Nacimiento, florecimiento y agonía de las Áreas Naturales Protegidas

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Armando Bayona Celis |  Biólogo/Cartógrafo

La historia de lo que hoy llamamos áreas naturales protegidas, comienza a mediados del siglo XIX con la creación de la reserva forestal de Sinharaja en Sri Lanka. Posteriormente se trató de proteger la zona de Yosemite en Montana y Wyoming, EUA, sin mucho éxito por cuestiones legales y administrativas. Por fin, salvados estos problemas, en 1871 se fundó el parque nacional de Yellowstone.

De allí en adelante, muchos parques y otras áreas naturales se establecieron, como el de Banff en Canadá en la década de 1890, en el que al principio, se introdujeron especies externas a la zona, como el alce y se controlaron artificialmente los lobos y coyotes en el parque. Esto provocó un grave desequilibrio ecológico que amenazaba con acabar con el bosque, y que tardó décadas en empezar a revertirse.

El Desierto de los Leones, primer parque nacional

La idea del parque nacional implica la protección de áreas y estructuras naturales; así como de paisajes extraordinarios, que un país reconoce como partes de su patrimonio; dignos de ser preservados a posteridad, así como promovidos para que se les conozca, visite y aprecie. Todo esto, antes de que se introdujeran los términos ecología y biodiversidad en nuestro vocabulario y menos aún la importancia que concedemos hoy en día a tales conceptos.

En México el primer parque nacional fue el Desierto de los Leones, en la Sierra de Las Cruces al poniente del Distrito Federal, decretado en el año de 1917. De allí en adelante, se decretaron otros parques, Izta Popo, Nevado de Toluca y varios más, entre los que tenemos en Querétaro, al Cerro de Las Campanas y El Cimatario, este último ya en la década de 1980.

Ya para entonces la legislación federal consideraba que había ecosistemas importantes y especies  destacadas por ser únicas, propias de una sola región o encontrarse amenazadas. Y las áreas a proteger se fueron diversificando y complicando en cuanto a sus propósitos, administración y normatividad. Decretar un parque nacional sólo requería de una firma del presidente de la República en un par de páginas. Los decretos actuales son mucho más complejos: deben estar respaldados por voluminosos estudios técnicos, consultas ciudadanas, listados, diagnósticos, mapas y  objetivos; y luego debe crearse la infraestructura técnica, administrativa y financiera para operar el área; así como planes de manejo con metas, indicadores, responsables, todo perfectamente definido.

Hoy en día, a nivel federal, hay numerosas áreas de alta biodiversidad, carismáticas o necesarias para la preservación del agua, el bosque y el suelo. Abarcan alrededor del 13% del territorio nacional (cuya área, relativa a la del país, equivale a la del cuadro a la izquierda del mapa), clasificadas dentro de varios rubros: Reservas de la Biosfera, Parques Nacionales, Monumentos Naturales, entre otras, además de aquellas a nivel estatal o municipal y aun privadas. Varias de estas categorías son reconocidas a nivel internacional y México ha respaldado sus compromisos ambientales mediante tratados diversos. En conjunto se conocen como Áreas Naturales Protegidas (abreviado ANP).

Las ANPs consideradas de mayor jerarquía son las 41 Reservas de la Biosfera. Alrededor de la mitad del área protegida por el Gobierno Federal es de este tipo. Algunas son verdaderamente extensas: La mayor, El Vizcaíno en Baja California Sur, mide más de 2.5 millones de hectáreas, ligeramente mayor que el estado de Tabasco, y la más pequeña, el volcán Tacaná en Chiapas, de apenas la cuarta parte de la mancha urbana actual de la zona metropolitana de Querétaro.

Algunas reservas, como las bajacalifornianas o las del Caribe, son famosas a nivel mundial, y están registradas como patrimonio MAB (Man and Biosphere) por su gran importancia ecológica, otras porque, sin que les falte mérito, han sido bien colocadas mercadotécnicamente, como la Sierra Gorda queretana. Unas han sido bien delimitadas, para abarcar exactamente lo que debe protegerse, otras no tanto. Recordemos que los conceptos y la técnica han variado mucho en todas estas décadas.

Algunas ANPs, como las de Chamela, Manantlán o Tehuacán-Cuicatlán, destacan por la multitud de proyectos de investigación y los cientos de estudiantes que reciben cada año desde hace décadas, o proyectos productivos tradicionales por y para las comunidades. En otras, se ha desincentivado el sentido de pertenencia de la gente a su tierra y sus habitantes  sienten que ya no es verdaderamente suya, aunque tengan el título de propiedad o posesión.

