El urbanismo del miedo, aprovechando la paranoia social

Desarrollos inmobiliarios Querétaro. Foto: Víctor Xochipa
                  Desarrollos inmobiliarios Querétaro. Foto: Ketzalkoatl

Mikhail Robles |  Editor

En Querétaro, como en toda ciudad capitalista gobiernan grupos económicos de poder legales, ilegales y mixtos, el Estado les sirve incondicionalmente. El diseño de las ciudad mexicana se debe sobre todo a esta corrupción política y económica. Al ejercer el poder, apropiarse legalmente de terrenos en zonas prohibidas para fraccionarlos o construir un edificio de varios pisos donde no se permite, es la forma acostumbrada de allegarse de recursos para los políticos en el poder en colusión con empresas inmobiliarias.

Vivir en México es vivir con miedo. Miedo permanente, lo peor no es temer la delincuencia, lo peor es temer al Estado criminal que no se somete a sus propias leyes. La inseguridad y la violencia, sistémica, simbólica y subjetiva nos producen miedo y desconfianza, la falta de sometimiento a la ley genera un “vale todo” en nuestra convivencia diaria.

El estado permanente de guerra, supuestamente contra el narcotráfico, se ha traducido en una guerra permanente contra los ciudadanos, y el escenario es la ciudad, que tradicionalmente se conformó para exorcizar el miedo. Ahora la ciudad es transformada por la violencia necropolítica en ciudades concentracionarias donde se administra la vida y la muerte de sus ciudadanos encerrados en el miedo. Se institucionalizó la inseguridad y la violencia ante un Estado vacío.

El “caos controlado necropolítico” que impera en México tiene concordancia y relación directa con la militarización, la desnacionalización, el neoliberalismo y la ingobernabilidad. Las ciudades son sitiadas (por militares y criminales), la sociedad condenada al modelo concentracionario: una ciudad donde la violencia extrema, que ha ocasionado el enfrentamiento entre la violencia legítima e ilegítima, ha precarizado la vida e institucionalizado la inseguridad humana. La “guerra” contra el crimen recurre a la reorganización jurídica y penitenciaria que conduce al encierro creciente en las ciudades, en aras de mayor seguridad. Paradójicamente, se tiró  el muro de Berlín, pero levantamos, multiplicados, los nuevos muros binacionales y los muros entre los ciudadanos creando vecindarios defensivos.

Si la ciudad padece la violencia y especialmente lo que es más cívico dentro de ella, los espacios públicos, la opción de los ciudadanos es prescindir de todo aquello que aparentemente no necesita: lo colectivo y público. Del parque se pasa al pequeño jardín privado, de la plaza al centro comercial o al club privado deportivo, de la calle a las galerías, de la policía al guardia de seguridad, del barrio a la urbanización. Se construye la privatopía urbana basada en el miedo al otro. Defensa imaginaria ante una violencia dictada desde lo más alto de la estructura social, pero que no se ve.

De manera que lo público queda como residual, no deseado y al servicio de quien no tiene otra alternativa, queda abandonado y bajo el control de grupos criminales, legales o ilegales. El encierro es el recurso utilizado hoy para excluir en el espacio, ciudad concentracionaria.

En consecuencia, un nuevo tipo de urbanismo manipulador de la paranoia social, disperso y hostil al espacio público tradicional está emergiendo en los centros y periferias de las ciudades. Espacios en donde todo se organiza para conseguir un control absoluto y en donde la idea de interacción auténtica entre los ciudadanos ha desaparecido.

Las clases medias globales han comenzado a enclaustrarse en conjuntos residenciales medios y en centros comerciales (espacios privados de uso público), se va segregando a los más pobres en guetos periféricos abiertos e involuntarios y peligrosos, llenos de opresión y pobreza intensas (fungen como chivos expiatorios de la necropolítica y la biopolítica, ahí se segrega a los desechos del sistema, a la mayoría de victimas y victimarios de la violencia, los más explotados por la violencia sistémica, los sin nombre del discurso). Los ricos se construyen zonas de excepcionalidad exclusivas, guetos voluntarios privados, rodeados de lujo; su miedo se materializa en el muro, físicamente de concreto, estructurado defensivamente. Las formas espaciales cerradas sirven para delimitar, agrupar, separar, segregar.

La demanda de seguridad ciudadana determina que el mercado responda con una oferta comercial acorde. La lógica impuesta por el capitalismo actual devora los espacios urbanos públicos y reduce las posibilidades de vida social exclusivamente a los interiores, lleva a la decisión del encierro, a la ciudad fragmentada, ciudad prisión. Con el encierro, el sentimiento de inseguridad se refuerza, por la estrecha relación que guarda con la incomunicación y con el abandono de los espacios públicos. Este repliegue de los ciudadanos hacia lo privado, hace que se limite el contacto con las personas del entorno y se pierda el control sobre los espacios de convivencia, generando más aislamiento e incrementando el miedo hasta generar paranoia social.

La sociedad de consumo y la cultura del miedo en la transformación del espacio urbano, producen la paradoja del mundo globalizado, concebido idealmente como libre y democrático, pero en el que los individuos, se encierran cada vez más en sí mismos, en comunidades simuladas y en estructuras urbanas llenas de muros físicos y simbólicos a la búsqueda de bienestar, exclusividad y seguridad individual.

El urbanismo del miedo, es la forma de construir la ciudad globalizada: falta de vitalidad, actitud defensiva, exhibición del temor hacia el entorno, apoyada en artilugios mercadológicos para obtener la certidumbre de la seguridad. Pero que son subterfugios que la experiencia demuestra no disminuyen el riesgo y el delito (porque la violencia es sistémica), sino que contribuyen a acentuar de manera generalizada la sensación de miedo incrementado por la paranoia y la desconfianza sociales.

El sector inmobiliario es cada vez más promiscuo con el entramado capitalista internacional y en Querétaro ha puesto su mira depredadora sobre las zonas naturales protegidas. El Parque Nacional El Cimatario, El Tángano, Peña Colorada y el Batán, son los botines de estas oportunistas empresas, que buscan privatizarlas para edificar sus fraccionamientos del miedo (anunciados como ciudades inteligentes), dividir más a nuestra ciudad. El urbanismo del miedo aprovecha la paranoia social, vende seguridad imaginaria que no puede cumplir. Ω

dektk@post.com

mrobles@ketzalkoatl.com

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