Freud y las masas

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Sebastián Plut | Psicoanalista.-

Es frecuente que cuando se habla de Psicología de las masas y análisis del yo de Freud se destaquen sus conceptos sobre procesos psíquicos singulares (identificación, etc.) y se formulen afirmaciones simplistas sobre las masas. Así se despoja al texto de su valor para la psicología política y se banalizan los procesos sociales.

La simplificación consiste en unificar y homologar bajo el concepto de masa un único tipo, caracterizado por la irracionalidad y la violencia. Sin embargo, Freud pesquisó un espectro de alternativas: “trata del individuo como miembro de un linaje, de un pueblo, de una casta, de un estamento, de una institución, o como integrante de una multitud organizada en forma de masa durante cierto lapso y para un determinado fin”.

Asimismo, la versión simplista suele combinarse con una visión despectiva que el mismo Freud denunció: de las hipótesis de Le Bon, por ejemplo, consideró que no aportan nada novedoso y que todo lo que plantea sobre el alma de las masas “en el sentido de su desprecio y vilipendio ya había sido dicho por otros con igual precisión y hostilidad”. De modo similar, sobre McDougall dirá que su juicio “sobre el rendimiento psíquico de una masa simple, «no organizada», no es más amable que el de Le Bon”; y de las hipótesis de Trotter: “solo lamento que no se haya sustraído del todo de las antipatías desencadenadas por la última Gran Guerra”.

En suma, Freud cuestiona algunos fenómenos de masa sin caer en un juicio moral, refuta ciertas hipótesis de estos autores y objeta la opinión despectiva y hostil. Asimismo, tampoco se opone a una valoración positiva: “…es posible individualizar otras exteriorizaciones de la formación de masa, opuestas por completo a aquellas, y de las cuales se deriva por fuerza una estimación mucho más alta del alma de las masas”.

Mi hipótesis es que algunos autores fueron influidos no solo por su posición ideológica ante ciertos sucesos políticos (Revolución Francesa) sino también por los hallazgos de Pasteur y Koch sobre las infecciones y el contagio. Los descubrimientos de la microbiología abrieron el camino para el estudio del contagio en el nivel psíquico y, a la vez, promovieron un estado de incertidumbre angustiada, como si los avances científicos sobre el contagio hubieran encendido el contagio panicoso que se expandió como la peste.

La idea de un alma colectiva (Le Bon) supone que los sujetos ligados en una masa sienten, piensan y actúan de manera idéntica entre sí y por entero diversa de lo que harían en forma aislada. Sin embargo, resulta más acorde a los hechos pensar que: a) unidad no se homologa con homogeneidad (los sujetos que participan de una masa no quedan igualados entre sí de forma absoluta); b) lo que ocurre en el individuo en la masa no difiere en un todo de sus rasgos singulares.

De hecho, Freud dice que las supuestas propiedades nuevas no serían, en rigor, nuevas, sino solo la expresión de ciertos rasgos que ven la luz por ciertas desinhibiciones que se producen en la situación de masa. En suma, ni la homogeneidad es absoluta ni las manifestaciones emergentes son todas diferentes de los rasgos singulares.

Es posible, además, que quienes atribuyen a Freud una visión negativa sobre las masas en parte estén influidos por su explicación filogenética (horda primordial). Claro que la hipótesis filogenética ha sido frecuentemente desestimada por autores posfreudianos o bien ha sido mal comprendida. Sin embargo, la pervivencia de lo arcaico en las masas o en el sujeto singular no equivale al elemento atávico de Le Bon. Por el contrario, la herencia arcaica –núcleo de lo inconciente– consiste en un conjunto de esquemas formales que permiten organizar las escenas y vivencias. Baste recordar que para Freud la noción de filogénesis permite establecer un puente entre la psicología individual y la de los pueblos.

