La orquídea amenazada del Totonacapan

Vicisitudes de la vainilla en su centro de origen

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Veronica Villa Arias | ETC Group (Ojarasca).-

De las 30 mil orquídeas que existen, la vainilla es la única que da fruto. Vive en bosques y pantanos, trepada en los árboles, a unos 800 metros de altura sobre el nivel del mar. Florea una vez al año, durante un solo día. Es entonces cuando necesita ayuda para ser fecundada y reproducirse. Únicamente polinizadores muy pequeñitos y hábiles pueden meterse y juntar el polen y el estigma. Después de seis semanas, el tallo comienza a convertirse en la vaina o fruto.

Las vainas se cosechan a los nueve meses. Después se deshidratan al sol y a la sombra, se almacenan en baúles de madera o enrolladas en petates, y después de otros seis meses tendrán el bouquet definitivo que ha hecho de la vainilla el sabor y la fragancia más populares del mundo.

“Durante dos o tres generaciones intentamos hacer monocultivo de vainilla, a ver si sacábamos más producto, porque nos quitó el mercado la imitación que se hace con alcohol, celulosa y colorante artificial. Intentamos aumentar la producción con malla sombra, con naranjales, con pichoco o colorín, pero cada una de estas técnicas tenía un problema que impedía que la vainilla, a como está acostumbrada, pudiera seguir multiplicándose”, explica Alejandro García Castaño de la Organización de Vainilleros Orgánicos. “Fuimos tan tontos que por lograr más ‘beneficios económicos’ nos pusimos a comprar fertilizantes, cuando la vainilla crece en el bosque, en el acahual, donde los suelos están descansados y no necesitan nada. La vainilla no se da con abonos, palos guía, sombras construidas o polinización mecanizada. Si la quieres domesticar, lo primero que pierde es el aroma”.

“Con el paso de los años los animalitos polinizadores de la vainilla han ido escaseando, por ejemplo, las abejas táxcat, la hormiga pepehua y algunos colibríes y murciélagos que ayudan dispersando las semillas. Así que hemos aprendido con los años a polinizar manualmente la flor para que dé fruto, y como las flores salen de cada planta solamente una vez al año, estamos todos en el pueblo al pendiente de eso, nos avisamos ya vienen las flores y nos organizamos para ir a polinizarlas. Es un momento alegre, un momento de reuniones en las que logramos acuerdos comunitarios y los jóvenes y los niños aprenden algo muy especial de nuestra cultura, algo que sólo los totonacos sabemos, que es mantener con vida la vainilla.

Así que con la vainilla sintética, que inundó el mundo allá por los años 50, ya se perdió mucho de esto. Aunque sea complicado de comprender, la vainilla sintética, más ‘fácil’ de producir, no nos liberó del esfuerzo sino que ocasionó la desaparición de los polinizadores, y grandes pedazos de selva que visitábamos para mantener la orquídea; de pronto muchos campesinos ya no se pudieron dar el tiempo para recorrer y cuidar. Porque al perder el ingreso de la vainilla, tenemos que ver de dónde lo obtenemos, y en vez de ayudar a que las flores se fertilicen, nos ocupamos de tiempo completo en cualquier otra cosa mal pagada en las ciudades cercanas.

La vainilla no se entierra profundo, los piecitos se dejan reposar sobre la hojarasca y la guía va buscando el agua y la luz, nosotros tenemos que ayudarle al principio, luego ya sigue sola su camino y a veces tenemos que traerla de regreso porque crece tan alta, recargada sobre el árbol, que ya no podríamos recolectar el fruto. Allí en lo alto donde no llegan nuestras manos, siguen ayudando las abejas delgaditas y los colibríes. Y digo que siguen ayudando porque sabemos que a otros países a donde se llevaron la vainilla no pudieron llevarse ni las abejas ni otros animales, por lo que toda la polinización es manual, casi como si estuvieran en una maquila. En lo bajo, al pie de los árboles, sólo hace falta dejar pasar a los ‘compadres’: insectos y aves en busca de gusanos y otros animales chiquitos que con sus patas remueven la tierra para que la planta se revitalice. ¡Y pensar que nuestros abuelos intentaron usar fertilizantes!

