La expresión somática del Movimiento Conciente

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Rosemary Atri |  Nutrióloga.-

“Solo los seres humanos hemos llegado a un punto donde no sabemos cual es el sentido de nuestra existencia.  Hemos olvidado el conocimiento secreto de nuestros propios cuerpos, nuestros sentidos y nuestros sueños”, Lame Deer y Erdoes.

¿Te has cuestionado algún día, en qué momento perdiste el contacto con tu cuerpo? Quizás hayas descubierto que tu cuerpo ha sufrido cambios importantes, de los que ni siquiera te habías percatado; y lo peor, es que, hasta te has acostumbrado a ese dolor de hombros, a esa tensión en la espalda baja, a una limitación en la manera en que te mueves, o a un cansancio constante.  Te miras en un espejo y te preguntas ¿en qué momento has perdido el porte?

La tensión cotidiana, las situaciones traumáticas, incluso la misma exigencia de la vida cotidiana, nos llevan, con frecuencia a perder contacto con nosotros mismos.   

Existen muchas razones que vale la pena contemplar para poder emprender el camino de regreso a casa, de regreso a nuestro cuerpo habitado.

El vivir en ciudades de asfalto, alejados de la naturaleza, y con un sentido de pertenencia comunitaria, cada vez, más débil, nos está alejando de la capacidad de tener un verdadero sentido de intimidad humana.  Este mundo se ha vuelto complejo, lleno de compromisos, responsabilidades y preocupaciones, y debido a ello, nos encontramos en riesgo de perder nuestra ecuanimidad, nuestra salud física y nuestro sentido de bienestar.  Estamos inmersos en una realidad mediatizada por los sistemas de comunicación, y cada vez nos es más difícil diferenciar quienes somos, de la imagen que creamos de nosotros mismos en las redes sociales.

Ponernos atención, no es un acto egoísta, se ha vuelto una auténtica y urgente necesidad a la que debemos escuchar, si es que queremos sobrevivir en este mundo y conocer el sentido de intimidad con los demás.

La conciencia del cuerpo habitado, consiste en la habilidad de poner atención a lo que sentimos, a las emociones que prevalecen en nosotros, al movimiento de la vida, en el instante presente.  La conciencia corporizada está compuesta de sensaciones, como son la temperatura, la suavidad, el cosquilleo, la tristeza, el miedo, el sentido de amenaza, tal y como se percibe y no como se evalúa.

Nuestro sentido corporal tiene muchas funciones importantes, entre ellas está el  informarnos sobre la coordinación o falta de ella, cuando caminamos y se sincronizan nuestros brazos con nuestras piernas, o del sentido de cercanía o localización que tenemos en el espacio, y esas sensaciones son agradables o incómodas, dependiendo de lo que esté pasando.

Es verdad que a veces, necesitamos alejarnos de las sensaciones y dejar que el cuerpo responda a amenazas y retos del medio ambiente, a través de la eficiencia del sistema nervioso, y en esos momentos, todos los recursos que tenemos, son utilizados para responder rápidamente.  Sin embargo, no podemos mantenernos en este estado de alerta todo el tiempo, el cuerpo requiere descansar para recuperarse.

Se necesita que esa parte de nosotros, a la que podríamos llamar “el observador”, monitorée al sistema para que sepamos salir y entrar de las emergencias, y no nos derrumbemos o padezcamos un desgaste desmesurado al no ser capaces de percibir nuestros distintos estados.

En las tradiciones a las que a veces llamamos “primitivas”, los individuos se criaban dentro de una organización socio-sensual y humana que iniciaba en la infancia, en la que el sentido del tacto y el contacto físico eran parte real de la vida:

El columpio, la hamaca, los abrazos y besos de adultos que sostenían, cantaban, entretenían y motivaban a los bebés y niños pequeños, mientras la tribu se reunía, alrededor del fuego, informaba al sistema sensorial del pequeño, aportándole inteligencia somática.   Una sintonía con la tierra y con los ciclos de la vida se instalaba desde la piel, en cada uno de los miembros de dichas comunidades, a través de la convivencia cotidiana.

Mientras que en las culturas urbanas, donde se valora tanto la higiene, nos olvidamos de la tierra y nuestras conexiones vitales son minimizadas, e incluso ignoradas.   El enfoque está puesto en el pensar, y valoramos a la razón mucho más que al sentir.  El sentido del tacto queda profundamente relegado.

Ser seres civilizados se ha vuelto peligroso, pues las enfermedades que expresan nuestra distancia de lo sensorial van en aumento:  la obesidad, la bulimia, la anorexia, y las adicciones, son algunos ejemplos de cómo estamos perdiendo la capacidad para percibir el daño que nos hacemos a nosotros mismos.

Está en nuestras manos emprender el camino de regreso.   Es necesario proponernos volver a escuchar el llamado del cuerpo vivo.  Esa escucha  radica en acercarnos al sentir, desde muchos lugares:  el movimiento libre, la danza, la música, el contacto, la relajación, el uso de los sentidos como son el gusto y el olfato y la misma mirada contemplativa.    Necesitamos retomar el sentido lúdico de la vida.

En los talleres de Yoga y Artes Somáticas ponemos énfasis en crear un entorno vivencial para sentir el movimiento, no sólo valorar los rangos de logro, o la maestría de la acción.   Damos gran valor a la información que nos ofrece la superficie que nos sostiene, al fluir de nuestra respiración, a registrar las texturas y temperaturas, y a explorar las emociones que acompañan a nuestra presencia en relación al entorno y a los demás.

Consideramos que es necesario reeducar a nuestros sentidos. Valoramos profundamente el poder aprender a diferenciar al “ser conceptual” del “ser sintiente”.  El cuerpo habitado desarrolla mayor interocepción, es decir la capacidad de sentirnos a nosotros mismos internamente, como puede ser sentir nuestra respiración, nuestra coordinación y nuestras diversas sensaciones, sin permitir que se interponga el juicio o el análisis.  Es aprender a estar en el presente subjetivo emocional. Ω

http://www.rosemaryatri.com

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