Luego de exponer las descripciones de Le Bon sobre el bajo rendimiento intelectual de los sujetos en la masa, Freud destacó que la conducta ética en la masa puede elevarse: “mientras que en el individuo aislado la ventaja personal es a menudo el móvil exclusivo, rara vez predomina en las masas”. Preguntemos: ¿De qué modo se ha medido el nivel intelectual y en qué fenómenos particulares de masa se ha observado? ¿Es el rendimiento intelectual un requisito esencial de la participación en la masa? ¿Se trata de una disminución del nivel intelectual o, más bien, de una situación que no exige que las funciones intelectuales se exhiban con notoriedad? ¿Acaso la elevación de la eticidad no constituye un valor más significativo que un inespecífico ejercicio de la razón? La siguiente cita de Freud esclarece aun más este punto: “es un hecho que las grandes conquistas del pensamiento, los descubrimientos importantes y la solución de problemas sólo son posibles para el individuo que trabaja solitario. Pero también el alma de las masas es capaz de geniales creaciones espirituales, como lo prueban, en primer lugar, el lenguaje mismo, y además las canciones tradicionales, el folklore, etc. Por otra parte, no se sabe cuánto deben el pensador o el creador literario individuales a la masa dentro de la cual viven; acaso no hagan sino consumar un trabajo anímico realizado simultáneamente por los demás”.

La propuesta de utilizar el término masas para agrupaciones diferentes es de Freud: “Es probable que bajo el nombre de masas se hayan reunido formaciones muy diversas, que deberían separarse” y agrega que las masas de Le Bon son “efímeras que se aglomeran por la reunión de individuos de diversos tipos con miras a un interés pasajero”. Los diversos tipos refieren a la heterogeneidad presente en la masa y, quizá, a cierta inconsistencia de la ligazón en tales formaciones. El rasgo esencial de esas masas es el interés pasajero y en ellas es eficaz un ideal rudimentario, cuya brecha con el yo resulta disminuida por efecto de la desmentida (correlativa de un rechazo a la restricción del narcisismo). En efecto, no toda configuración del ideal es igual, ni en su forma (grado de abstracción) ni en su contenido (derivado de los deseos). A su vez, el líder puede ser colocado en el lugar del ideal o bien en la posición de su representante (que conserva la distancia con el ideal abstracto). No es lo mismo poner al objeto en el lugar del ideal del yo que atribuirle la representación del ideal. En la fascinación el objeto se mantiene y es sobreinvestido por el yo y a sus expensas. Por eso Freud subraya la diferencia entre que el objeto ocupe el lugar del yo o bien se ponga en el del ideal del yo. Dos variables determinantes, entonces, son el grado de separación entre el yo y su ideal del yo (si la distancia es corta no hay renuncia a la vanidad narcisista) y la diferencia entre e ideal y su representante.

Freud rescata (de McDougall) que las masas organizadas (a diferencia de las efímeras) presentan rasgos tales como su continuidad, su conciencia de sí, sus tradiciones y cierta rivalidad respecto de otros agrupamientos. En este sentido el concepto que permite pensar una masa organizada es el de representación-grupo, es decir, de qué modo se representa al líder, al propio grupo, a las posiciones que puede ocupar dentro de él y también al grupo hostil

Para Freud el factor de cohesión es la libido, “el amor cuya meta es la unión… vínculos de amor constituyen también la esencia del alma de las masas”. De allí que suponer que el amor en la masa es siempre sugestión, es sólo expresión de la incomprensión de la importancia y función del afecto en los fenómenos colectivos y políticos. Freud postula que también el odio puede tener un efecto unitivo, aunque conviene preguntarse qué es lo determinante en cada formación de masa: si la unión por el amor produce proyectivamente al grupo rival o, a la inversa, es el odio el que condujo a ciertas uniones. Recordemos que para Freud “la unión de los muchos tiene que ser permanente, duradera. Nada se habría conseguido si se formara sólo a fin de combatir a un hiperpoderoso y se dispersara tras su doblegamiento”. En esta cita advertimos, pues, que Freud no tenía una visión ingenua de la unidad (en el sentido de que no carece de conflictos) ni una mirada despectiva sobre su importancia.

El contagio afectivo ha sido objeto de una mirada restringida a lo psicopatológico pese a su importancia en diversas situaciones intersubjetivas (familiares, colectivas, transferenciales). Es preciso, entonces, delimitar un tipo de contagio diverso, como cuando un sujeto queda contagiado de la vitalidad ambiental (y ya no de la desmesura de ciertos afectos displacenteros desarrollados en otro). Freud se acerca a esta idea cuando además de jerarquizar la elevación ética refiere que “en estados excepcionales se produce en una colectividad el fenómeno del entusiasmo, que ha posibilitado los más grandiosos logros de las masas”.

En síntesis, una lectura más detallada del libro de Freud nos permite no solo una comprensión más sofisticada sobre las masas sino también una idea más acabada de la sutileza de las hipótesis del padre del psicoanálisis.

http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-302448-2016-06-24.html

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