Las cruces solitarias

Rubén Sánchez |  Escritor.-

Afines de septiembre, por las últimas lluvias, las orillas de los caminos y de las carreteras, los grandes campos y terrenos baldíos, se visten de unas hermosas y grandes flores silvestres, de un llamativo color amarillo, semejantes a los girasoles. En su corola lucen múltiples pétalos largos, como los dedos de una gran mano. Bordean un centro negro en donde se apilan sus semillas, que hace que resalte, por contraste, con mayor fuerza el amarillo. Para el cuatro de octubre, lucen ya pletóricas, tal parece que vienen a celebrar a San Francisco, nacido en Asís, región central de Italia en el año mil ciento ochenta y dos y muerto en el año mil doscientos veintiséis. En el arte, la inmensurable iconografía católica, lo representa a través de los emblemas del lobo, el cordero, los peces, los pájaros y los estigmas (con los brazos de san Francisco y de Cristo junto a la cruz), como aparecen en los templos de las misiones en la Sierra Gorda, sobre todo en la portada barroca del templo de Tilaco, dedicada a él, que por largos años contó con la amable presencia del padre Miracle, con su humor a flor de labio, quien construyó el camino con el célebre camión “El Huracán”. Hacia mediados de octubre, se pueblan los caminos de unas flores color lila, de largos tallos verdes y cuatro pétalos. En múltiples ocasiones florecen junto a ellas los “Mantos de la virgen” con sus campánulas azules, moradas o guindas. En tiempo de secas, crecen yerbas color ocre, ásperas, que prontamente esparcen sus semillas por toda la tierra circundante, esperando el tiempo de germinación, con las lluvias del siguiente ciclo.

Semejantes a las flores, de formas, tamaños, de materiales y colores diversos, también se llenan los caminos de insólitas cruces solitarias. Las encuentras por doquiera: a la vuelta del camino, en la curva pronunciada en las carreteras, en las encrucijadas de los caminos, en un desfiladero lleno de niebla, al pie de un farallón, junto a un poste de luz, en el arroyo justo de la banqueta, en las vías del tren, al cruzar cualquier calle, en los bulevares, junto a un árbol, en los camellones de las avenidas, por la Cuesta China, por la autopista a  México, la Carretera Constitución rumbo a San Luís Potosí, por la carretera a Celaya… insólitas, solitarias, cruces tristes de madera, piedra o de metal de todos los caminos… Existen una cruces recientes, siempre llenas de flores: ramos de claveles rojos o blancos y mínimas flores de nubecilla, envueltos en los vivos verdes de la palma y en ocasiones alumbradas por la llama vacilante de una veladora, con advocaciones del “Sagrado corazón de Jesús”, “San Judas Tadeo” o de la “Virgen de Guadalupe”… Las hay de metal, de madera, de concreto, como pequeñas ermitas. Las hay con nombres y fechas, semejantes a las de los panteones. De colores: blancas, verdes, rojas y azules. Las hay deslavadas por el agua y por el tiempo. Hay algunas destruidas, otras vencidas o tiradas. Las hay recientes y antiguas. Grandes y pequeñas. Las hay perdidas entre las yerbas y entre las flores o escondidas entre los cardos y las semillas secas de las higuerillas. Cada cruz encierra una historia de muerte y de vida:

• Ese lunes, ya se le hacía tarde a Cecilia para llegar a los honores a la bandera. Ella era de la escolta, debido a sus buenas calificaciones. Por ello caminaba presurosa entre la terracería de la calle en que vivía, procurando no manchar de polvo sus zapatos negros, recién boleados. Pasaron los carriles de la carretera que va para San Luís. Con ayuda de Jesús, su padre, brincaron la valla de cemento que divide los dos sentidos. Echó a correr de la mano de su padre. Por la subida y la curva cercana, no alcanzaron a ver el auto que venía, sólo se escuchó el chirriar de las llantas y luego un golpe seco. Cecilia ya no llegó a la escuela primaria en San Isidro, a un costado de la Laguna de Santa Catarina, en donde cursaba el quinto año, fue alcanzada por un automóvil rojo, arrebatándosela a Jesús, quien durante largo tiempo sintió la calidez de la pequeña mano de Cecilia, aquella mañana, a las ocho y cinco minutos. Ya era tarde.

•Esa mañana, Agustín, el pequeño de escasos tres años, perseguía afanosamente al camión del agua “Prisma”, en su triciclo. Su madre, estaba preparando el desayuno para los mayorcitos, que iba a llevar a la hora del recreo a la cercana escuela primaria Adáme, a solo tres cuadras. Agustín aprovechó que el camión se había detenido y se cogió de la dura defensa para avanzar más rápido, quedando en el “punto ciego” del espejo retrovisor. Al llamado de una señora, Horacio, el chofer retrocedió… Agustín no alcanzó a reaccionar ni tampoco pudo soltarse del camión y éste lo atropelló, junto al poste de luz en la colonia Javier Mina. Desde ese día dejó un lugar vacío en el Jardín de niños de El Rocío, un hueco en el corazón de sus padres y un ramo de flores atado al poste cercano, que al poco tiempo se secó y quedó colgado por largos días, hasta que el calor lo deshizo. Sus atormentados padres, Juana y Gregorio, solo atinaron a cambiarse de casa para tratar de seguir viviendo.

