Un puñadito de estrellas

Rubén Sánchez |  Escritor.-

Dice el maestro Juan, que es cosa de los hombres contar los días, medir el tiempo y llevar la cuenta de los años también. Sino, como dice él que lo digan los Olmecas o los Mayas. Dice que aprendieron a medir el tiempo  de tanto ver el cielo, el sol, la luna y las estrellas, sobre todo esa brillante y grandota que se llama Venus,  que casi siempre se ve allá, rumbo a San Miguel, lejos del centro del cielo en donde está este puñadito de estrellas, que nos cuenta le llaman Pléyades o las cabritas. Yo cuando las veo cuento una por una, llegando hasta siete. Venus es esa que esta en donde estoy poniendo mi dedo, lejos de donde están los Reyes Magos, bien formaditos, que parece se resbalan en lo redondo del cielo  en enero, rumbo al Cimatario.

Otra vez nos dijo que esta necedad de pensar en el paso del tiempo, es  más especial al fin de cada año, sobre todo en noviembre y diciembre, con la nostalgia que dan las calaveras y las posadas. De las posadas, nos dijo el padre Alberto, que esas costumbres fueron traídas por los Agustinos,  en un convento, creo que Acolman, lejos de aquí, y que la quebradera de piñatas la inventaron como para dar a saber que destruían al demonio y que cada pico de la piñata es un pecado capital: lujuria, envidia, pereza, gula y otros que ni me acuerdo. Pero yo creo que yo tengo estos dos últimos: siempre tengo hambre y siempre me vengo a tirar aquí a ver el cielo.

Lo que yo sé es que los últimos meses de cada año se van como agua, que parece se hubieran montado en una resbaladilla, como decía mi papá. Todo es llegar a octubre, cuando terminamos de cosechar el maíz y el campo se llena de colores cafés, de las tierras en descanso y es cuando los palos de manzano, ciruelo, durazno y peras, tiran las hojas y se quedan en cueros, como si el frío del invierno les gustara mucho. Se ven, los bultos del rastrojo entre los surcos y envueltos en la niebla, cuando bien podemos jugar a las escondidillas, ya sin riesgo de pisar las calabazas, pues mi abuela recién las ha puesto a secar en el patio y arriba de la enramada de chayotes, debajo de donde estoy ahorita acostado viendo el cielo estrellado, que parece un tejado oscuro lleno de agujeros, oyendo los ruidos de gente y animales, los perros que ladran a lo lejos y el canto de los grillos.

A mí me gusta mucho el dulce de calabaza, aunque me bato todo cuando lo como y me embijo las manos y la boca, con la miel sabrosa del piloncillo, con que Mamá  Chica, como le digo a mi “abue”,  lo hace. En esos días, como ahorita, tirado en el suelo, veo las nubes bajas que llegan a los cerros de La Joya y a lo lejos, rumbo a la ciudad. Beben agua y se van bien panzonas rumbo al cielo oscuro, pues ya casi llega el invierno en solamente un cerrar de ojos. A mí me ganan las ansías. Ya quiero ver los altares para los muertos y luego las posadas, para romper la piñata y comer tanta fruta y tantos dulces, sin que me regañen ni me digan malas palabras, como ¡Cojo malhora! que a los demás niños les da risa, pero a mi me llenan de tristeza.

Me gusta que llegue noviembre para ir al centro de la ciudad de Querétaro, para ir a los mercados y a la “Feria de calaveritas” en el jardín Guerrero, con mis abuelos y mis hermanos. Me gusta el olor de las flores, la fruta y el pan, que con su olor siempre me abre el hambre. Lo sé porque las tripas me gruñen y se me hace agua la boca. Además es cuando podemos recorrer las calles, abrigados, para ver los altares, iluminados por  veladoras y cubiertos de ese humo, con comida y bebida, de a de veras  y de juguete para acordarnos de nuestros muertos. Es cuando yo pienso en mi mamá Mariana. Y me parece que desde aquí la estoy mirando. Ella si que me quería y ya no alcanzó a ver lo que le pasó a mi pata. Ese día sabía que lloraba por mí, pues caían sus lágrimas sobre mi cabeza, cuando me abrazaba e intentaba sacarme del camión, pero no le alcanzaron las fuerzas.

