Desert desserts

helado

El Sibarita | Bon vivant.-

Sí. Me considero un Sibarita. Sólo me gusta lo mejor. 

No lo más caro, simplemente lo mejor. 

Suelo ser un tío bastante amable. Disfruto pasarlo bien con mis sobrinos, que tengo a decenas. Vamos, que no es que mi familia sea tan grande, sino que durante mi camino en la vida he acumulado muchos. De repente, los hijos de mis amigos, los hijos de sus hijos, y a veces hasta los amigos de estos, me llaman así. 

Todo comenzó cuando un jovencito no consiguió recordar mi nombre, por más empeño que puso. Como era yo amigo íntimo de sus padres, creyendo que podría molestarme por semejante olvido, me llamó Tío. El resto es historia.

Así pues, que de todos mis sobrinos hay una joven de 13 años, que se halla entre mis mejores aprendices. Verán, ella ha cocinado conmigo desde que tiene uso de razón… quizá desde antes de eso. Es muy entusiasta y tiene una sensibilidad muy especial para descubrir qué ingredientes casan con tales o cuáles. 

Pues bien, en uno de esos días de ocio,  al cabo de ver una peli, después de apañarse dos horas con palomitas de maíz, me dijo que hicieramos un postre.  Acepté inmediatamente.

Fui a por mis mejores libros de postres y le mostré algunos. Eligió sabiamente uno que versaba sobre la repostería de oriente medio. Suena un poco exótico el asunto, pero es más familiar de lo que a simple vista parece. Los dedos de novia es un buen ejemplo de ello, casi todos les hemos probado, lo mismo pasa con esos postres cuyo nombre no recuerdo, pero que son básicamente de pasta filo bañada con miel aromatizada con rosas o azahar. Hay mucho más que eso. 

Vino a mi memoria, y así se lo hice saber a mi sobrina, una cena a orillas del Nilo, a la que tuve la fortuna de asistir acompañando a una maravillosa mujer, que me honró al compartir parte de su vida conmigo. Cuando entramos al comedor no pude evitar recordar fragmentos de “Las mil y una noches”: había grandes candelabros, lámparas colgantes, alfombras y todos los empleados iban vestidos a la usanza tradicional. Un verdadero espectáculo.

Pero sin duda, lo mejor estaba sobre las mesas, y entre todas ellas, las de postres merecían especial atención. Todo comenzaba con una suerte de frutas de todos colores, sabores y procedencias, tan hermosas y resplandecientes. Había clementinas, peras, limas, manzanas, naranjas. Tampoco podían faltar los frutos secos como pistaches, orejones, dátiles, ciruelas pasas, pasitas sultanas, güeras, negras, y de todo tipo. Por supuesto había baklavas y loukoum (masillas fritas) y dátiles rellenos de pasta de almendras perfumados con agua de rosas.

Recuerdo haberme detenido frente a un hermoso cuenco de cristal con forma de flor, dentro había algo que no supe identificar. Intrigado le pedí al mesero me dijera qué era, pero debido a las fronteras del idioma, únicamente pudo decirme en mi idioma, “está bueno, come”. Y eso hice. Resultó ser una sopa cremosa y dulce con  nuez y pistache, con trozos de un exquisito bizcocho de vainilla. Algo inolvidable. Jamás he sabido su nombre, ni tampoco he vuelto a probar nada semejante.

Cada página que pasaba, despertaba un caudal de recuerdos de tiempos idos: pequeños panes de mazapán de almendra con forma de flor, bizcochería tan delicada que parecía fundirse en la boca. Tortitas de sémola, natillas con pistaches y especias, turrones tan blancos como la nieve, cuernitos cubiertos con almendras, barquillos con nueces y pistaches, y hasta cuscús con naranja confitada y canela. 

Desde las rosquillas con anís y ajonjolí, que fueron una excelente elección, o los maamules (panecitos rellenos) de nuez y almendras con agua de azahar, los macarrones de almendra, o los fideos con requesón, pistache y miel, hasta las sencillas ensaladas de cítricos con comino y canela, o los datiles en almíbar; todo fue tan increíble y exótico que a veces lo recuerdo más como un sueño, un delicioso sueño, eso sí. Mi sobrina escuchaba atentamente con la boca hecha agua y mucha emoción.

¿Qué decidimos cocinar? Pues habiendo elegido más de 5 recetas, votabamos por una, y mientras nos poníamos de acuerdo, en esa actitud propia, como una ráfaga de viento fresco, mi sobrina me dijo, ¿sabes qué tío?, ¡mejor vamos por un helado!

elsibarita@chef.net

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