•Ese mediodía del martes dos de mayo, Justo, ayudante de albañil, salió de la obra para comprar un ramo de flores en el mercado de La Reforma Agraria, para acabar de arreglar la cruz para la fiesta de mañana, según le pidió Modesto, el Maestro, pero también pensó en llevar un taco para almorzar en la obra y quiso comprarlo en un obrador cerca de la gasolinera en Constituyentes. Decidió cruzar corriendo en la curva, en vez de caminar al puente peatonal, que cada vez que lo subía le fatigaba, en parte porque estaba un “poquitín pasado de peso”. Argumentaba: “Era robusto no gordo”. Lo arrolló un veloz auto en la carrera a la altura del “Papanoa”. Quedaron sus zapatos, rotos y llenos de mezcla a veinte metros del cuerpo y del otro lado de la carretera… las flores, quedaron aplastadas y el poco dinero que llevaba en la mano para comprar las carnitas, las tortillas y los chiles, quedó regado y ni siquiera alcanzó a contarlo bien, ya que le preocupaba que no le acabalara para el taco que ya no alcanzó a comer y que le hacía agua la boca… en eso iba pensando.

•Esa madrugada, Salvador Sánchez, salió apresuradamente por la carretera a San Luís Potosí en su “Porsche” a más de ciento ochenta kilómetros por hora. Iba pensando en su próxima pelea y sonreía al recordar “la lección de boxeo”, como dijeron los cronistas de televisión esa noche, que le dio al petulante Wilfredo Gómez “El Borícua”, que ufano había noqueado a tres mexicanos en fila y juraba que Sánchez sería el cuarto. Ya hacía algún tiempo en que había empezado a tomar y a ingerir ciertos “medicamentos”. Llevaba prisa por llegar a su destino: alcanzar una muerte de héroe: joven y victorioso. Chocó contra un camión materialista cerca de Juriquilla, esa madrugada de mil novecientos ochenta y dos, todavía en la cima de su carretera meteórica de Campeón de box, invicto.

•De muy joven en el mes de mayo de 1955, Carlos Colorado, había reunido a muchos de sus conocidos y amigos de la Valle Gómez, enclavada en los populosos barrios de Tepito, La Gertrudis Sánchez, La Bondojito, Río Blanco y La Morelos, cerca del Río Consulado, en la ciudad de México, para integrar el Conjunto Juvenil Tropical Santanera, que luego fue solamente Tropical Santanera, cuando era el grupo acompañante principal en el teatro Tívoli. Fue Jesús Martínez “Palillo” quien finalmente los bautizó como Sonora Santanera, al contratarlos para el teatro Follies Bergére, en Santa María la Redonda, en 1958. Desde 1960 hasta abril de 1986, Colorado fue el director de la Sonora Santanera. Su música romántica y para bailar, aún se escucha en casi todas las fiestas, como sus primeros éxitos: “La boa” y “Los aretes de la luna”. Ese día, como era su costumbre, Carlos iba al frente del camión que traía a la Santanera a tocar a Querétaro. Era el diez de abril del año de 1986. A Silvestre Mercado, cantante de la Sonora, el susto de ese día le trajo la diabetes, y murió en el año 2002.

Vista la vida en retrospectiva, tal parece que cada quien hace justo lo necesario para llegar a la cita con su destino y es que hemos hecho de las ciudades y de nuestros transportes, caminos y carreteras un entorno seguro y propicio para la muerte. Las cruces solitarias, las siembran las manos de las esposas, de los hijos, los hermanos, amigo y familiares. Y cual si fueran flores, las riegan con lágrimas de sus ojos y las visten de flores frescas de tiempo en tiempo. Piadosamente las iluminan con lánguidas veladoras. Las visitan periódicamente, hasta que llega el consuelo, la resignación o hasta el día del olvido inexorable. Y cada treinta y uno de octubre, encuentran un espacio en la mesa de sus ofrendas en recuerdo trágico de su muerte. Cada cruz, es una historia de vida y de muerte, un recuerdo, un olvido, es también una forma de consuelo.

Si bien la cruz fue utilizada como instrumento de suplicio en los tiempos del Imperio Romano, a partir de la muerte de Jesús, este símbolo se convirtió en símbolo universal para todos los cristianos, los católicos y creyentes, que han visto en ella, a través de largos siglos, un signo de liberación, de cobijo, de paz, de descanso eterno, de inicio de otra vida, de consuelo y resignación. Y es por ello que cobijan a sus muertos bajo el amparo de una cruz, con un nombre inolvidable y una fecha que bien quisieran nunca recordar…Ω

sanchez50ruben@gmail.com

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