En esta vez vi a la calavera “Catrina”, de la que nos dijo el Profe Juan, la inventó un señor de Aguascalientes, creo que se llamó Lupe Posadas. Estaba montada sobre un bote como de chiles. Parecía una estatua. Solamente se movía como un robot, cuando alguien arrojaba una moneda a la bandeja que tenía a sus pies. Yo le pedí a mi abuelo que me regalara un peso. Se lo tiré y se empezó a mover. Pero bajo el velo que le cubría la cara, al acercarme, vi que era un muchacho todo pintado como de plata, lo que no me gustó nadita, pues yo siempre me la imaginé como una señora, flaca, pero elegante.

Los lunes, cuando viene a La Monja, la trabajadora social Ana María, me acomodo donde puedo y entre que cuido a mi hermanito escucho sus historias. Cuenta que las fiestas de “Todos Santos” y “Día de Muertos”, son desde la época antigua. Fueron aumentadas por los españoles y se han venido haciendo costumbres de los mexicanos, hace casi quinientos años. Los “Altares de Muertos”, dice, tienen ese mestizaje cultural, creo que quiere decir que se mezclan productos de los dos mundos el Nuevo y el Viejo: tejocotes y guayabas, con las mandarinas y naranjas; el atole champurrado y el café; pulque y tequila; tamales y tortillas con el “pan de muerto”; el “chocolate” y el “guajolote” en el “Mole”,  con el clavo, comino, canela, ajonjolí, pimienta y orégano; las  flores de “zempasúchitl”,  y las rosas de castilla que se ponen en los floreros; las calaveras de azúcar; la calabaza o el camote queretano y los  dulces cristalizados: el limón relleno de coco como el que venden en los mercados y en La Mariposa. Y hasta mero arriba las fotografías antiguas o recientes de los difuntos. En mi casa aparece el de mi madre Mariana, que sí me quiso. No como mi papá que nos abandonó enseguida que ella murió, cuando el accidente, que va para tres años.

Me gusta este tiempo porque es cuando por las calles corremos, bueno es un decir, yo voy renqueando atrás, pero eso sí con risas y gritos, disfrazados, con calaveritas de cartón o de plástico recitando: “Me da para mi calaverita”. Y vamos en pandillas, casa por casa, pidiendo dulces. A mi me da risa por que en ese desfile se juntan la llorona, el hombre lobo, brujas, momias y la Catrina, que dice, fue pintada por un señor llamado Rivera en un mural.  Pero más me gusta cuando nos cuenta el libro de Canek, un indio maya muy valiente y sabio y su amigo el niño Guy, a quien yo estimo mucho pues se parece a mí, solo, enfermo y abandonado. Y aunque ya sé el final siempre lloro cuando lee: “Amaneció muerto el niño Guy. Nadie le vio morir…”

Como dice la seño Ana María, no bien han terminado los “muertos”, cuando ya estás envuelto entre esferas, árboles de Navidad y Nacimientos, pues ya casi llega diciembre, que a mi me da como tristeza y alegría combinadas por las posadas, la Navidad y el fin de año.  Y es que me acuerdo, como en sueños, que fue un diciembre, que en la entrada del Hospital Infantil, en México, había en una gran pared pintada una piñata. Quebrada la olla, de un fuerte palazo, que le daba un niño, vendado de los ojos, caían frutas y dulces, ante la alegría de los chamacos. No me acuerdo más porque fue cuando me operaron y luego me mocharon la pierna izquierda.  Salí con estas muletas, que son con las que les pego a los demás  niños, para que me dejen agarrar un poco de fruta de las piñatas.

Me dicen en la doctrina, que mi mamá vive en donde está en ese puñadito de estrellas, que están aquí en la punta de mi dedo. Se fue cuando chocamos en el camión viniendo para Santa Rosa. Mi padre debe estar más lejos, pues no ha vuelto a venir desde que se fue al “otro lado”. Y ha de estar tan solo, donde no ha de haber teléfono ni correo, pues no habla y menos nos ha escrito, y eso que sí estudió la primaria, como me dice el profe Juan, que también fue su maestro.

Fin.

Enero 10 del 2011. Ω

sanchez50ruben@gmail.com

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