Este complejo panorama, con sus claroscuros, tiende ahora a cambiar: las ANPs están cada vez más en riesgo de desaparecer. Las presiones son fuertes en diversas áreas de Quintana Roo, en el Cerro del Fortín en Oaxaca, donde por manifestarse en contra de una obra que lo amenaza, golpearon recientemente al pintor y activista Francisco Toledo y… en Querétaro, entre otros lugares del país. Veamos algunos ejemplos:

El año pasado, la Semarnat cambió el estátus legal del Parque Nacional Nevado de Toluca, zona boscosa muy cercana a Toluca, decretada por Lázaro Cárdenas. Hoy en día, salvo una pequeña (6% del área) zona núcleo, toda el área del volcán puede ser utilizada en actividades productivas, turismo y otras. Las declaraciones del secretario Guerra Abud fueron en el sentido de que la gente que habita en el parque realiza actividades de extracción de leña y aprovechamiento de los recursos y que no es posible controlarlos. Sin embargo, mucha gente vive también en otras reservas y, aunque hay problemas, en general las cosas marchan razonablemente bien.

La zona núcleo del volcán es ridícula (ver foto Google Earth). Abarca sólo la parte más alta del volcán, alrededor del cráter. No intenta conservar ni un poquito de los bosques de oyamel, de pino de Moctezuma, de pino y encino, la pradera de alta montaña, el hábitat del teporingo. Hay que tomar en cuenta que cada uno de estos grandes volcanes, Popocatépetl-Iztaccíhuatl, Pico de Orizaba, la Malinche, los volcanes de Colima y el propio Nevado, es una isla de biodiversidad que se separó de un continente boscoso a fin de la última glaciación y un ámbito de ecosistemas escasos y de gran importancia, que en pocos años acabará de perderse si no se cuida.

El Cimatario, Parque Nacional desde 1982, en aquella época era en buena parte parcelas y potreros de agostadero, pero tenía zonas bien conservadas de bosque tropical caducifolio. Se cuenta que, cuando la Federación le encargó el cuidado del parque al Gobierno del Estado, el gobernador Camacho le hizo saber a los forestales de la SEDEA que quería ver el cerro verde todo el año a la brevedad posible.Entre paréntesis, el bosque tropical caducifolio pierde sus hojas en secas y se ve gris, así que los técnicos de SEDEA sembraron eucaliptos, terracearon e introdujeron cactus y yucas, todo lo cual dificultó o hizo casi imposible la recuperación del ecosistema, amén de que los ejidatarios siguieron introduciendo el ganado porque sentían que era justo, ya que la indemnización prometida por los terrenos nunca llegó.

Todavía entre 2000 y 2001, cuando el gobernador Loyola quería construir el centro expositor allí, y sin que existiera un dictamen positivo sobre la Manifestación de Impacto Ambiental (que después resultó negativo, gracias a la presión ciudadana que escaló a nivel nacional), se practicaron un par de brechas, exactamente las que en el plano del centro proyectado, serían las calles del estacionamiento, y que cualquiera puede ver en imágenes de satélite de esas fechas. Esto demuestra a mi modo de ver el desprecio que muchas autoridades tienen hacia las áreas naturales, la ley y sus gobernados.

Hoy en el Centro de Investigaciones sobre Geografía Ambiental (CIGA) de la UNAM (Campus Morelia), se está valorando la pertinencia de cambiar o revertir el decreto de El Cimatario.

Por último, la Peña Colorada entre los municipios de Querétaro y El Marqués, ha representado una lucha que va para los tres lustros y es la hora que no acaba. En diversos planes, ordenamientos, etc. se le han ido arrancando pedacitos, fue el escenario de una demanda, la pimera en la que un ciudadano (ciudadana en realidad) se amparó contra el municipio por cambiar el uso del suelo en una zona propuesta para decretarse como ANP y ganó la demanda, pero hoy la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP) considera oficialmente que no debe decretarse porque  “no cuenta con la aprobación ciudadana”. ¿La aprobación de quién? ¿De los ejidatarios que están enterados desde hace años? ¿De los ciudadanos que quieren un ambiente sano y la recarga del acuífero? ¿De los desarrolladores urbanos que quieren…? No se explica.

Esto, me parece, es un patrón que consiste en despojar al país de sus áreas naturales protegidas. Volviendo al mapa, el tamaño de cuadrado a la derecha equivale al área del país (casi el 50%) que ha sido ya concesionada a las empresas mineras sólo en los últimos 15 años (puede consultarse en http://www.cartografia.economia.gob.mx/cartografia/#) para que decidan qué hacer con los recursos que están debajo. Los que viven o vivimos sobre ellas tenemos que plegarnos, incluso desterrarnos, de acuerdo a las reformas recientes. O inconformarnos. Las ANPs, un área más pequeña pero significativa, tiene valor por sus recursos, belleza, cercanía  a las ciudades, gas de lutitas, etc. etc.

El Cimatario (como la Peña Colorada) tiene valores que deberá analizar el CIGA, como constituir la principal zona de recarga del amenazado acuífero de Querétaro, por cierto, junto a las otras zonas con vegetación densa y conservada, como la que antes se llamaba La Cruz, hoy Zibatá, que no debería haberse fincado jamás. Pero tiene otros, difíciles o imposibles de analizar, como formar nuestro horizonte, ser el lugar en donde hemos esparcido las cenizas de nuestros seres queridos y parte vital de nuestra historia y memoria, que es para lo que se inventaron los Parques Nacionales. Es esencial que luchemos por estas tierras, que son nuestras, frente a las tecnocracias y el capital. Ω

bayotenal@yahoo.com.mx

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