Cuando la cocina no estaba de moda

cocinar

El Sibarita | Bon Vivant.-

Sí, me considero un Sibarita. Sólo me gusta lo mejor. No necesariamente lo más caro. Simplemente lo mejor.

Recién amanece y nos alistamos para comenzar un nuevo día. Casi sin pensarlo nos desperezamos, aseamos y alistamos para salir. Ya sea que el tiempo nos haya sido benévolo o no, hemos de desayunar en algún momento, y sin pensarlo, sin siquiera sospecharlo, nos humanizamos.

Cocinar los alimentos es un acto  meramente humano que se transmite a través de generaciones. Nuestras habilidades en la cocina las hemos aprendido de algún maestro: nuestros padres, abuelos, tíos, amigos, pareja, o de completos extraños; y en lugares tan diversos como la fonda, el puestecillo, el campo abierto, en clase o en la intimidad de la cocina familiar.

Crecí viendo cocinar a mi abuela y a mis padres, todos fervientes admiradores de la comida, de la cocina, de los elementos que tejen mi presente gastronómico, mis horizontes, miras y límites.

Y era más sencillo entonces, una vez terminada la jornada laboral, hacías una parada, comprabas lo necesario -si es que no lo tenías en casa- y regresabas a casa a cenar algo que preparado con tus manos… y es que cocinar aún no estaba de moda.

Y sí, porque ahora, presos de jornadas extenuantes de trabajo, esto ha cambiado, la vuelta a casa se convirtió en una carrera contra el tiempo, y el gozo por cocinar, la expectativa, el ansia por conocer el resultado de nuestra intervención, se ha ido atenuando.

Hace relativamente poco tiempo, una vieja amistad me convidó a cenar en su hogar. Me sentí privilegiado y me preparé con una botella de vino para festejar la ocasión. Al llegar, sonriente, me dijo el menú: flautas de pollo, de esas que sólo en este país preparan tan sabrosamente, y que me hechizan. Esperaba, sobra decir, con emoción el momento de la cena, así que pasamos a la cocina. Era tiempo de comenzar el ritual. Ya me hacía yo deshebrando, rellenando y friendo. Los sueños, sueños son, dice un divertido refrán.

La realidad fue distinta. Abrió el congelador, tomó un envase plástico con letras rosas, sacó tres delgadísimos cilindros de tortilla con algunas hebras de pollo dentro, y los arrojó a la sartén.

Así que nuestra cena estuvo hecha en unos cinco minutos. Luego llevamos el bote de crema a la mesa, para que las aliñaramos al gusto. Comimos en la mesa, aunque fuese una de esas mesitas bajas que se colocan al centro de la sala. Enseguida y como por arte de magia, se encendió la televisión y entonces supe que esa noche pasaban un programa buenísimo que se moría porque vieramos juntos.

Era la final del Master Chef -de no sé qué país. Parece ser que había visto cada uno de los capítulos de la temporada en cuestión. Sabía lo que era un coulis, una reducción, sabía que si a las fresas les añades un poco de vinagre balsámico quedan deliciosas, también conocía cómo hacer una vinagreta y equilibrar sabores. Había visto varias ‘master class’ donde aprendió secretos de inconmesurable valor. Y nosotros comíamos flautas congeladas untadas en crema; cuando notamos la ironía del caso, explotamos de risa, porque en verdad era un asunto de película.

Le platiqué que recientemente charlaba con algunos estudiantes de gastronomía, quienes me compartieron sus anhelos y sueños de fama y reconocimiento. Querían ser reconocidos, ya sea en televisión, en revistas especializadas, o en la cocina de autor, no querían ser otra cosa sino estrellas del espectáculo culinario. Fue una gran lección para mí. Me hicieron notar cómo ha cambiado la realidad y qué es lo perseguible hoy día.

Mientras escribo esto, he de reflexionar que le hemos restado al más humano de los actos -cocinar- tiempo y recursos, mientras menos tiempo pasamos cocinando, más tiempo miramos a otros preparar, cocer, aderezar, sazonar y servir alimentos que nunca comeremos… y es que cocinar está de moda.

Me pregunto si el progreso llevará a la desaparición de la comida como la concebimos. Noto que hemos renunciado al placer de una copiosa y fragante comida real, por el ideal exótico que la pantalla nos presenta.

Me gusta decir que soy tradicional, porque valoro lo que la fuente de origen nos ofrece: técnicas simples e ingredientes sencillos que nos hacen más humanos. Porque al final del día, estoy más convencido aún de que la civilizacion comienza alrededor del fogón. Ω

elsibarita@chef.net

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