El goce oculto en el fracaso

goce

Las diversas teorías psicoterapéuticas están siempre dispuestas a ofrecer consejos sobre motivación y la fuerza de la voluntad. Pero volver a Lacan permite encontrar otras miradas, y ver la satisfacción escópica en la obsesión.

Luciano Lutereau   | Psicoanalista.-

Una de las definiciones lacanianas de la neurosis obsesiva en el seminario De un Otro al otro se formula en términos provocativos: “Se trata de la autoconciencia”. Sin duda es un desafío al saber filosófico (en particular, la concepción hegeliana del sujeto), pero con un correlato clínico mucho más importante.

Ya en el seminario Los cuatro conceptos fundamentales, Lacan había definido a la autoconciencia a partir de una ilusión, la de “verse ver”; dicho de otra manera, la conciencia de sí es un modo de gozar de la mirada, y esta satisfacción escópica es la que se verifica en ciertas inhibiciones propias de la obsesión.

“Me cuesta arrancar”, dicen algunos pacientes en nuestros días, y las diversas teorías psicoterapéuticas están siempre dispuestas a ofrecerles consejos sobre motivación y la fuerza de la voluntad. He aquí la otra cara del trillado “ponerse las pilas” que la cultura posmoderna ofrece como solución al padecimiento. Y la metáfora no es ingenua, dado que reduce el acto a una cuestión energética, la elección a sopesar una cantidad, la felicidad a un resultado. Sabiduría garantizada, de acuerdo con el título de una hermosa película de Doris Dorrie, que demuestra que lo único que puede asegurarse hoy es el fracaso.

Pero de regreso a esta posición inhibida, que afecta a una de las funciones yoicas (la locomoción), es valioso advertir de qué manera se consolida en una satisfacción antes que en un déficit. Tomaré dos casos que en diferentes niveles ubican la causalidad subjetiva en el trabajo y el amor.

“Me cuesta arrancar”, dicen algunos pacientes en nuestros días

Por un lado, es el caso de una mujer que ha sido notificada para un concurso al que debe presentarse para regularizar su cargo docente y, a partir de ese momento, no hace más que perder el tiempo, detenida en la pesada sensación de inmovilidad. Al decirle que esa era una circunstancia en la que difícilmente tuviera que demostrar cuánto sabía (ya que ella venía ocupando el cargo), nota que sus tribulaciones respecto de estudiar para el concurso eran un desplazamiento de la incómoda situación de tener que estar parada frente al jurado. Así comenta cómo el aseguramiento por la vía del saber, siempre desfalleciente (dado que no hay más que saber un poquito para advertir cuán poco se sabe, es la enseñanza socrática), escondía un fenómeno más inquietante: la presencia persecutoria de esta mirada supuesta en el Otro que “se iba a dar cuenta”. Por esta vía, la fantasía escópica de ser descubierta se encontraba en el fundamento de su inhibición. Sólo después del análisis de esta posición subjetiva (en lo que no me detendré aquí) fue que la relación sintomática con el saber pudo encontrar otro uso: antes que un conocimiento detrás del cual esconderse, la reactivación pulsional de la curiosidad que permite dar a ver su interés singular por determinados temas. El psicoanálisis no disuelve el síntoma, sino que le permite otro servicio al libidinizar el acto.

Por otro lado, el caso de un joven muchacho acuciado por el encuentro con el Otro sexo. El “me cuesta arrancar” tiene como correlato la expresión “Va a pensar que soy un boludo”. De este modo, ese objeto degradado desde el cual se veía a sí mismo, para la mirada supuesta al Otro, lo detenía en la relación tensada respecto de otro término ideal: “¿Cómo hacen mis amigos para encararse una mina?”. La respuesta a este interrogante, no por banal dejó de tomar la forma de una interpretación: “Eso es estar mirándola de afuera”. Por esta vía, la “boludez” dejó de ser un término despreciado y pudo resignificarse como “torpeza” en el actuar: así caía el supuesto saber atribuido al hombre seductor, al verificar que sólo cierta tontería compromete con el acto, y que, en última instancia, es en los tropiezos que se puede dar a ver el deseo. Podría diagnosticar a este muchacho de “obsesivo lacaniano”, al recordar la afirmación del seminario La angustia sobre el carácter irresistible de la sentencia “Te deseo aunque no lo sepa”.

Es valioso advertir de qué manera se consolida en una satisfacción antes que en un déficit

En los dos casos mencionados, con diferentes coordenadas subjetivas, se verifica cierta tipicidad: el sostén de la inhibición en el goce de la mirada, en la medida en que la fantasía en la neurosis obsesiva es una formación escópica. Asimismo, ambos casos exponen el uso del saber en la obsesión y el modo en que la reducción del síntoma implica descompletarlo (al saber). Sólo que esta maniobra no podría realizarse con ninguna afirmación terapéutica (del estilo “Todo no se puede” y otras trivialidades por las que incluso cierto psicoanálisis hoy se siente atraído) sino como saldo de la pulsionalización del deseo. Ω

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/21-54663-2016-05-19.html

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