Antes, cuando cultivar y cosechar la vainilla nos daba un buen ingreso, la comunidad, lejana todavía de las granjas industriales, consumía muchas chachalacas, ese tipo de gallina que se come las orquídeas. Ahora, con la inundación de pollos industriales, la gente ya no sabe cocinar las chachalacas y se descontroló el equilibrio que se mantenía al cazarlas. Y para rematar, la llegada de las casitas prefabricadas empujó a las aves a buscar refugio en partes más profundas de la selva. Ha habido mucha destrucción de los vainillales por tantas chachalacas hambrientas. Y además tenemos que tener más dinero para comprar los pollos rostizados de granja. Antes parecía que había un acuerdo entre las chachalacas y los vainilleros, cada quien hacía su trabajo, hoy son una plaga.

Ahora tenemos una preocupación nueva, a ver cómo la vamos a resolver. Y es que con los cambios tan bruscos en el clima, de pronto hace más frío, y con el frío la vainilla se achicopala y no saca flor. El momento en que asoma la flor es cuando la comunidad se reafirma, porque salimos todos: los campesinos con nuestros palillitos, junto con abejas, colibríes, hormigas y pájaros a polinizar la vainilla, y sentimos que ya aseguramos que todo siga otros nueve meses.

También hemos escuchado que viene una nueva vainilla falsa. Sabemos que la quieren producir en tanques industriales, alimentando con azúcar unas levaduras. Los fabricantes están peleando para lograr que este saborizante se clasifique como natural, incluso argumentan como algo muy bueno que los vainilleros ya podremos dedicarnos a otra cosa.”

Los cuidadores de la vainilla son los cuidadores de los bosques. Si sus economías se destruyen, también los bosques sufrirán las consecuencias. Desde la hormiga soldado —una de las polinizadoras de la orquídea—, hasta los grandes felinos, los cedros, ceibas y oyameles, y los ciclos de lluvia posibles por la abundancia de árboles, todo estará en peligro. Con la vainilla sintética no se perderá únicamente dinero, sino también los saberes de siglos con que se sostiene un ecosistema único.

La nueva vainilla artificial se fabrica con técnicas de biología sintética, que buscan reescribir el código de la vida creando nuevos módulos de ADN programados para auto-ensamblarse con otros y resultar en organismos “de diseño” (levaduras, virus y bacterias) capaces de sintetizar compuestos químicos de valor industrial. La biología sintética es un negocio de miles de millones de dólares, y está colocando en los mercados cosméticos, fragancias, saborizantes, limpiadores, endulzantes y materiales sin apegarse a ningún tipo de regulaciones, sustituyendo ingredientes obtenidos de fuentes botánicas (vainilla, azafrán, anís, stevia, vetiver, cacao, ajenjo y otros) que cultivan muchos millones de campesinos, sobre todo en los trópicos.

En estos días, el Totonacapan, hogar de la vainilla, está siendo invadido por la fracturación hidráulica. Ya ha padecido la fiebre del petróleo, del gas, el horror de los derrames, de las explosiones, el zumbido permanente de las turbinas, de los motores de las bombas, la invasión de extraños, de milicias públicas y privadas que vigilan las tuberías, los camiones tanque, las bolsas de las nóminas; la división entre quienes dan permisos para la prospección y quienes no quieren la fragmentación del territorio. Es tanto el acoso por los hidrocarburos que muchos dejan que se perforen sus tierras y se instalen pozos con la esperanza de que haya desastres y les compensen con mucho dinero.

El Totonacapan es el centro de origen mundial de la vainilla. Hace mil años la naturaleza imaginó esa combinación única de suelos, humedades, calores, animales y personas. Como bien dicen los totonacos: “nuestra vainilla es la mejor porque es original. Si desaparece de aquí, desaparecerá del mundo”. Ω

http://www.jornada.unam.mx/2015/12/12/oja-vainilla.html

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