Rafael Cauduro: Los siete crímenes mayores del Estado

cauduro

Armando Bayona Celis   | Biólogo y Cartógrafo.-

Un Clamor por la justicia: 7 Crímenes Mayores” es una obra de arte estremecedora, un mural desconocido para la mayoría de la gente, incluso los que aman la pintura. Se encuentra como varios otros en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, en la Ciudad de México, ocupando los muros y ventanas  de la escalinata suroeste del edificio principal de la SCJN, en la Avenida Pino Suárez.

El autor, Rafael Cauduro (México, D.F., 1950), mediante el empleo de  técnicas diversas, algunas de ellas muy novedosas, desde la pintura sobre lienzo o vidrio, hasta estructuras en relieve realizadas en materiales y texturas diversos, logró plasmar escenas terribles, en su estilo, que se ha calificado de hiperrealista, pero que desborda con creces esa definición.

El mural, realizado entre los años de 2006 a 2009, en la que es la principal escalinata del edificio; la que debe subir diariamente el Magistrado Presidente de la SCJN, el Presidente de la República cuando visita el edificio, e invitados especiales, nos muestra 7 crímenes que comete o permite el poder y el propio poder judicial en este país.

A diferencia de los otros murales que cubren grandes áreas del edificio, que muestran momentos gloriosos de la historia de México, (quizá exceptuando los de José Clemente Orozco) estos son un recordatorio de la inmensa deuda que la Corte tiene con los ciudadanos; todo lo que no ha hecho o  permitido que se siga haciendo para arruinar o segar vidas.

Las imágenes son terribles y portentosas. Las perspectivas que creó Cauduro amplían el espacio del muro hacia otras dimensiones, se salen del edificio, desafían la gravedad, acentuando brillantemente el dramatismo y la desesperanza que permea de cada escena. Las pinturas pueden mirarse igual a 10 metros de distancia que examinarse a unos centímetros, detalles innumerables surgen en cada rincón, desde cualquier ángulo que se observen.

Los 7 crímenes son: la tortura, la violación, la desaparición, los procesos viciados, el asesinato, la prisión y la represión.

Cauduro no escatimó en realismo, aunque muchas de sus figuras se vuelven fantasmas: acusados translúcidos que han quedado atrapados en archivos llenos de expedientes perdidos, torturadores que se confunden con el muro del cuartucho donde realizan su tétrica labor o policías que se interponen entre el observador y la luz que penetra por los ventanales.

Los rostros de los presos, de los torturados, de los manifestantes agredidos por el ejército muestran intensamente el miedo, la furia, la desesperación, la resignación ante lo inevitable; sus cuerpos huyen en pánico, o han quedado inertes en el piso de una plaza; en el fondo del cubo de un edificio infame, ya sin vida.

El mural sigue un camino desde lo más bajo, donde hay un tzompantli prehispánico de cráneos humanos en relieve, sube a través de archivos abandonados llenos de miles de hojas arrugadas en expedientes mohosos, pasa por salas de tortura (tehuacanazo, golpizas, excusado…), el cuartucho de un secuestrado, el muro altísimo de una cárcel por entre cuyas rejas muchos prisioneros nos miran fija, furiosamente a los ojos.

La parte alta, del mural, la represión, tiene tres planos. En el de en medio nos muestra un tumulto de manifestantes huyendo de los tanques y soldados con rostros borrosos. Bajo ellos lo que queda después: botellas, mochilas, zapatos, un hombre muerto en el piso de cemento… Arriba, tres mujeres, como ángeles, apuntan sus lanzas hacia abajo, sin alcanzar a represores o reprimidos. Entre ellas tres ventanales, en cada uno un policía con equipo completo antimotines.

Pero nos damos cuenta que toda esta escena, con fondo amarillo, es sólo un viejo muro grafiteado, cuarteado, lleno de agujeros de bala. Los ángeles, los manifestantes, los soldados son sólo pinturas descascaradas y en zonas asoman los ladrillos entre el enjarrado roto.

Toda descripción se queda corta ante la gran emotividad de los hechos narrados, el realismo de los personajes, los alardes técnicos, todo el poderoso conjunto. Es necesario verlo con tiempo, y vale la pena, ya que es una de las obras artísticas más importantes que se han pagado con nuestro dinero en este siglo… Y un recordatorio de sus deberes para los funcionarios a quienes les pagamos muy buenos sueldos.

Visitar esta obra, así como los demás murales de Orozco, Nishizawa y otros autores, es algo difícil, porque la SCJN sólo abre en días hábiles, hay que pasar filtros de seguridad, no se permiten cámaras fotográficas y no hay servicio de guardarropa. Pero, como dije antes, si tienen oportunidad, es una experiencia que ningún mexicano se debería perder.

Porque estos crímenes siguen vigentes. No son excepciones como algunos quisieran que creyéramos, sino el actuar normal del Estado y sus poderes frente a la sociedad.

Y bueno, aún quedan otros crímenes pendientes de ser pintados en un muro a la vista de todos: la censura,  que llega hasta el asesinato o desaparición de los comunicadores, el autoritarismo y la malversación de fondos públicos; la compra de votos, la destrucción del patrimonio natural y cultural, y con ello, de nuestra soberanía; la criminalización de los diferentes y de las víctimas, en fin, faltan cientos de metros cuadrados y más artistas como Rafael Cauduro.Ω

bayotenal@yahoo.com.mx

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