas y otras formas de agricultura que discriminatoriamente llamamos de “subsistencia”, cuando han sido desarrollados y constituido la base de la alimentación y la existencia plena y sustentable de muchos pueblos durante milenios.

El desarrollo, en su caso, de tecnologías apropiadas a las tierras y las culturas tradicionales requiere que los técnicos entendamos que no hemos entendido: que somos nosotros los que tenemos que aprender los procedimientos tradicionales y el funcionamiento de los ecosistemas agrícolas.

Sólo así podremos aspirar, al lado de ellos, a generar teorías, sistematizar y preservar el conocimiento en grave riesgo de desaparecer y, sólo entonces, proponer cambios que puedan ser útiles para producir mejor lo que esas comunidades y su entorno requieren.Ω

bayotenal@yahoo.com.mx

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